La posibilidad de que la Unión Europea imponga nuevos aranceles a grandes tecnológicas estadounidenses ha reavivado el debate sobre cómo defender nuestros intereses en la economía digital global. Aunque es legítimo proteger el mercado europeo, conviene analizar con detenimiento a quién afectarán realmente estas medidas y qué consecuencias pueden tener.

Europa tiene todo el derecho –y la necesidad– de proteger sus intereses estratégicos. Sin embargo, es esencial no perder de vista qué tipo de tejido digital queremos construir y a quiénes afectan realmente las políticas que diseñamos. El ecosistema digital no es homogéneo. Existen realidades muy distintas dentro de un mismo sector.

Por un lado, hay empresas tecnológicas centradas en el despliegue de infraestructuras críticas, en la provisión de servicios que hacen posible la conectividad y en acompañar a la ciudadanía y al tejido productivo en sus procesos de digitalización. Por otro, encontramos modelos de negocio basados en la explotación del dato, la intermediación de contenidos o la distribución global de servicios digitales. Y aunque ambas conviven en el entorno digital europeo, no contribuyen de la misma forma ni comparten siempre los mismos principios regulatorios, éticos o fiscales.

Ambas realidades coexisten, pero no deben ser tratadas como si fueran equivalentes a la hora de diseñar políticas públicas. Más aún si consideramos que Europa importa más del 80% de las tecnologías digitales que utiliza. Esta dependencia, unida a la baja inversión en I+D y a las dificultades para escalar startups, dibuja un escenario de vulnerabilidad frente a potencias como EEUU o China.

Imponer aranceles o barreras fiscales sin una estrategia clara puede tener un efecto boomerang. Las pymes, startups e integradores europeos –el verdadero corazón de nuestro ecosistema digital– necesitan acceso abierto a servicios y tecnologías globales, así como un entorno normativo estable. Una guerra comercial solo contribuiría a la fragmentación del mercado digital, ralentizaría inversiones clave y podría desincentivar la colaboración tecnológica transatlántica.

El verdadero reto no está tanto en la confrontación como en la construcción. Necesitamos una política industrial europea que refuerce nuestras capacidades tecnológicas internas, que premie la creación de valor añadido, que promueva la innovación sostenible y que consolide un entorno digital resiliente y alineado con nuestros valores.

La clave está en actuar con visión de futuro. Europa no puede limitarse a reaccionar. Debe definir una estrategia propia en el tablero digital internacional, con autonomía, estándares éticos y objetivos claros. La firmeza es importante. Pero más aún lo es la inteligencia con la que se ejerce.

*** Miguel Sánchez Galindo, Director General de DigitalES