He tenido dudas de escribir este texto prácticamente hasta el último segundo en el que me he puesto a ello. Hablar y escribir de universidad me duele y me genera cierto estrés. Tiene que ver con un hecho biográfico esencial en en mi vida: pase muchos años (la década de mis veinte y la mitad de la década de mis treinta) como estudiante, profesor e investigador universitario.
Aunque sigo colaborando con algunas universidades públicas y privadas, reconozco que fui de los que abandoné la carrera académica, una tesis a medio hacer y una plaza de profesor ayudante de la que me quedaban todavía dos años de contrato.
No voy a decir que el sistema me expulsó, pues fui yo el que decidí abandonar un sistema que generaba y que sigue generando, hoy con más fruición que ayer, incentivos perversos que impiden que la institución universitaria pueda convertirse en la punta de lanza de la igualdad de oportunidades, pero sobre todo de la innovación, de la cultura, del desarrollo económico y del bienestar de nuestro país.
La universidad es una herida por la que supura este país, taponada por quintales de pus que se perpetúan y para los que nadie parece tener (tampoco querer) cura. Siempre agradeceré a aquella universidad haberme otorgado la posibilidad de forjarme una cosmovisión que después me ha acompañado a lo largo de mi vida personal y profesional, pero también tuve tiempo para ver en su interior la aluminosis de un edificio que hoy amenaza con el derrumbe.
Irme no fue una decisión fácil. Me fui desesperado, asfixiado por un sistema que parecía diseñado para perpetuar la mediocridad, departamentos convertidos en reinos feudales, una endogamia enfermiza que cerraba puertas a los mejores y premiaba a los pupilos más dóciles del catedrático de turno, y un modelo de gobernanza que favorecía a los caciques locales antes que a quienes querían cambiar las cosas. Por no hablar de la ANECA, esa máquina burocrática expendedora de "papelitos" que miden méritos con criterios tan arbitrarios como absurdos.
Hoy miro hacia atrás con una mezcla de nostalgia y rabia. Nostalgia por aquellos estudiantes y compañeros brillantes que me hicieron creer en el futuro, y rabia porque ese futuro nunca llegó. La universidad española sigue atrapada en sus mismos males estructurales, debido a que los distintos gobiernos se han mostrado incapaces de frenar la decadencia imparable de la institución, y también porque a la gran mayoría de los universitarios (profesores, rectores, PAS y estudiantes) me temo que no les importa demasiado. La desidia es la nueva esperanza.
Pero heme aquí que me encuentro con que el actual gobierno (aunque como repito últimamente en demasía: que existan ministros diciendo y haciendo cosas, no significa que tengamos gobierno), anuncia un plan de choque para acabar con los chiringuitos de las universidades privadas. Era lo último que me faltaba por ver. La noticia ha provocado un pequeño terremoto en mi interior que ha impelido a escribir públicamente sobre un asunto que había enterrado en el interior de mi conciencia. Debemos hablar.
La universidad española, pública o privada, poco tiene que ver aquella que soñó Cisneros: su Civitas Dei, en Alcalá de Henares (mi ciudad y mi universidad) a finales del siglo XV. En lugar de ser un espacio universal para el conocimiento, se ha convertido en un mosaico de feudos medievales, una endogamia enfermiza y un modelo de gobernanza que perpetúa caciquismos. La universidad es en este sentido fiel reflejo de nuestro país, una potencia media en plena decadencia, incapaz de recuperar el pulso cívico que permita un nuevo Renacimiento.
El problema no es solo de las privadas —que ciertamente tienen lo suyo—, sino del sistema universitario en su conjunto. Porque cuando el 70% del profesorado obtiene su doctorado en la misma universidad en la que trabaja, y cuando muchos estudiantes llegan sin saber leer ni escribir bien, es normal que la sensación generalizada sea que aquello cada vez vale para menos.
Cuando a principios de los 90 del pasado siglo comencé a pisar las aulas de primero de la licenciatura en Ciencias Económicas de Alcala (en aquel momento era una de las facultades con mejor ranking para estudiar esa disciplina), descubrí con espanto que la mayoría de mis compañeros decían haber elegido la carrera porque querían emular a Mario Conde.
Pensé que me había equivocado de cabo a rabo. Luego con el transcurrir de la carrera, fui descubriendo que me gustaban los modelos matemáticos, las teorías magnas y la econometría, y todos esos aprendices de sátrapas financieros que me rodeaban se fueron cambiando a Ciencias Empresariales (ahora lo llaman ADE), y eso que fuimos ganando. Para los de económicas, los de empresariales estaban en un escalón más bajo. Y lo sigo creyendo: aprender técnicas y herramientas para trabajar en una empresa es una cosa; aprender las teorías, los modelos y, en definitiva, a pensar como un economista es otra cosa bien distinta.
Esta anécdota me sirve para ilustrar un proceso que se ha acelerado en la sociedad española, y que yo califico de "embrutecimiento intelectual". La gente quiere un título no para aprender, sino para conseguir un empleo. No se valora lo que significa ir a la universidad, cuya etimología hace relación a lo universal. De ahí que mucha gente prefiere hacer una FP superior: ni más ni menos que aprender un oficio (más acorde a los nuevos tiempos, eso sí), y con un alto grado de empleabilidad.
