Quim Torra, junto a Carles Puigdemont y Elsa Artadi en  Berlín.

Quim Torra, junto a Carles Puigdemont y Elsa Artadi en Berlín. Markus Heine EFE Berlín

Política EL DESAFÍO SEPARATISTA

Las siete claves de la escenificación de Torra frente al Rey

El presidente catalán lo tenía difícil: contentar a Puigdemont y al sector más radical del nacionalismo sin transmitir la sensación de que huía, por miedo, del Rey. No consiguió ninguna de las dos cosas. 

1. El Rey es más importante para Torra que Torra para el Rey

En la Cataluña nacionalista se ha debatido durante una semana por tierra, mar y aire acerca de la presencia o la ausencia de Quim Torra en la inauguración de los Juegos Mediterráneos. Opinadores de los medios públicos y concertados catalanes le han dedicado docenas de columnas y editoriales al asunto.

El Rey ha monopolizado buena parte de la programación de TV3. En la calle no se ha hablado de otra cosa. Carles Puigdemont y los sectores más radicales del nacionalismo le han exigido un plante al presidente de la comunidad autonómica catalana. Los posibilistas le han recomendado acudir, pero apretando de forma ostensible los puños para escenificar su enfado

En la Cataluña constitucionalista y Madrid, la indiferencia ha sido absoluta. Cuando la mayor preocupación de los nacionalistas es decidir si su presidente debe o no vestir una corbata amarilla frente al Rey en un acto protocolario de muy relativa importancia es que el conflicto ha entrado en fase homeopática y se circunscribe al terreno del aspaviento y la teatralización

2. ¿Carta? ¿Qué carta?

Quim Torra había condicionado su asistencia a la inauguración de los Juegos Mediterráneos a la respuesta del Rey a las peticiones contenidas en una carta remitida a principios de semana. El Rey ni siquiera llegó a abrir la carta, mucho menos a leerla, y dejó que fuera Jaime Alfonsín, el jefe de la Casa del Rey, el que transmitiera acuse acuse de recibo y la reenviara al presidente del Gobierno en aplicación del artículo 64.1 de la Constitución. El mensaje llegó alto y claro a Cataluña. 

A pesar de ello, Quim Torra acudió a la inauguración de los Juegos Mediterráneos. 

3. Una derrota para Puigdemont

Atrapado entre las presiones de Carles Puigdemont, partidario del plante al Rey, y las promesas de diálogo por parte del PSOE condicionadas a su buen comportamiento, Torra optó por la tercera vía: acudir a la inauguración de los Juegos pero "rompiendo relaciones con la Corona". Como es obvio, esas relaciones no existen tal y como las plantea el nacionalismo y su "ruptura" tiene las mismas consecuencias en la práctica que una hipotética ruptura de relaciones de la Fundación Francisco Franco con el Gobierno estadounidense. 

En cualquier caso, lo relevante no es el subterfugio con el que Torra ha pretendido justificar su presencia frente al Rey sino el hecho, mucho más significativo, de que haya desobedecido explícitamente a un Carles Puigdemont que poco a poco va quedando relegado al papel de Molt Honorable Tuitero y poco más

4. A la búsqueda de nuevo enemigo exterior

Desaparecido del campo de juego Mariano Rajoy y, en menor medida, Albert Rivera, el separatismo se ha visto obligado a rediseñar su estrategia a toda prisa y a organizar el casting para la elección de un nuevo símbolo de la "opresión colonial española".

Obligado al diálogo con el Gobierno de Pedro Sánchez, ese símbolo ha resultado ser el Rey. De esta forma, el nacionalismo ha matado dos pájaros de un tiro. Mantiene a sus acólitos en guardia frente al nuevo enemigo externo, por un lado, y se gana, por el otro, las simpatías de los antimonárquicos españoles. Es decir de ese Pablo Iglesias que, a falta de vicepresidencia, de ministerios y de Gobierno de coalición, se ofrece ahora como intermediario entre Sánchez y Torra. 

5. Renuncias intrascendentes

Desesperado por revestir sus actos de la trascendencia y de la solemnidad de la que carecen, Quim Torra hizo una declaración institucional en la que anunció: 1) La prohibición de que ningún miembro del Gobierno autonómico catalán acuda a los actos organizados por la Corona, 2) la negativa a invitar al Rey a ningún acto organizado por la Generalidad, y 3) la renuncia al cargo de vicepresidente de honor de la Fundación Princesa de Gerona. Ninguna de las tres tiene mayor transcendencia y a duras penas pueden calificarse de "simbólicas". 

6. Desprecio a las víctimas del terrorismo

Quim Torra asistió el viernes a la concentración convocada por las asociaciones separatistas ANC y Òmnium en contra de la presencia del Rey en Tarragona. En la práctica, buena parte de la acción de Gobierno de Torra ha quedado reducida ya a la asistencia a concentraciones de todo pelaje, y especialmente a aquellas convocadas a favor de los presos. Pan y circo para las huestes independentistas

Más trascendencia tiene la renuncia de Torra y del presidente del Parlamento autonómico, Roger Torrent, a acudir al acto que se convocó esta semana en homenaje a las víctimas del atentado terrorista de Hipercor. Su presencia en dos actos alternativos intrascendentes (la presentación de un documental y una misa por los presos) fue la constatación de que, al menos en el terreno de los simbolismos, las dos principales autoridades autonómicas están más cerca de aquellos que justifican el terrorismo que de los que lo condenan o lo han sufrido

7. Indiferencia del Gobierno

La portavoz del Gobierno, Isabel Celáa, no dejó dudas al respecto de la actitud del Ejecutivo. El Gobierno no bajará al fango de lo simbólico y evitará tensiones que no se deriven de actos firmes con consecuencias legales. "Estamos buscando la distensión" dijo Celáa.

Traducido: ni Pedro Sánchez ni su Gobierno harán nada para sacar al separatismo del callejón sin salida de la unilateralidad, los lazos amarillos, las concentraciones insustanciales y las gesticulaciones huecas. Enfrentado a sus contradicciones internas y a la evidencia de que ninguno de los miembros del Gobierno catalán parece dispuesto a violar la ley, la pelota está ahora en el tejado del separatismo, resignado a gobernar una autonomía o a prolongar la parálisis institucional catalana