De la conquista de Méjico (Otumba) Manuel Ramírez Ibáñez 1887

"De la conquista de Méjico (Otumba)" Manuel Ramírez Ibáñez 1887 Museo del Prado

Historia

Gloria y miserias de los conquistadores españoles: "El Nuevo Mundo los depredó antes a ellos"

El catedrático Antonio Espino recoge en una vívida obra las tremendas aventuras protagonizadas por un intrépido grupo de exploradores en busca de riquezas.

7 marzo, 2024 10:11

La exploración del Amazonas conjuga a juicio de Antonio Espino, catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona, todos los componentes que definieron el descubrimiento del Nuevo Mundo. El pionero en adentrarse en sus aguas y recorrer más de 5.000 kilómetros fue el intrépido Francisco de Orellana, veterano de la conquista de Nicaragua, las guerras civiles del Perú y organizador de la colonia hispana del actual Ecuador. Tras anunciar al emperador el hallazgo del inmenso río que nunca llevaría su nombre, regresó y murió tratando de remontarlo desde la desembocadura. En este ciclo también aparecen el mito de las amazonas, las mujeres guerreras, equiparable al de El Dorado, y la cara más oscura de las asombrosas epopeyas: la locura y el exceso, la crueldad y la muerte, personificada en el traidor y maligno Lope de Aguirre.

Espino, especialista en la conquista hispana de América, publica ahora Exploradores del Nuevo Mundo (Arpa), un ensayo de alta divulgación, académica pero de notable pulso literario, que se centra en exclusiva en los primeros contactos de los aventureros europeos con aquellas tierras y los nativos, una tarea tan hercúlea como la de la propia dominación del continente americano. "He procurado no tratar de modo singular o específico a ninguno de los protagonistas principales, ni tampoco me he referido en concreto a alguna exploración por encima de otra, sino que he procurado interesarme por el asunto en su conjunto, con una cronología in mente, que sería de 1492 a 1570, aproximadamente", explica el historiador a este periódico.

El autor de Vencer o morir (Desperta Ferro) presta atención a cuestiones relacionadas con el medio en el que se hubieron de mover los exploradores y a otras más técnicas, como la referida a la comunicación (intérpretes) y la búsqueda de guías. También vincula en todo momento las experiencias que hubieron de generar semejantes viajes con las actitudes, muchas de ellas crueles y violentas, que más tarde se exhibieron ante los indios por parte de muchos de los conquistadores.

Descubrimiento del río Misisipi por Hernando de Soto. Un lienzo de William H. Power.

Descubrimiento del río Misisipi por Hernando de Soto. Un lienzo de William H. Power.

El tema principal del ensayo es el análisis de la violencia que el medio natural, o la geografía del Nuevo Mundo, en todas sus dimensiones, infligió a los grupos de exploradores: "Antes de pasar a depredar parte de las sociedades aborígenes, el medio geográfico americano los depredó a ellos en parte". Es decir, víctimas antes de ser los verdugos de La invasión de América (Arpa), como tituló Espino su anterior y afilada obra.

Hubo una serie de desafíos comunes en todas las exploraciones. El hambre y la escasez de suministros básicos, como el agua, aparecen en todas. El desgaste de los cuerpos, subraya el historiador, producto de la falta de proteínas y los terribles sobreesfuerzos de las largas marchas, causó también muchas bajas. Otra tortura la provocaron las enfermedades, desde fiebres a las agotadoras molestias causadas por los mosquitos. "Pero junto a estos elementos también se podrían destacar los aspectos psicológicos, que estarían representados por las tremendas decepciones y frustraciones que padecieron, en el sentido de no encontrar fuentes de oro, de riquezas, al tiempo que, sin duda, no debemos pasar por alto los miedos, terrores, intranquilidades y desasosiegos varios que eran el pan de cada día de una expedición".

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La codicia, la "fiebre del oro", defiende Espino, fue motor que impulsó las expediciones. ¿Entonces qué peso real cabe atribuir a la expansión del cristianismo? "En mi opinión, cuando te adentras en la lectura de las diversas crónicas, una de las cuestiones que percibes es que la cuestión de la misión evangelizadora se utiliza o se expresa a posteriori, es decir, cuando se ha descubierto algo interesante y entonces hay que terminar de negociar los permisos oportunos para poder desarrollar la labor de invasión y conquista", responde el catedrático.

Un lienzo que recrea la conquista de México por Hernán Cortés.

Un lienzo que recrea la conquista de México por Hernán Cortés.

Algunos cronistas como Pedro Cieza de León no escondieron comportamientos singulares de los hombres de Dios: "Y si [h]avía algunos religiosos [en las expediciones] también tenían codiçia como los seglares, procurando de callada de henchir las bolças". Cuando la expedición de Francisco Pizarro, en 1531, se acercó a la ciudad de Túmbez, la puerta de entrada del Imperio inca, dos frailes franciscanos, "como no viesen tan presto las tinajas y doblones de oro pidieron licencia para se volver a Nicaragua", una actitud horrible por codiciosa a juicio del autor de Crónica del Perú.

¿Y qué decir de la búsqueda de gloria personal? "Sin duda existió, pero como complemento al gran éxito que siempre era la riqueza, el botín", analiza Espino. "En estas expediciones la gloria era sobrevivir a las mismas para tener la opción de participar en una conquista y obtener riquezas, mercedes reales en forma de cargos públicos, tierras y encomiendas de indios, además de prestigio. En realidad, más que 'gloria personal', lo que se obtenía en estas expediciones era prestigio que, junto con el botín, te permitía armar más tarde una operación de conquista (u otra exploración)".