No me entiendan mal, no hablo de aprender sin más, hablo de estar en condiciones de transformar la sociedad. Y ahí es donde hacemos aguas. Nunca he entendido eso de estudiar para colocarse después, aunque es evidente que es una de las razones por las que se va a la universidad. Pero si todo lo pasamos por ese único tamiz lo que obtenemos es lo que tenemos: una sociedad cada vez más vulgar.
He conocido ya a muchos hombres y mujeres prácticos, con gran empleabilidad, incluso ganando buenos sueldos, que son incapaces de resolver un problema complejo, comprender la realidad más inmediata y hacer avanzar a la sociedad.
Los relatos de algunos amigos que todavía son profesores en la universidad son de terror. En privado todos admiten que la institución hace tiempo que quedó encallada, pero parece como si la comunidad universitaria, y con ella toda la sociedad, se hubiera resignado a lo que hay. Los alumnos llegan a las aulas sin comprensión lectora e incapaces de escribir dos párrafos seguidos sin faltas de ortografía.
La endogamia de los departamentos ha alcanzado cotas inimaginables. Todo el marco investigador está enfocado no a analizar y resolver problemas de la vida real, sino a maximizar los absurdos criterios en forma de papelitos de la ANECA o de los horripilantes quinquenios o sexenios investigadores, un sofisticado prototipo de modelo de incentivos perversos. La llegada de ChatGPT a las aulas en vez de un revulsivo puede terminar de poner el último clavo en el ataúd de nuestra institución académica.
Pero volviendo al plan del gobierno, he preparado un pequeño decálogo que pienso enviar a Moncloa a ver si alguien quiere leérselo. El decreto anunciado es una cortina de humo, y este endurecimiento normativo parece más una estrategia política que una solución real a los problemas del sistema universitario español.
Porque mientras debatimos sobre cómo controlar mejor a las privadas, la universidad pública sigue agonizando en silencio. Miren, el problema de la universidad en España no tiene apellidos. Es un problema de otro orden. La universidad que tenemos es el problema.
Aunque sabemos que la intención del plan es hacer politiqueo con los sentimientos de lo público y privado, pensando que así se puede derrotar a gobiernos de la derecha que impulsan estos "chiringuitos privados", creo que ya que han sacado el asunto a colación, mirémoste de frente y propongamos ideas.
1. El fetiche de la autonomía universitaria. En la universidad pública se habla mucho de autonomía universitaria, de garantía de financiación pública y de otras cosas de ese calibre como fuentes de solución de los problemas crónicos, pero mientras no acaben con su modelo de gobernanza caciquil no habrá nada que hacer.
2. La meritocracia del mármol agrietado. O se cambia el sistema de incentivos para hacer carrera académica o la palabra excelencia nunca será conjugada. Si el objetivo es conseguir una plaza de funcionario, todo se acomoda a eso, y así no se puede pensar en cambiar cosas, y mucho menos en ciencia, docencia de calidad e innovación.
3. Inflación de títulos. Acabar con el número de grados y másteres. Hay 4.226 titulaciones de Grado y doble Grado, y 025 de Máster y doble Máster. Es una cosa irracional. No puede haber grados sobre un asunto que antes era una mera asignatura de una carrera o una colección de saberes que se podría dar en una academia. En serio, así no se puede.
4. El timo de la extensión universitaria. Debe haber responsabilidad. Estoy a favor de que existan tasas académicas y becas para que todo el que quiera vaya a la universidad. Estoy radicalmente en contra de que una persona se tire diez años en un grado, haciendo como que estudia.
5. Madurar a golpes. Todo el mundo debería estudiar en una universidad que esté en una ciudad alejada al menos trescientos kilómetros de su lugar de residencia. Es posible con un buen sistema de becas. Eso cambiaría tantas cosas de golpe que sería revolucionario.
6. Qué poco se habla aquí de colaboración público-privada. Sí al dinero privado en la universidad pública. Mientras no se entienda esto, no hay nada que hacer.
7. Innovación no es un nombre de tango. Lo he explicado muchas veces, también en estas páginas: España es uno de los países donde hay más artículos de ciencia básica se publican, pero estamos muy mal en eso que llamamos patentes, spin-off y en general, la transferencia. Mientras eso no funcione el discurso de que la universidad debe tener un equilibro entre investigación y docencia, sirve socialmente para bien poco.
8. No a la pureza de sangre. Digamos que estoy a favor de un proceso de contaminación entre universidad pública y privada. Cojamos lo mejor de ambos modelos y construyámosle el modelo universitario que necesitamos para este siglo XXI.
9. El unicornio de una nueva ley. Urge hacer una reforma integral, pero si se sigue contando con la opinión de la Conferencia de Rectores, los Sindicatos universitarios y los gestores responsables y protagonistas del actual modelo, por no decir que se pacta directamente con ellos, mejor dediquemos nuestro tiempo a otra cosa.
10. Educación, educación y educación. La mejor estrategia para mejorar la universidad es impulsar la educacion infantil, la primaria y la secundaria. Pero a ver cómo le explicamos esto a los actuales gestores. Se me antoja imposible.
El gran misterio a estas alturas es el siguiente: por qué habiendo tantos universitarios y académicos entre los altos cargos y asesores de este gobierno, nadie le ha pasado una nota con estas ideas u otras similares a su Presidente, el Doctor Sánchez.