Se acerca otro San Valentín y, como cada año, marcas y grandes almacenes insisten en que el amor está en el aire. Pero este 2026, quizá el aire huele un poco menos a rosas y más a centro de datos sobrecalentado. Me explico.

Hace apenas unas semanas, saltaba la polémica a las redes al conocerse que Grok AI es capaz de producir 6.700 imágenes de contenido sexual por hora. Es la confirmación de que vivimos en una sociedad hipersexualizada que, paradójicamente, se mueve hacia una “economía del contacto cero”.

Diversos estudios señalan que las costumbres sociales evolucionan de forma similar a las del mercado laboral. Es decir, cada vez practicamos menos sexo “presencial” y más sexo “remoto”. Una generación de videoconferencias y piel fría.

Pero lo más inquietante no es que usemos la IA para generar fantasías, sino que la IA ha dejado de ser el celestino para convertirse en el objeto de deseo. Las apps de citas ya no solo integran algoritmos para encontrarte un match, sino que te fabrican un novio por suscripción.

En Nueva York ya han abierto un café diseñado específicamente para ir de cita con tu chatbot. Algo así como un espacio seguro donde puedes tomarte un café conversando con tu pantalla sin que nadie te juzgue. Pues bueno.

A quienes se llevan las manos a la cabeza preguntándose cómo alguien puede conformarse con un bot que no te toca ni te abraza, yo les preguntaría cuánto tiempo pasan ya relacionándose de forma virtual con personas reales. La tecnología y el auge de las redes sociales hacen que vivamos en una mediación constante: los clientes de ese café de Nueva York no han hecho una transición tan grande en sus relaciones, simplemente han sustituido al “quién” manteniendo el “cómo”.

El problema real es sistémico. Así como el porno ha retorcido la percepción de las generaciones más jóvenes de lo que el sexo “debería ser”, los chatbots pueden hacer lo mismo redefiniendo las relaciones humanas. Con ellos la discusión está fuera de lugar, sólo importa lo que YO quiero contar, lo que YO siento. No hay conflicto porque en realidad no hay alteridad.

Me viene a la memoria un viejo capítulo de CSI Las Vegas donde un asesino seducía y engañaba a su víctima creando un avatar que era, literalmente, la cara de la propia víctima en versión femenina y simétrica. Grissom decía entonces que lo que más nos enamora es nuestra propia imagen. Narcisistas por diseño. Y si nuestra imagen física nos atrae, más lo hace nuestra propia mente: ¿con quién se puede estar más en sintonía que con un chatbot adulador que no es más que nuestro propio reflejo? Un igual mental que nos da siempre la razón, pura fantasía.

Ya lo sé, exagero, ¿verdad? Seguro que cuando visualizas el café de Nueva York apenas hay dos o tres frikis solitarios con sus móviles… Pero no nos dejemos llevar por nuestros prejuicios y analicemos el caso de Ayrin, una norteamericana de 29 años que, estando, en teoría, felizmente casada, inició una relación sentimental con su ChatGPT y lo documentó exhaustivamente en Reddit.

Lo que comenzó como un experimento se expandió hasta hacer que su novio digital rellenase huecos y fantasías que su actual pareja no cubría. Su adicción creció al mismo ritmo que sus facturas de OpenAI: las versiones más sencillas tenían “ventanas de contexto” (memoria de trabajo) para que el novio virtual no sufriera amnesia cada cierto tiempo y recordase más conversaciones. Vamos, que se le fue de las manos.

Lo fascinante, y algo cínico, es el desenlace. En un momento de cordura, Ayrin acabó haciendo ghosting a su chatbot porque se dio cuenta de que no era tan reconfortante como un humano. En algún punto lo de salir con su eco algorítmico debió parecerle excesivamente aburrido y repelente. Sin embargo, el “humano” elegido no fue el marido de carne y hueso con el que convivía, sino un desconocido de su comunidad de Reddit (sí, esa en la que compartía los detalles de su noviazgo digital) que estaba a miles de kilómetros, con él comenzó una relación a distancia.

Ayrin hizo un upgrade de su sistema sentimental: buscó la autenticidad en la persona, pero mantuvo el medio virtual.

Si permitimos que la IA gestione nuestra arquitectura emocional, corremos el riesgo de anestesiar nuestra inteligencia sentimental. La datocracia, que siempre defiendo, consiste en que los datos nos empoderen para decidir mejor, no para que externalicemos nuestra capacidad de decisión.

Si este San Valentín decides regalar algo, que sea atención. De la de verdad. De la que dura más de los 30 segundos de un reel y que no se puede comprar ampliando la ventana de contexto de una suscripción prémium. Porque el futuro no consiste en decidir menos, sino en decidir con más humanidad.