Si la semana pasada retrocedía en el tiempo hasta los años 70 para constatar cómo Estados Unidos venció en la carrera de la I+D+I a hombros de la financiación pública, en esta ocasión mi particular máquina del tiempo se remonta a unos cuantos siglos atrás. En concreto, encuentro la serendipia de rigor en el siglo XI, en el Imperio Bizantino, también conocido como el Imperio Romano de Oriente.
A lo largo de su milenio de historia, este coloso imperial no dejaba de ser un gigante con pies de barro: su ejército en declive, su territorio encogiéndose como una camisa en agua caliente y su política más inestable que un puente colgante con las cuerdas podridas. Y sin embargo, su economía brilló durante siglos. ¿Milagro? No. Estrategia. Especialización. Comercio.
Mientras los augustos jugaban a la ruleta rusa con su magnánimo poder, Bizancio hizo lo que toda economía inteligente debe hacer: se concentró en lo que sabía hacer mejor. En Grecia meridional, la industria textil floreció, con Tebas y Corinto como epicentros de la producción de seda, abasteciendo los mercados de Constantinopla, Occidente y Oriente Próximo. Euripos (Chalcis) se convirtió en un gran productor de cerámica, exportando sus ánforas a través del Egeo. Atenas, por su parte, apostó por la producción de tintes de murex, muy preciados en la industria textil imperial.
Al otro lado del mar Jónico, en la Italia bizantina (Puglia y Calabria), el enfoque era diferente. En vez de industria, la región se convirtió en una proveedora de materias primas: Calabria dominaba la seda cruda, con enormes plantaciones de moreras que alimentaban la industria textil de Tebas y Constantinopla. Puglia producía aceite de oliva y vino de calidad para exportar al resto del imperio y más allá.
Esta estrategia de especialización no fue accidental. Bizancio no intentó ser bueno en todo, sino en lo que podía hacer mejor que nadie. Y fue la conexión entre estas economías regionales la que permitió que la riqueza fluyera a pesar de la inestabilidad política. El crecimiento no venía de conquistar más tierras, sino de extraer más valor de lo que ya tenía.
Y los resultados fueron evidentes: mientras sus fronteras se desmoronaban como una pared de adobe bajo la lluvia, Bizancio lograba expandir su comercio. Constantinopla, con casi 400.000 habitantes, necesitaba aprovisionarse constantemente, y la especialización regional lo hizo posible. Los barcos venecianos, genoveses y bizantinos transportaban seda de Tebas, aceite de Puglia, vino de Corinto y cerámica de Euripos por todo el Mediterráneo.
¿Por qué esto importa en 2025? Porque vivimos en un mundo que sigue premiando la especialización. Bizancio entendió que no podía hacer de todo y hacerlo bien. Sus ciudades aprendieron a jugar con sus fortalezas. El resultado: mientras los normandos tomaban el sur de Italia y los turcos avanzaban en Anatolia, Bizancio generaba riqueza y expandía su poderío industrial y comercial. No con armas, sino con textiles, ánforas y aceite de oliva. Una economía hiperconectada donde cada ciudad hacía lo suyo, pero mejor que nadie.
Lo demuestra una reciente investigación de David Dietze-Hermosa, en base a fuentes documentales, evidencias arqueológicas y literatura económica. Porque nada de esto fue casual: todo era parte de un proceso deliberado de especialización económica y comercial.
Y ahora mirémonos en ese espejo.
Hoy, España y Europa quieren liderar la inteligencia artificial, pero no tenemos chips ni infraestructuras de datos propias. En el Viejo Continente soñamos con la autonomía estratégica en lo digital, pero dependemos de Asia para su hardware. Queremos grandes colosos tecnológicos, pero regulando contra su hegemonía. También queremos situarnos a la vanguardia de la salud del futuro, de la computación cuántica, de las baterías y los coches eléctricos, de los nuevos materiales, del agrotech, etc.
Estamos jugando a ser generalistas en un mundo que sólo premia a los especialistas.
Bizancio duró mil años porque, en cuanto pudo, apostó por la especialización. Cuando dejó de hacerlo, cuando olvidó qué lo hacía fuerte, cuando el comercio decayó y la innovación se estancó, no hicieron falta grandes ejércitos para derribarlo. Solo una economía que dejó de girar. Esa es la lección del Imperio Bizantino. Y todavía estamos a tiempo de aprenderla.