Para hacernos una idea de lo tarde, tardísimo, que llega la Unión Europea a los asuntos clave de la geopolítica, valga este titular de la KNR, la corporación de radiodifusión groenlandesa, leído el pasado 3 de diciembre: “Un nuevo plan de la UE destina fondos a un proyecto minero en el noreste de Groenlandia”.

Se trata de la primera inyección directa de la Comisión Europea en minas de molibdeno y de magnesio, fundamentales en la industria de defensa. Una prueba del brusco viraje que ha debido hacer el continente para no quedarse atrás. Lo que antes era una cuestión de política económica y comercial se replantea ahora como una cuestión existencial para la seguridad y la supervivencia europeas.

Europa trata, por tanto, de ir virando lentamente el rumbo. Pero ya va tarde, como se dice ahora. China y Rusia llevan años libres de ataduras y los EEUU de Trump, ya saben, amenazando con tomar la gran isla por la fuerza militar o por la de los billetes. El gobierno norteamericano se plantea hasta comprarles las tierras a los 57.000 habitantes de la isla para que dejen sus casas e inicien una nueva vida en tierras americanas.

Muy probablemente, el cambio de rumbo de Europa deba acelerar progresivamente hacia la eliminación de limitaciones ambientales, la concesión de permisos más rápidos, la simplificación de la financiación y un más fácil acceso privilegiado a los minerales para industrias "estratégicas" como la energía, la automoción, la aeroespacial y la defensa. En un mundo donde Pekín domina el suministro de estos recursos, el interés de Washington y de las grandes tecnológicas no es ideológico, sino existencial.

En el Nanoclub de Levi, los socios y lectores habituales lo saben bien, defendemos que la Química se encuentra en la base de casi todo. También nos ayuda a entender muchas de las cosas que están pasando. Como el viraje en la minería europea y el enorme interés de Trump en apropiarse del territorio autónomo de Dinamarca, con reservas de 43 de los 50 minerales que EEUU considera críticos para su seguridad nacional
Molibdeno, terbio y cobre. Tres minerales poco familiares para el gran público, pero absolutamente esenciales para el mundo moderno.

El primero refuerza el acero utilizado en parques eólicos marinos; el segundo es clave para los imanes de uso militar; el tercero es omnipresente, desde el cableado eléctrico hasta los chips de inteligencia artificial. Que Groenlandia posea reservas significativas de estos materiales explica por qué la isla más grande del planeta ha dejado de ser una periferia helada para convertirse en un objetivo estratégico global.

A este atractivo mineral se suma un factor decisivo: el deshielo del Ártico. Bajo el hielo emergen yacimientos de uranio, gas natural y enormes reservas potenciales de petróleo. Según estimaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos, las costas de Groenlandia podrían albergar hasta 52.000 millones de barriles de crudo. Paradójicamente, es el avance del cambio climático —una amenaza global— el que está haciendo económicamente viables estos recursos.

Sin embargo, el verdadero tesoro groenlandés no está solo bajo tierra. Está en su capacidad para alimentar la infraestructura digital del futuro. La inteligencia artificial, los centros de datos y la computación de alto rendimiento exigen cantidades masivas de energía. Estados Unidos prevé que el consumo eléctrico de sus centros de datos podría alcanzar hasta el 12% de su demanda total en pocos años. ¿De dónde saldrá esa energía? Groenlandia aparece como una respuesta incómoda pero eficaz.

Con un 70% de su electricidad procedente de energía hidroeléctrica y un clima naturalmente frío que reduce los costos de refrigeración, la isla es un lugar ideal para albergar centros de datos de alto consumo. No es casual que inversores vinculados a Jeff Bezos, Bill Gates y al propio Departamento de Defensa estadounidense ya estén presentes, utilizando incluso inteligencia artificial para localizar nuevos yacimientos minerales.

La infraestructura acompaña esta transformación. Groenlandia cuenta con cables submarinos que la conectan con América del Norte, Europa y Asia, y la Unión Europea ya financia estudios para reforzar estas conexiones. Además, la isla alberga una instalación espacial estadounidense clave para la vigilancia del Ártico, una región cada vez más transitada por buques rusos y chinos.

Todo ello explica por qué Donald Trump, primero como provocador y ahora como presidente reelegido, volvió a poner a Groenlandia en el centro del debate internacional. Su idea de “adquirir” la isla puede parecer grotesca, pero refleja una lógica implacable: en la nueva economía del poder, quien controla los minerales, la energía y los datos controla el futuro.

La gran incógnita es qué lugar ocuparán los groenlandeses en esta carrera. La minería promete inversión, empleo y desarrollo, pero también plantea riesgos ambientales severos y una creciente dependencia de intereses extranjeros. Groenlandia se enfrenta a una decisión histórica: convertirse en proveedor silencioso de recursos estratégicos o reclamar un papel activo en un mundo que, de repente, la considera indispensable.
El Ártico ya no es un borde del mapa. Es el nuevo centro de gravedad de la geopolítica global, y Groenlandia, con su molibdeno, su terbio y su cobre, es una de sus piezas más codiciadas.