La indulgencia del Gobierno de España con el de Marruecos desde el estallido de la crisis por el asalto a Ceuta tiene su origen diplomático hace años. Concretamente en 2021, cuando el teléfono de Pedro Sánchez fue también asaltado con el malware espía Pegasus y, en mayo, Rabat orquestó otro asalto a la ciudad autónoma.
El robo de información sensible del móvil del presidente español se conoció un año después, en pleno escándalo por la revelación del espionaje a líderes independentistas catalanes implicados en el golpe de 2017, que realmente nunca se demostró con datos objetivos.
Pero a Moncloa le convino, entonces, mostrarse como víctima del mismo ataque del "virus israelí".
Entonces, todas las sospechas apuntaron a Marruecos. Y ninguna fuente del Gobierno desmintió esa versión.
Y eso que, en marzo, Sánchez había dado un vuelco a la posición histórica de España sobre el Sáhara Occidental, pasando de defender su autodeterminación a apoyar la soberanía de Rabat, como la "base más seria, realista y creíble" para resolver el conflicto.
Este jueves, Sánchez se quedó solo en el Congreso tratando de defender la "inexistencia" de ninguna prueba de que el régimen de Mohamed VI orquestara el asalto masivo de más de 70.000 personas a Ceuta a finales de julio. Y cuando trató de despegarse un poco de Rabat, nadie le echó cuenta: ni la oposición ni sus socios de coalición o parlamentarios.
Es más, el anuncio de que el 21 de agosto el Ejecutivo "convocó a la embajadora de Marruecos" en señal de protesta por las declaraciones "inaceptables" de dos ministros reclamando una supuesta soberanía sobre las dos ciudades autónomas sonó extraño.
Primero, porque se había mantenido en secreto dos semanas.
Segundo, porque, en realidad, Karima Benyaich ni siquiera estaba en España en esa fecha: estaba de vacaciones en su país desde el día siguiente a la Fiesta del Trono, el mismo 30 de julio del asalto.
Y tercero, porque la clandestinidad de esa llamada a capítulo, que no se anunció "por prudencia" según fuentes de Exteriores y a la que acabó acudiendo el encargado de negocios en representación de la embajadora, contrasta con la exhibición del enfado en otras crisis diplomáticas: siempre, en el caso de Israel; pero sobre todo con dos países tan cercanos como Argentina, en 2024, e Italia, también por la crisis de Ceuta.
La Argentina de Milei
La crisis diplomática con Argentina que el Gobierno de Sánchez elevó en mayo de 2024 tuvo también una evidente utilidad de relato interno.
Las palabras de Javier Milei sobre Begoña Gómez acusándola de "corrupta" fueron consideradas impropias de un presidente extranjero de visita en España, pero Moncloa aprovechó el episodio para exhibir un choque con el mandatario argentino, presentado como "ultraderechista", en plena campaña de las elecciones europeas.
El conflicto ayudaba a movilizar al electorado de izquierdas y a desplazar el foco de las pesquisas que afectaban a la esposa de Sánchez.
El 19 de mayo, José Manuel Albares ordenó la llamada a consultas sine die de la embajadora española en Buenos Aires, María Jesús Alonso Jiménez, y exigió a Milei "unas disculpas públicas".
Aunque la realidad es que el desencadenante de todo el lío se remontaba a que Óscar Puente, a comienzos de mes, había sugerido que el presidente argentino "consume sustancias". Milei replicó mencionando la situación de la esposa del presidente español, y la escalada culminó en el acto de Vox en Vistalegre.
Al no llegar las disculpas, España retiró definitivamente a su embajadora, sin una respuesta equivalente de Argentina. La crisis quedó encauzada cinco meses más tarde, con el nombramiento de Joaquín María de Arístegui como nuevo embajador en Buenos Aires.
Milei nunca rectificó públicamente, de modo que el Gobierno español cerró el choque sin lograr la condición que había planteado al inicio.
La Italia de Meloni
Con Roma concurre, como con Jerusalén y Buenos Aires, la circunstancia de que la gobierna una líder de derecha extrema, Giorgia Meloni.
La primera ministra ordenó suspender la libre circulación con España tras el asalto masivo a Ceuta. Pero la respuesta de Moncloa empezó por una trampa dialéctica, porque acusó a Meloni de un ataque contra España con una medida que no había planteado: su "expulsión de Schengen".
