Patentes en el mundo.
España bate récord de patentes, pero sigue atrapada en la periferia tecnológica europea
El país supera por primera vez las 2.200 solicitudes y encadena una década de crecimiento, pero mantiene una intensidad innovadora tres veces inferior a la media de la UE y sin masa crítica para competir con los líderes.
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España vuelve a marcar un máximo histórico en solicitudes de patentes europeas y, sin embargo, la lectura sigue siendo agridulce. Hablamos de 2.255 solicitudes registradas en 2025, que suponen un crecimiento del 2,9% interanual y consolidan una década de avance superior al 43%. Sin embargo, no logramos desprendernos del recordatorio persistente de la distancia que todavía separa al país del núcleo duro de la innovación global.
La cifra, aislada, invita a la celebración. Nunca antes el ecosistema español había alcanzado este volumen, nunca antes había sostenido una trayectoria tan prolongada sin interrupciones relevantes y, en apariencia, todo apunta a una maquinaria que empieza a girar con mayor regularidad, como si el sistema hubiera encontrado, por fin, cierto punto de estabilidad en su capacidad de generar conocimiento transferible.
Pero esa lectura se descompone en cuanto se engarza con el contexto internacional, donde España apenas representa el 1,1% del total de solicitudes ante la Oficina Europea de Patentes, se sitúa en el puesto 15 a escala global y cae hasta el 25 cuando se introduce el factor poblacional, con 46 patentes por millón de habitantes frente a las 153 de la media europea. Es una brecha que no admite interpretaciones complacientes porque revela el problema de densidad innovadora que lleva acechando a nuestro país de forma consistente a lo largo de los tiempos.
Sigamos con los datos, que se harán públicos hoy y que DISRUPTORES - EL ESPAÑOL desgrana en detalle. En 2025, la Oficina Europea de Patentes ha superado por primera vez las 200.000 solicitudes anuales, consolidando un ecosistema en el que Estados Unidos mantiene su liderazgo estructural, Alemania continúa ejerciendo como columna vertebral industrial de Europa y China no solo ha alcanzado a Japón, sino que lo ha superado, impulsada por una política de innovación sostenida y una escala difícilmente replicable en el corto plazo.
A su vez, Corea del Sur sigue ampliando su presencia con una velocidad que refuerza la idea de que el eje tecnológico global continúa desplazándose hacia Asia con una inercia cada vez más difícil de contrarrestar.
En ese tablero de juego, España avanza, pero lo hace todavía sin la masa crítica necesaria para disputar una posición en el grupo de cabeza, y eso se refleja también en la propia estructura de su innovación. Es por ello que mantiene una especialización muy clara en el ámbito de la salud, donde biotecnología, farmacéutico y tecnología médica concentran cerca de una cuarta parte de todas las solicitudes, sostenidas en gran medida por un ecosistema científico robusto, con universidades y centros públicos de investigación desempeñando un papel central.
No en vano, y para sorpresa de nadie, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas vuelve a liderar el ranking nacional, acompañado por instituciones académicas que refuerzan la idea de un modelo donde la generación de conocimiento sigue dependiendo, en gran medida, de lo público.
Ese patrón, sin embargo, convive con una transición incipiente hacia los dominios tecnológicos que están redefiniendo la innovación a escala global. El crecimiento del 29,8% en tecnología informática es un indicio de que el sistema empieza a engancharse, aunque todavía de forma desigual, a la ola que impulsan la inteligencia artificial y las tecnologías cuánticas, dos ámbitos donde se está jugando buena parte de la próxima década tecnológica y donde la capacidad de posicionamiento temprano resulta determinante para evitar quedarse atrapado en una posición subordinada dentro de la cadena de valor.
Empero, todo lo que está sucediendo ocurre sobre una base estructural que presenta limitaciones evidentes, especialmente en lo que respecta al tejido empresarial, donde la ausencia de grandes actores tecnológicos con capacidad de escalar innovación a nivel global introduce una asimetría difícil de corregir en el corto plazo. Ello obliga al sistema a apoyarse en un binomio universidad-centro público que, si bien garantiza producción científica, no siempre logra traducirse en industrialización efectiva del conocimiento, una fricción clásica en el caso español que se reproduce, casi de forma sistemática, en cada ciclo tecnológico.
A esa limitación estructural se suma, además, una concentración geográfica que dibuja un mapa bastante desequilibrado, con Cataluña y la Comunidad de Madrid acumulando más de la mitad de toda la actividad patentadora, seguidas por el País Vasco, la Comunidad Valenciana y Navarra, mientras el resto del territorio aparece fragmentado en dinámicas mucho más débiles. Vemos, en otras palabras, un sistema que no opera como una red distribuida de innovación, sino como un conjunto de polos relativamente aislados entre sí, con escasa capacidad de arrastre sobre el conjunto del país.
Empero, en medio de ese cuadro, emerge un elemento que introduce cierta complejidad en el análisis, porque la tasa de adopción de la Patente Unitaria por parte de los innovadores españoles alcanza el 56,1%, muy por encima de la media europea.
Es, sin duda, un grado de sofisticación creciente en el uso de los instrumentos de protección, como si el sistema, aun siendo limitado en volumen, estuviera aprendiendo a optimizar el valor de aquello que produce, una señal relevante que, sin embargo, no compensa el déficit estructural en intensidad innovadora.