Bernardo Montoya la mató. Viajó hasta la prisión de Huelva, donde está interna su novia, y pudo deshacerse de varias pruebas vinculadas con el asesinato de Laura Luelmo. Todo ello lo confesó ante los agentes especializados de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil. Los mismos que en su día 'derrotaron' [término que emplean los interrogadores para decir que logran arrancar una confesión] a José Enrique Abuín, alias El Chicle, y Ana Julia Quezada, asesinos de Diana Quer y el niño Gabriel. Pero Bernardo es un "tipo duro" y 'derrotarlo' no ha sido sencillo.

¿Por qué se le considera al asesino de Laura Luelmo un "tipo duro"? En su largo historial delictivo ya hay un crimen. Mató a una mujer de 82 años para que no le identificase en el robo de su vivienda. Bernardo acumula varias condenas por diferentes delitos y ya conoce la cárcel. Es, en el argot propio de estas esferas, un 'taleguero', alguien con un largo pasado penitenciario. Interrogar a alguien que ignora lo que hay tras los barrotes de una prisión es más sencillo, porque su miedo a lo desconocido es mayor. 

No es lo mismo arrancar una confesión a un ciudadano que ya tiene las manos manchadas de sangre, más predispuesto a aferrarse a sus mentiras. El perfil del criminal es el de alguien que conoce los vericuetos del Código Penal, que trata de camuflar algunos de sus hechos para que no se le imputen algunos delitos.

Centrémonos en el asesinato de la joven profesora en las inmediaciones de El Campillo (Huelva), una localidad que apenas supera los 2.000 habitantes. Bernardo Montoya podía sospechar que el foco estaba puesto sobre su figura. Fue una de las primeras personas a las que la Guardia Civil tomó declaración y, desde entonces, trabajó en su coartada. Trazó una red de mentiras para alejarse del lugar del crimen. Pero la aparición del cuerpo de Laura Luelmo este martes lo cambió todo. Se puso nervioso, trató de desaparecer del mapa a bordo de su coche.

La Guardia Civil había montado un discreto pero intenso dispositivo de seguimiento sobre Bernardo. Sospechaban de él y de su largo historial delictivo. Cuando detectaron su plan de fuga, montaron un control policial a 50 kilómetros de El Campillo que tuvo sus frutos: el individuo abandonó su coche y trató de escapar a pie. Pero los agentes fueron más rápidos y lo alcanzaron. 

Había suficientes indicios para detenerlo. Bernardo fue trasladado a la comandancia de Valverde del Camino y, después, a la de Huelva. Desde ese momento arrancaba una cuenta atrás de 72 horas para lograr 'derrotarlo'. Ese es el tiempo antes de que se le pusiera a disposición judicial. 

Contradicciones y testigos

Aquí entran en juego los agentes de la UCO especializados en interrogatorios. Su labor es desapercibida e imprescindible. Pero con Bernardo no tenían un papel sencillo. Primero, por el "perfil duro" que representa el criminal. Y segundo, porque la detención se produjo antes de lo deseado. A los agentes les hubiera gustado reunir más elementos inculpatorios antes de capturarle. Su intento de huida precipitó los acontecimientos.

Bernardo Montoya y Laura Luelmo.

Ya no había marcha atrás. 72 horas para arrancar su confesión. Sin tener todas las pruebas deseadas -que también las tenían-, los agentes se centraron en sus otras bazas: las contradicciones de Bernardo y las declaraciones que pudiesen brindar los testigos.

Le pidieron que explicase su versión de los hechos. Que por qué había huido si, como defendía, era inocente. Que contase dónde había estado todos estos días, con quién, de qué manera. Después, le recordaron los pormenores de su primera declaración, la que dio a los pocos días de desaparecer Laura. Y pusieron el foco sobre sus contradicciones.

El discurso de Bernardo comenzaba a agrietarse. Pero es que, además, el detenido apenas tenía el apoyo de familiares o amigos. Incluso su padre, Manuel Montoya, pidió perdón ante las cámaras de La Sexta y Canal Sur a la familia de Laura Luelmo: "Si mi hijo lo ha hecho, que lo pague".

Acorralado, Bernardo Montoya terminó confesando el crimen. Dio una serie de detalles que los investigadores tratan ahora de certificar. Que condujo a la joven a un callejón cuando ésta le preguntó por un supermercado en El Campillo, pueblo al que ella había llegado hacía apenas unos días. Que la golpeó para violarla pero que no logró agredirla sexualmente. Que después se deshizo de la joven en la zona boscosa en la que se le encontró.

Todos esos son extremos que los agentes tratan de confirmar, y para ello trasladan a Bernardo hasta los lugares clave del crimen. Algunos pueden ser ciertos, otros no. Pero los agentes de la UCO lograron su objetivo prioritario: 'derrotar' a Bernardo Montoya y que confesase el crimen.

Un agente de la Guardia Civil desplegado frente a la casa de Bernardo Montoya, en El Campillo. Raúl Caro EFE