Italia nunca propuso, ni podía, algo así; anunció controles temporales para determinados viajeros no comunitarios llegados desde España, sin afectar a españoles ni al resto de ciudadanos de la UE.
Eso sí, de nuevo hubo exhibición de fuerza desde Madrid.
Albares convocó públicamente al embajador italiano, tras calificar de inapropiadas e "insolidarias" las declaraciones de Antonio Tajani, ministro de Exteriores, que había vinculado la crisis con la "regularización masiva de inmigrantes ilegales" impulsada por Sánchez meses antes.
Ya entonces la protesta contrastó con la falta de una convocatoria equivalente a Marruecos, desde cuyo territorio se produjo la entrada masiva y con dos ministros reclamando la soberanía de Ceuta y de Melilla.
Meloni contó incluso con el respaldo de Mette Frederiksen, la primera ministra socialdemócrata danesa, para reclamar los retornos de los asaltantes y centros de repatriación fuera de la UE. Ambas impulsaron, de hecho, una carta de 22 países recriminando al Gobierno de España sus políticas migratorias.
Vacaciones en Marruecos
La embajadora de Marruecos en España, efectivamente, no se encontraba en el país cuando se la convocó en señal de protesta el pasado 21 de agosto, según fuentes diplomáticas consultadas por EL ESPAÑOL.
Sánchez afirmó en el Congreso que el Ejecutivo "convocó a la embajadora marroquí" por unas manifestaciones que calificó de "inaceptables". Pero Benyaich estaba de vacaciones en su país, así que no pudo acudir. Y la gestión fue atendida por "el encargado de negocios", su número dos en Madrid.
Por otro lado, Sánchez también le dio algo de literatura conveniente a su anuncio en la Cámara Baja.
La protesta española del 21 de agosto respondía realmente a las declaraciones del ministro de Justicia marroquí, Abdellatif Ouahbi, que había enarbolado públicamente ya en dos ocasiones los supuestos "derechos históricos y geográficos" de Marruecos sobre Ceuta y Melilla y propuso abrir un canal de diálogo con España.
En el Congreso, Sánchez aludió también a las palabras de un segundo ministro marroquí, el responsable de Asuntos Islámicos, Ahmed Toufiq. Sin embargo, su intervención en una fiesta religiosa ante Mohamed VI y su heredero en el Palacio Real, fue el 25 de agosto, por lo que no pudo motivar la citada convocatoria de protesta, que no se ha repetido.
Lenguaje diplomático
La ocultación de la respuesta diplomática durante dos semanas fue calificada como "otro ejemplo de cobardía de Sánchez con Marruecos" por un portavoz oficial del PP. Según estas fuentes, "cuando convocaron a los embajadores de Argentina o Italia no lo hicieron de tapadillo".
Y además cobra especial relevancia porque EL ESPAÑOL publicó el pasado 25 de agosto que fuentes internas de Exteriores no habían querido confirmar que se hubiera producido una citación formal de Benyaich.
Aquella información señalaba además que la embajadora se había trasladado a Tetuán después del asalto a Ceuta de finales de julio. Benyaich, efectivamente, participó el 14 de agosto en un acto celebrado en esa ciudad del norte de Marruecos, según difundió entonces la propia representación diplomática.
La fórmula empleada por el departamento de Albares es significativa. Porque, en lenguaje diplomático, una protesta ante un encargado de negocios o un alto funcionario de la legación, aclaran fuentes de la carrera, no tiene el mismo rango político que la convocatoria presencial de un embajador.
Como también se entiende como un mayor grado de protesta si la convocatoria se hace pública. Y el Gobierno de España mantuvo oculta la convocatoria durante casi dos semanas.
Sólo en su comparecencia en el Congreso, la pasada semana, el ministro español añadió una palabra a esta expresión: "Por todos los cauces diplomáticos".
Fuentes de Exteriores argumentan que esa frase indica que "nunca se ocultó la convocatoria", porque "todos" esos cauces incluyen la convocatoria a la sede del Ministerio. "Y viene quien ocupe en ese momento la representación más alta... en este caso el encargado de negocios".
Otro portavoz del Ministerio insistía a este diario en que "al no encontrarse en España" la representante diplomática, a la reunión en la sede del Ministerio acudió quien era "en ese momento, la máxima autoridad de la Embajada".
Es más, Exteriores aclara que eso no varía "en absoluto ni el acto en sí, ni el valor diplomático de la convocatoria".