Curiosidad, compañerismo y arrojo

Antonio Espino recuerda que en Estados Unidos la compañía Chrysler comercializaba en las décadas de 1940 y 1950 un modelo de coche que se llamaba "De Soto", por Hernando de Soto, quien desde la costa de Florida fue el primer europeo que comandó un grupo que alcanzó las riberas del Misisipi entre 1541-1543. "La (triste) realidad es que en España fuera de Cristóbal Colón, Pizarro y Hernán Cortés, y quizá Núñez de Balboa, no se conoce a nadie, o a muy pocos más", lamenta el historiador. "Si he escrito el libro ha sido, en buena medida, por procurar que el público lector conozca estas gestas, no solo las heroico-militares, pues merecen mucho la pena".

Pero también recuerda que de la biografía de Pizarro se desconocen las penurias que pasó durante más de cinco años hasta que consiguió encontrar el Imperio inca, y en la de Cortés su terrible viaje de dos años a Honduras, entre 1524 y 1526, saldado con unos pésimos resultados.

Portada de 'Exploradores del Nuevo Mundo'.

Portada de 'Exploradores del Nuevo Mundo'. Arpa

"Creo que merecen ser más conocidos el alemán Nicolás Federmann, quien exploró el interior de Venezuela, solo por comprobar cómo todos los europeos de la época, trasladados al Nuevo Mundo, se comportan de modo parecido; o el caso de la exploración de las márgenes de los ríos Paraná y Paraguay con otro alemán, Ulrich Schmidel, además de Juan de Ayolas y Martínez de Irala, quienes se movieron en el mismo territorio", enuncia el investigador. "También Diego de Ordás y sus andanzas en el río Orinoco. O bien el caso de Gil González Dávila y su exploración de la costa del Pacífico, de Panamá hasta la actual Nicaragua. Tampoco me olvidaría de los exploradores del Pacífico posteriores al gran viaje de Magallanes-Elcano, como la expedición de Jofre de Loaísa a las islas Molucas o el viaje de Álvaro de Saavedra".

Pregunta. ¿Se pueden/deben 'heroificar' y ensalzar estas peripecias? ¿Qué lugar deberían ocupar en el relato histórico nacional?

Respuesta. Habría que tener algunas prevenciones, puesto que estas expediciones acabaron sirviendo para contactar con los territorios que, más adelante, serían invadidos y conquistados con las consecuencias que ya sabemos. Pero también es cierto que muchas de estas expediciones cabría verlas como lo que son: enormes viajes exploratorios que están a la altura de la exploración de África en los siglos XVIII y, sobre todo XIX, o de partes de Asia. Es injusto que no se tenga en mayor consideración las enormes dificultades arrostradas por estas gentes, pues se enfrentaron a enormes penalidades para conseguir sus objetivos. Sin duda, cabe distinguir el fenómeno exploratorio de las acciones posteriores que tuvieron lugar. Y cabe admirar los elementos positivos, que sin duda hubo: la constancia, el tesón, la fuerza de voluntad, la valentía, etc. Eso sí, sin ocultarle al lector que también hubo locura, perversidad, engaño y disputas entre exploradores.

P. Siendo todas estas aventuras una historia fascinante, con sus glorias y sus miserias, ¿cuál que es la parábola, la enseñanza sobre la experiencia humana, que trasciende a todas ellas?

R. El deseo por conocer, la curiosidad por saber, por indagar, por inquirir qué hay más allá me parece una experiencia/enseñanza muy útil. Y unido a ello: valores como el compañerismo (la gente se peleó y se mató, sin duda, pero hay más ejemplos de compañerismo, de solidaridad, que no al contrario), la perseverancia, el arrojo ante las dificultades, la fortaleza mental, son todos ellos valores que nunca están de más poseer. Y las andanzas que se explican en este libro demuestran que hasta de las peores circunstancias se puede salir.

Ciudades de oro

Una cuestión llamativa de la exploración de América es que muchas supuestas ciudades desbordantes de riqueza (El Dorado, Cíbola, Quivira) se buscaban porque los indios habían hablado de ellas ¿Qué interés podían tener en hacer estas exageraciones? "Los indios reafirman lo que les han comentado los españoles porque perciben que es lo que quieren oír. Y ellos desean complacer a aquellos extranjeros, que pueden ser gentes peligrosas en un momento dado", resume Antonio Espino. Eran muy listos y señalaban que el oro se encontraba en otro lado. El propio Colón explicaba que los nativos de las Antillas mencionaban como islas del oro otras que no eran las suyas, o bien se hallaba en comarcas alejadas del interior, como ocurría en Santo Domingo.

"El caso de Cíbola y Quivira son ejemplos de otra cosa", matiza el historiador. Fray Marcos de Niza fue el primero en inventarse esos fantasiosos lugares por miedo a perder ascendente en la sociedad del momento y con el virrey. "Antes que regresar y reconocer que en el Gran Norte no existen ciudades como México-Tenochtitlan, pues lo más fácil es mentir. Es significativo que cuando la expedición de Vázquez de Coronado certifica que Cíbola es un fracaso, fray Marcos de Niza se marchó muy deprisa de vuelta a Ciudad de México. Y una vez se alcanza Cíbola y no resulta ser lo que se había prometido, sino un villorrio pobre, una noticia y/o afirmación de un indio, una noticia mínima, cazada al azar, se transforma en Quivira, es decir, en otro objetivo. Y mientras no se encuentre, pues la esperanza de poder descubrirla no se pierde. Y vuelta a empezar".