Javier Fernández, Susana Díaz y Guillermo Fernández Vara, en un Comité Federal.

Javier Fernández, Susana Díaz y Guillermo Fernández Vara, en un Comité Federal.

España INVESTIDURA DE SÁNCHEZ

Los barones prohibieron a Sánchez en 2015 negociar con separatistas: así se les ha neutralizado en el PSOE

"El partido está esclerotizado", lamenta un presidente autonómico crítico con el PSOE. Los órganos clave del partido apenas se reúnen. Manda Sánchez. 

Domingo, 27 de diciembre de 2015. Una Navidad de pesadilla. Ha pasado una semana desde las elecciones generales en las que Mariano Rajoy perdió la mayoría absoluta y Pedro Sánchez cosecha 90 diputados, 20 menos de los que había conseguido Alfredo Pérez Rubalcaba.

Sánchez lleva un año y medio al frente del partido, pero la debacle electoral lo ha dejado tocado ante los suyos, especialmente tras haber ensalzado el retroceso del PSOE como un resultado "histórico". El Comité Federal del partido se dispone a fijar su posición ante una situación política de una inédita incertidumbre en la que nadie sabe quién será investido. Todos coinciden en su "no" a Rajoy, pero no están de acuerdo en qué hacer si el líder del PP no consigue la investidura que, hasta ese año, siempre ha logrado con pactos el partido ganador de las elecciones.

Durante más de cuatro horas Sánchez reúne en domingo, la víspera de la reunión del Comité, a los dirigentes territoriales de su partido, incluidos los conocidos como barones más poderosos: los que además de liderar el PSOE presiden el Ejecutivo autonómico. En torno a la misma mesa se sientan con Sánchez la todopoderosa Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía, Emiliano García-Page (Castilla-La Mancha), Guillermo Fernández Vara (Extremadura), Javier Lambán (Aragón), Ximo Puig (Comunidad Valenciana) y Javier Fernández (Asturias), entre otros.

La mayoría de esos protagonistas sigue ocupando puestos relevantes en el PSOE, con más o menos poder que entonces. Pero ya nada es como antes. No sólo porque Sánchez es ahora presidente del Gobierno y entre los autonómicos hay más que comparten sus tesis (los de Baleares, Asturias, Navarra, Cantabria o Canarias, sin olvidar que Díaz perdió la presidencia de la Junta) sino porque los descontentos con la estrategia actual del líder, que pasa por ser investido gracias a la abstención de ERC, han asumido que no pueden hacer nada por impedirlo. Ni siquiera expresarlo en los órganos del partido como el Comité Federal, que apenas se reúnen.

"Un partido esclerotizado"

"El partido está esclerotizado, totalmente desarticulado y los Comités Federales o no se reúnen o son para aclamar a Pedro", resumió recientemente un presidente autonómico en conversación con EL ESPAÑOL. La última cita del órgano, máxima autoridad entre congresos, fue a finales de septiembre, antes de las elecciones. Sánchez ni siquiera ha reunido a la Ejecutiva en pleno de su partido desde que comenzó a negociar su coalición con Pablo Iglesias, anunciada por sorpresa. Tan solo ha convocado un par de veces a la comisión permanente, los pesos pesados de la dirección socialista.

El Comité Federal de entonces sí debatió incluso sobre escenarios hipotéticos, ya que Rajoy aseguraba que quería formar Gobierno. Pero el PSOE ya tenía ante sí la pregunta: ¿se debe pactar el Gobierno de España con Podemos y con partidos que defiendan la autodeterminación? Faltaban casi dos años para el referéndum ilegal del 1 de octubre de 2017, pero el PSOE de Sánchez fijó entonces una posición rotunda al respecto.

La frase clave

"La autodeterminación, el separatismo y las consultas que buscan el enfrentamiento sólo traerán mayor fractura a una sociedad ya de por sí divida. Son innegociables para el Partido Socialista y la renuncia a esos planteamientos es una condición indispensable para que el PSOE inicie un diálogo con el resto de formaciones políticas", reza la resolución adoptada entonces por el órgano socialista, que se puede encontrar en la web del PSOE y cuya lectura resulta, cuatro años después, muy esclarecedora. 

El acuerdo final entre Sánchez y los barones críticos, que entonces tenían mucho poder, supuso en la práctica un cortafuegos frente a ERC y el espacio de la antigua CiU en el Congreso, que entonces se llamaba Democracia y Libertad, pero pretendía ser también una seria advertencia frente a pactos con Podemos, que entonces se quedó cerca del PSOE en escaños y aspiraba a sustituirlo con propuestas como un referéndum en Cataluña, donde su marca ganó las elecciones.

Ante la amenaza electoral morada, los barones abogaban por hacer frente al otro partido de izquierdas hasta vencerle claramente en las urnas. Sánchez ya tenía en mente pactar con Podemos y los nacionalistas, como intentaría unos mese después, tras las segundas elecciones de junio de 2016, antes de ser forzado a dimitir.

El congreso de 2017

Todo cambió en verano de 2017, cuando Sánchez se hizo con todo el poder en el PSOE. Tras arrasar a Susana Díaz en las primarias, el líder socialista copó los órganos del partido. Así, del más de medio centenar de miembros de la Ejecutiva, sólo uno no había hecho campaña por Sánchez: Patxi López. El exlehendakari, secretario de Política Federal, tiene ahora poca influencia en las decisiones de la dirección, especialmente en relación a Idoia Mendia, secretaria general del PSE, que en Euskadi gobierna en coalición con el PNV. Algo parecido ocurrió en el Comité Federal.

La rotunda victoria de Sánchez en las primarias socialistas de 2017 neutralizó, en la práctica, los órganos intermedios y colegiados del partido y también permitió al líder del PSOE diseñar en soledad su estrategia, sólo consultada a un estrecho núcleo de colaboradores, entre los que están Adriana Lastra, José Luis Ábalos, Carmen Calvo y su equipo de confianza en Moncloa, liderado por Iván Redondo y Félix Bolaños.

Decisiones sin consulta

Así, Sánchez no consultó a los diputados la moción de censura, que se presentó con sus firmas sin que ellos lo supieran, aprovechando hojas de firmas que se suelen utilizar por si en períodos vacacionales hay que presentar alguna iniciativa. Sánchez tampoco consultó a su partido la estrategia de pactos, a pesar de que la Ejecutiva estaba reunida en pleno el 11 de noviembre, día después de las elecciones, mientras Sánchez organizaba una cita en Moncloa con Iglesias para unas horas después. Tampoco ha habido ninguna resolución del Comité Federal, que ni se ha reunido, ni por supuesto un debate con los dirigentes territoriales como el de 2015 para integrarlos en la decisión.

Por ese motivo, algunos, como Page o Lambán, cuya opinión sólo se recabó en una ronda de consultas destinada a incluir a Quim Torra, se deciden a expresar sus dudas a través de los medios de comunicación, como en febrero hicieron al conocer que Sánchez había ofrecido la figura de un relator para sus reuniones con los partidos independentistas catalanes. Se trata más de un desahogo, o de una posición expresada para que conste, que de una verdadera presión a Sánchez. 

El partido, poco a poco y en general, ha acabado aprobando por asentimiento la estrategia de Sánchez. En ese sentido, los continuos llamamientos de Pablo Casado e Inés Arrimadas a una rebelión interna caen en saco roto. La pesadilla que Sánchez vivió en las Navidades de 2015 es ahora impensable. Los límites que en su momento el PSOE veía como infranqueables son ahora tan solo una opinión del pasado.