Juan Antonio Bertolín Olmos, director de Espaitec.

Juan Antonio Bertolín Olmos, director de Espaitec. Espaitec

Opinión APTE / LOS PARQUES APORTAN

¿Medimos bien el impacto de los parques científicos y tecnológicos?

Juan Antonio Bertolín
Publicada

Durante más de dos décadas, los parques científicos y tecnológicos (PCT) se han consolidado como uno de los instrumentos más visibles de las políticas de innovación territorial. Empresas instaladas, empleo cualificado, facturación agregada, proyectos de I+D+i o inversión captada conforman un repertorio de indicadores ampliamente compartido y aceptado. Sin embargo, en un contexto de ecosistemas cada vez más complejos, la pregunta ya no es si estos indicadores son útiles, sino si miden aquello que realmente importa. 

La homogeneidad de los sistemas de medición tiene ventajas evidentes: facilita la comparación, responde a las exigencias de rendición de cuentas y ofrece una narrativa clara a decisores públicos. Pero también encierra un riesgo estructural: confundir actividad con impacto y desempeño operativo con transformación territorial. Medimos bien lo que es fácil de contar, pero no necesariamente lo que explica por qué un parque es -o no- relevante para su entorno. 

Aquí conviene introducir una distinción clave que rara vez se explicita: el nivel al que estamos midiendo. En la práctica, la mayoría de indicadores operan en una lógica micro, centrada en la empresa: cuántas startups, cuántos empleos, cuánta facturación. Algunos avanzan hacia una escala meso, analizando programas, proyectos o comunidades empresariales. Sin embargo, muy pocos abordan de forma sistemática el nivel macro, es decir, el impacto del parque como agente dentro del sistema territorial de innovación. 

Este desajuste genera una paradoja recurrente. Los parques aspiran -al menos en el discurso- a ser motores de transformación territorial, pero se evalúan principalmente como plataformas de servicios empresariales. El resultado es una tensión constante entre lo que decimos que somos y lo que realmente medimos. 

Si el objetivo de la monitorización es justificar la existencia presupuestaria del parque, los indicadores actuales cumplen razonablemente su función. Pero si lo que se pretende es entender cómo contribuye a cambiar las reglas del juego del territorio, el marco se queda corto. El impacto real de un parque no se agota en lo que ocurre dentro de sus edificios, sino en lo que desencadena fuera de ellos: nuevas relaciones entre universidad y empresa, reducción de fricciones en la transferencia de conocimiento, generación de confianza entre actores que antes no colaboraban o activación de trayectorias de crecimiento que no existirían sin su intermediación. 

En este punto resulta útil introducir una reflexión que hasta ahora ha quedado fuera del debate sobre parques científicos y tecnológicos: la lógica de las redes distribuidas. En los últimos años, desde ámbitos aparentemente alejados de la política de innovación, ha emergido el concepto de Network State (Balaji Srinivasan), que describe comunidades organizadas como redes globales, cohesionadas por valores, confianza y objetivos compartidos, capaces de coordinarse más allá de los límites territoriales clásicos. 

Trasladado al mundo de los parques, el paralelismo es sugerente. ¿Y si dejáramos de pensar los PCT como infraestructuras aisladas, ancladas a un perímetro físico, y empezáramos a visualizarlos como nodos de un hub en red, interconectados entre sí, capaces de operar simultáneamente en lo local y en lo global? Desde esta perspectiva, el valor del parque no estaría solo en lo que alberga, sino en las redes que activa, gobierna y escala. 

Esta mirada conecta directamente con la escala macro de impacto. Un parque entendido como nodo de red no compite únicamente por atraer empresas, sino por orquestar flujos: de conocimiento, de talento, de capital, de proyectos y de oportunidades. Su función se asemeja menos a la de una incubadora y más a la de un hub relacional, capaz de conectar ecosistemas, traducir lenguajes y facilitar cooperación entre territorios. 

Sin embargo, nada de esto aparece reflejado en los sistemas de medición actuales. No medimos la centralidad del parque en redes de innovación, ni su capacidad de generar confianza interterritorial, ni su papel como punto de entrada a redes internacionales para empresas, investigadores o instituciones locales. Tampoco evaluamos su capacidad para alinear actores en torno a misiones compartidas, algo que resulta crítico en un contexto de transición verde, digital y social. 

La pregunta incómoda reaparece entonces con más fuerza: ¿están los parques provocando una disrupción real frente a otros instrumentos de apoyo a la innovación? Aceleradoras privadas, venture builders o hubs corporativos operan con gran agilidad en lógica de red. Si los parques quieren diferenciarse, no pueden limitarse a replicar esos modelos con indicadores similares; deben explotar su ventaja comparativa como infraestructuras públicas de red, con legitimidad institucional y vocación territorial. 

Esto obliga a repensar la monitorización. Más allá de empleo o facturación, deberíamos incorporar métricas que capturen la posición del parque en redes nacionales e internacionales, la intensidad y diversidad de las conexiones que facilita, su capacidad para escalar proyectos más allá del territorio, y su contribución a la cohesión del ecosistema, no solo a su crecimiento cuantitativo. 

Nada de esto implica abandonar los indicadores clásicos. Siguen siendo necesarios, pero deben entenderse como outputs, no como la esencia del impacto. El verdadero reto es complementarlos con métricas coherentes con una visión de parques como nodos estratégicos de un sistema distribuido de innovación. 

Medir es decidir qué importa. Si seguimos midiendo parques como infraestructuras cerradas, acabaremos gestionándolos como tales. Si, en cambio, los concebimos y evaluamos como nodos de una red viva, capaces de operar en clave micro, meso y macro, su papel en la transformación de los territorios no solo será más visible, sino también más difícil de sustituir. 

Quizá la pregunta ya no sea solo cuánto impacto generan los parques, sino qué tipo de red están construyendo y qué posición ocupa el territorio en ella. Solo entonces la monitorización dejará de ser un ejercicio administrativo para convertirse en una verdadera herramienta estratégica. 

***Juan Antonio Bertolín Olmos es director de Espaitec, Parque Científico y Tecnológico de la Universitat Jaume I