Serena Auñón-Chancellor, astronauta de la NASA.

Serena Auñón-Chancellor, astronauta de la NASA. Noelia Hernández

Investigación

La astronauta de la NASA que pasó más de 200 días en la estación espacial ensayando el viaje de Orión a la Luna

La experiencia de Serena Auñón-Chancellor explica el salto que se ha dado con Artemis II para poder mandar más misiones: "En órbita baja estamos siempre conectados con la Tierra, pero en la Luna ese modelo no funcionaba”.

Más información: Charles F. Bolden, astronauta y exdirector de la NASA: "El trabajo en el espacio mejora la vida de la gente en la Tierra"

Nueva York (EEUU)
Publicada
Las claves

Las claves

La misión Artemis II ha demostrado los desafíos de trabajar en el espacio profundo, donde la comunicación con la Tierra ya no es inmediata y los astronautas requieren mayor autonomía.

Serena Auñón-Chancellor, astronauta de la NASA, destaca la importancia de los ensayos en la Estación Espacial Internacional para preparar misiones a la Luna y futuras bases permanentes.

Las condiciones en la Luna exigen gestionar recursos limitados y sistemas de reciclaje avanzados, ya que no existe la posibilidad de reabastecimiento inmediato ni ayuda rápida desde la Tierra.

El trabajo en la ISS sirve como banco de pruebas para desarrollar tecnologías y protocolos que permitan la supervivencia y el éxito de tripulaciones en misiones alejadas de la órbita terrestre.

Artemis II ha vuelto a llevarnos a la Luna más de medio siglo después. Aunque los cuatro astronautas de esta misión de la NASA no han puesto el pie sobre el satélite de la Tierra, sí han abierto un nuevo y esperanzador camino para que otros puedan hacerlo y, más aún, establecer allí una base permanente que haga más factible el sueño del hombre de conquistar el espacio.

Más allá de los hitos y las imágenes históricas, la misión ha servido para comprobar cómo se trabaja realmente en el espacio profundo, ese entorno situado más allá de la órbita terrestre donde la comunicación deja de ser inmediata y los tripulantes deben operar con más autonomía.

Frente a ello, la órbita baja terrestre, a menos de 2.000 kilómetros de altitud, es una región conectada permanentemente donde operan la mayoría de satélites y la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés). En el espacio profundo, en cambio, las condiciones son mucho más exigentes, con retrasos en las comunicaciones, mayor radiación y sin posibilidad de medidas de rescate rápido.

“En órbita baja estamos conectados con la Tierra, pero en la Luna ese modelo deja de funcionar”, resumía hace unos días Serena Auñón-Chancellor, durante un encuentro celebrado en Nueva York (EEUU) al que DISRUPTORES tuvo ocasión de asistir.

“Lo que durante años se ha ensayado en la Estación Espacial Internacional se ha convertido en indispensable cuando la distancia deja de permitir apoyo en tiempo real, hay que gestionar el tiempo al milímetro o depender de una tecnología que no puede fallar”, concretaba.

Del ensayo a la realidad lunar

Serena Auñón-Chancellor, además de ingeniera y médica, es astronauta de la NASA desde 2009. Habla desde la experiencia de haber pasado casi 200 días en la Estación Espacial Internacional realizando experimentos y operando sistemas críticos.

Explica que, en la práctica, trabajar en el espacio tiene poco que ver con la imagen bucólica de astronautas flotando sin rumbo frente a una ventana. “No estamos mirando por la ventana, estamos trabajando”, puntualiza con una amplia y sincera sonrisa ante la audiencia que la escucha.

La astronauta de la NASA, Serena Auñón-Chancellor, durante su intervención en HP Imagine 2026 celebrado en Nueva York (EEUU).

