Si ahora es la amenaza china la que pone nerviosos a los tecnólogos europeos y estadounidenses, a finales del siglo XX era Japón la que ocupaba sus pensamientos. Sus avances en las innovaciones de la época, desde el vídeo o la óptica hasta la automoción, eran causa de debates y amenazas arancelarias por doquier. E incluso el autor más exitoso de todos los tiempos, Michael Crichton, dedicó un libro -Sol Naciente- a estos menesteres.

Lo cierto es que Japón logró algo inusitado, desde la Restauración Meiji de 1868 hasta bien entrados los años 70: pasar de ser periferia tecnológica a situarse, en términos de producción industrial y de PIB total, en el podio global.

De hecho, a comienzos de los 70, Japón ya era la tercera economía del mundo. Y, aunque su renta per cápita seguía algo por debajo de las grandes potencias occidentales, la proyección era clara: en cinco o seis años estaría entre los primeros países del mundo también en renta individual. Finalmente, hemos visto como los vaivenes geopolíticos han lastrado su posición relativa, pero los nipones siguen siendo una potencia tecnológica de primer orden.

Conviene recordarlo porque, cuando en Europa hablamos de soberanía tecnológica, nos llenamos la boca de ditirambos sobre “autonomía estratégica”, “campeones industriales”, “alianzas público-privadas”, “digitalización europea”, “chips europeos” y demás vericuetos retóricos. Pero casi siempre lo hacemos desde una cierta comodidad burocrática, desde un muladar de comités y grupos de trabajo ribeteados de color institucional.

Es un 'querer y no poder' de manual. De habladurías y poca acción. De no querer pagar el precio que conlleva una transformación real de semejante calado.

El economista Miyohei Shinohara, en un análisis que hoy deberíamos tener a gala en cada ministerio que pronuncia la palabra “innovación”, lanza una tesis que desmonta lecturas románticas sobre “la cultura japonesa”, esa entelequia con la que se suele despachar el asunto a la ligera.

El milagro japonés no fue fruto de una suerte de compromiso social masivo ni de, yo qué sé, una disciplina zen aplicada al entorno industrial. Fue la consecuencia durísima -y bastante menos poética- de tres elementos: crédito brutal, inversión agresiva y una competencia despiadada dentro de casa, pero quirúrgicamente protegida frente al exterior.

Lo primero es entender que Japón no crece sólo porque “se reconstruye tras la guerra”, como Alemania Occidental o Italia. Eso es el tópico anodino que se repite una y otra vez. Sí, hubo rehabilitación, pero el país asiático superó incluso la trayectoria esperable si la guerra no hubiera existido. Cualquier otro país habría entrado en una fase de madurez cansada, casi tísica. Japón metió una marcha más.

Primero usó la banca como espoleta del crecimiento. Shinohara describe un sistema financiero que presta por encima de lo prudente, en el límite de lo que hoy llamaríamos apalancamiento sistémico. El Banco de Japón alimenta a la gran banca; la gran banca alimenta a la industria; la industria invierte muy por encima de lo que permitiría su beneficio retenido. Este “over-loan”, que sonar suena a anatema en Bruselas, pero en realidad actúa como un catártico, puesto que dispara la capacidad productiva antes de que la economía, en condiciones normales, pudiera permitírselo.

Después convirtió la inversión empresarial en religión civil. Las empresas japonesas reinvierten y reinvierten. No esperaron a tener “certeza regulatoria” eterna ni a que cada nuevo proyecto pase por diez meses de alegaciones públicas y una consulta ambiental que derive en cuita judicial. Invirtieron antes incluso de tener demanda cerrada, y esa sobrecapacidad inicial baja los costes unitarios futuros, permite producir en masa, abarata el producto… y eso abre mercados de exportación.

