La inteligencia artificial ha sido vista muchas veces como si fuera una entelequia: ora promesa salvífica, ora amenaza mortinata. Mientras tanto, la propia IA ha hecho lo que siempre hacen las tecnologías verdaderamente transformadoras: dejar de pedir permiso, sin fanfarrias, ajena a los ditirambos y también a las diatribas más cerriles. En ello estábamos cuando los debates humanistas se unieron a los meramente prácticos sobre la implantación de esta promesa de la innovación.
Sobre ello va el libro Domina la inteligencia artificial antes de que ella te domine a ti (Alienta) que acaba de publicar el amigo Lasse Rouhiainen. En él recoge algunos pensamientos sobre la llegada real e inmediata de la IA en nuestras vidas y empresas. Por ejemplo, introduce la bien conocida metáfora de la infraestructura invisible en que se convertirá esta técnica ("La inteligencia artificial dejará de ser una 'tecnología' de la que hablamos. Se convertirá en infraestructura invisible. Estará ahí simplemente, como la electricidad") y, también, el riesgo de que esa invisibilidad tape los efectos negativos -o retos, si lo prefieren- de su adopción.
Así, lo interesante de la conversación no atañe a su adopción o no, sino a qué precio mental, cognitivo y organizativo estamos aceptando su ubicuidad. Porque el verdadero óbice no es técnico, sino cultural. En ese sentido, la IA se nos ofrece como dádiva de productividad infinita, pero empieza a mostrar su exuvia: una cierta fatiga intelectual, una pereza del criterio, una delegación acrítica que convierte el pensamiento propio en un trámite anodino. No es una rebelión de las máquinas; es una renuencia humana a seguir pensando cuando pensar cuesta.
Rouhiainen lo formula sin rodeos cuando aborda el desgaste silencioso de esta dependencia: "A esta sensación se la conoce como fatiga digital por IA, y cada vez más expertos la señalan como una nueva epidemia laboral del siglo XXI". Quizás debamos dejar de hablar de rechazo tecnológico o de posturas neoludistas, y empezar a hacerlo de agotamiento cognitivo. De una sobreexposición que no se resuelve con más herramientas.
En ese punto aparece una de las ideas más incómodas de Lasse Rouhiainen, y quizá la más valiosa. No se pregunta si usaremos inteligencia artificial, porque eso ya está decidido, sino todo lo contrario: "La verdadera pregunta no es '¿usarás IA?'. Es '¿en qué aspectos de tu vida decidirás deliberadamente NO usarla, y por qué?'".
Porque cuando todo se automatiza, el criterio humano se vuelve el recurso escaso. Y ahí aparece la sima. El propio autor lo resume con una expresión tan poco épica como certera: "Los expertos lo llaman impuesto al pensamiento". Es decir, cada tarea que no pensamos, cada decisión que externalizamos por comodidad, erosiona una capacidad intelectual que luego echamos de menos cuando realmente importa.
Hay además una paradoja que conviene subrayar. Cuanto más invisible se vuelve la IA, más poder concentra. Así, cuando deja de presentarse como herramienta y se normaliza como fondo de pantalla del mundo, la capacidad de cuestionarla se atrofia. Y una sociedad que no entiende los sistemas que median sus decisiones acaba aceptando su lógica como destino, no como diseño, como si fuera una ley natural y no un conjunto de elecciones humanas engarzadas en código.
No se trata de caer en el oprobio tecnófobo ni en la salmodia regulatoria. Se trata de reaprender a pensar con fricción, preservar espacios de decisión humana y asumir que no todo lo que puede optimizarse debe optimizarse. Como advierte el Rouhiainen, "la responsabilidad final siempre recae en los humanos, ya que la IA puede cometer errores". Conviene no olvidarlo cuando la tentación de delegar lo invade todo.
Quizá el verdadero dominio de esta tecnología consista en algo tan poco glamuroso como mantener el pulso del criterio propio en medio del tráfago. En no confundir velocidad con inteligencia ni delegación con progreso. En recordar que, si todo se automatiza sin discernimiento, lo que queda no es una humanidad aumentada, sino un pensamiento ajado que ya no sabe muy bien cómo llegó hasta aquí.