La astronauta de la NASA, Serena Auñón-Chancellor, durante su intervención en HP Imagine 2026 celebrado en Nueva York (EEUU). Noelia Hernández

A continuación, detalla que una jornada de trabajo en la ISS puede superar las 12 horas, medidas en bloques de cinco minutos y con una agenda que se ajusta constantemente.

Un ritmo al que se suman los experimentos científicos, el mantenimiento de sistemas (en una infraestructura que, como reconoce, “se está haciendo vieja”) y la comunicación permanente con equipos en la Tierra.

"Ese es el modelo operativo en órbita baja. Los astronautas no trabajan solos, detrás de cada tarea hay equipos de ingenieros, médicos y científicos que supervisan, corrigen y orientan cada paso que dan en tiempo real", describe Auñón-Chancellor.

Para ilustrarlo, recuerda cómo, en uno de sus experimentos sobre quimioterapia, una investigadora en la Tierra observaba en directo su trabajo con células vivas y le indicaba qué analizar en cada momento. “‘Esa no; esa otra. Haz una foto’, me decía mientras yo avanzaba por la muestra. Este tipo de interacción permite ajustar los experimentos sobre la marcha y maximizar resultados en un entorno donde cada minuto cuenta”.

Sin respuesta desde la Tierra

Pero cuando la distancia con la Tierra aumenta, este modelo no sirve porque la comunicación deja de ser instantánea. “Lo que en la ISS es una conversación continua, en la Luna se convierte en un intercambio diferido, con retrasos que obligan a anticipar decisiones y asumir más responsabilidad a bordo”, explica.

“Estamos muy mal acostumbrados en órbita baja”, admite, en referencia a esa dependencia constante. "En el espacio profundo, cualquier consulta puede tardar decenas de minutos en resolverse". Un margen que puede parecer nimio, pero que cambia por completo la forma de trabajar de los astronautas.

Artemis II ha puesto esa diferencia sobre la mesa. Más allá del hito de rodear la Luna, la misión ha servido para comprobar qué ocurre cuando el modelo de trabajo convencional deja de ser viable.

“La tripulación ya no puede apoyarse en las instrucciones que llegan desde la Tierra, lo que exige un grado de autonomía mucho mayor, tanto en la ejecución de tareas como en la resolución de imprevistos”. No se trata sólo de saber qué hacer, sino de decidir cuándo y cómo sin supervisión directa, al menos de forma inmediata.

Es aquí donde el trabajo en la ISS adquiere un papel fundamental, porque allí, explica, no existe un departamento de soporte técnico. Son los propios astronautas quienes gestionan cualquier incidencia: “Si algo falla, lo arreglamos nosotros”. Esto incluye tanto sistemas complejos como elementos cotidianos: “Todo depende de nuestra capacidad para diagnosticar y actuar”.

Incluso situaciones aparentemente menores, como la mediática avería en el sistema sanitario ocurrida en Orión, implican procedimientos estrictos, uso de equipos de protección y la supervisión remota de decenas de especialistas. “En la órbita baja, ese respaldo es inmediato; en el espacio profundo, no”, recalca.

Recursos limitados

A todo ello se suma otro condicionante: los recursos limitados. Auñón-Chancellor cuenta que en la ISS existe cierta capacidad de reabastecimiento gracias a misiones periódicas, pero incluso ahí es fundamental ser eficiente.

"Convertimos la orina de hoy en el café de mañana”, pone como ejemplo, en referencia a los sistemas de reciclaje con los que reutilizan prácticamente toda el agua disponible, desde el sudor hasta la condensación.

Este tipo de situaciones, que pueden parecer anecdóticas, marcan el paso de lo que vendrá a medida que más misiones se alejen de la órbita terrestre. No podrán depender de suministros ni de ayuda inmediata exterior, lo que obliga a diseñar sistemas más autosuficientes.

La estación espacial funciona así como un banco de pruebas donde no sólo se experimenta con ciencia, también con formas de sostener la vida y el trabajo en las condiciones extremas en las que se ha desarrollado la exitosa Artemis II.