Sin obviar un proteccionismo bien entendido. El Estado japonés protegía a sus industrias nacientes del asalto exterior en las primeras fases. Acero, automóvil, refino de petróleo, máquina-herramienta… todo eso estuvo, en su momento, rodeado de aranceles, cupos o trato fiscal preferente. Cualquier europeo escuchará esto y, con gesto hierático, acusará: “¡proteccionismo! ¡Oprobio!”. Sí. Y, sin embargo, dentro de Japón esas mismas industrias competían entre sí con saña. Competencia feroz intramuros; escudo parcial extramuros.

Por supuesto, aludirá el querido lector, a la política monetaria como un factor decisivo. Y es cierto en parte: Japón fijó el yen a 360 por dólar. Un yen deliberadamente infravalorado actuó como una cornucopia para las exportaciones: tus productos son baratos fuera, ganas divisas, compras tecnología, modernizas planta, vuelves a exportar. Repite y repite hasta la saciedad.

Hasta aquí, la épica industrial. Pero Japón también pagó su precio. Y aquí es donde Europa -y España por alusiones- harían bien en dejar de trasegar grandilocuencia y empezar a tomar notas con letra clara. Porque ese modelo tiene dos costes internos que acaban haciéndose perentorios.

El primero es el trabajo. Japón pasa, hacia 1960, de tener exceso de mano de obra barata a tener escasez de mano de obra. Y cuando ya no hay ejércitos de jóvenes dispuestos a trabajar doce horas por salarios de hambre, los salarios suben, la presión sindical crece, el país se vuelve inflacionario, la mano de obra deja de ser ese recurso aparentemente inagotable. La economía deja de ser insensible al precio.

El segundo coste atañe a los elementos sociales y ambientales. El propio Shinohara recoge en su investigación que la sociedad japonesa empezó a exigir menos crecimiento bruto y más calidad de vida. Los nipones descubrieron pronto que la modernización acelerada deja exuvias tóxicas, y que no se puede construir eternamente sobre un erial de bienestar.

Y todo esto desembocó en la tercera tensión: la geoeconómica. Cuando Japón dejó de ser un alumno aplicado y pasó a ser un competidor que amenazaba industrias enteras en Occidente, el resto del mundo empezó a levantar muros, a insinuar represalias comerciales, a acusar a Tokio de dumping cambiario. El juego ya no era libre. El éxito convierte a Japón en problema sistémico para otros. Y ese éxito, paradójicamente, obligó a Japón a cambiar de fase: liberalizar más, revaluar su moneda, aceptar más competencia externa, actuar ya no como país emergente que pide indulgencia, sino como potencia que debe ofrecer también dádivas y abrir mercado.

Japón se permitió hacer política industrial sin rubor. Protegió sectores y orientó el crédito, forzando la consolidación tecnológica. Exigió, en la práctica, disciplina inversora privada en ciertas direcciones. Eso, en Europa, suele convertirse en una diatriba eterna sobre ayudas de Estado, competencia libre, “no distorsionar el mercado”, etcétera. Nos perdemos en los meandros del marco normativo y acabamos construyendo una burocracia expedita en su lenguaje pero lentísima en su ejecución. Y mientras nosotros escandimos reglamentos, otros levantan fábricas y replican el modelo japonés paso a paso.

En Europa tenemos una renuencia histórica a hacer lo que hizo Japón: declarar sectores prioritarios y tratarlos como tal durante una década, no durante un ciclo electoral. Cuando hablamos de chips, de inteligencia artificial, de cloud soberana… ¿estamos dispuestos a blindar esas industrias en sus primeras fases frente a gigantes extranjeros que pueden aplastarlas en dos trimestres? ¿O vamos a seguir con medias tintas, con definiciones amplias del mismo concepto de soberanía, para no entorpecer nuestros acuerdos con Estados Unidos?

Así que, al final, la pregunta es bastante menos académica de lo que parece y bastante más urgente, casi ominosa: ¿estamos en Europa, y en España, listos para una política industrial seria?