Constantino Brandford (Ciudad de Panamá, Panamá, 53 años) creció entre cacao. Hijo de agricultores dedicados a su cultivo, conoce bien los entresijos de estos árboles a los que ha dedicado, y dedica, su vida.
Sus padres se establecieron en la década de 1950 en un terreno en la provincia de Bocas del Toro, cercana a la frontera con Costa Rica. Un territorio en el que se cultiva el 95% de la producción panameña de este fruto y que está habitado principalmente por poblaciones indígenas.
El propio Brandford pertenece a una de ellas, la etnia Ngäbe Buglé, que es una de las más golpeadas por la pobreza. Gracias a su plantación, heredada de sus padres, ha podido pagar la universidad de sus dos hijos, que también trabajan con él.
Produce 450 kilos anuales de cacao de manera totalmente orgánica gracias a las técnicas heredadas de sus antepasados. No usa agroquímicos y utiliza hojas y tallos de plantas, como la banana, para hacer compost que se descompone de manera natural. Además no emplea maquinaria ni al plantar ni al recoger la cosecha, lo hace todo de forma manual.
Como él mismo describe en conversación con ENCLAVE, se trata de una cultura que se va pasando de generación en generación. "Los aborígenes lo hacen así desde hace mucho tiempo".
Para esta población, describe el agricultor, el cacao es una actividad económica de subsistencia. Una palabra que usa con toda conciencia. Al productor no le llega, precisamente, el mejor precio, pero produce frutos todos los años mientras esté en su etapa de máximos. Un periodo que dura entre 25 y 30 años.
Además, es una plantación que no suele ser atacada por invasores ni sufrir plagas o enfermedades, agrega Brandford.
La herencia
Estos cultivos se mantienen vivos gracias al relevo generacional porque no solo se hereda la cultura, sino también la tierra.
Llegado el momento, los padres "pasan la parcela a los hijos", cuenta el agricultor. No es que los vástagos lleven juntos el negocio, sino que el terreno se divide en tantas partes como progenie hay en la familia para que cada uno tenga su propio cultivo.
Constantino Blandorfd, productor de cacao orgánico, posa con una vaina de este fruto.
Eso facilita el futuro de quienes heredan, pero va haciendo las propiedades más pequeñas con cada generación que pasa, expone el agricultor. Por ejemplo, él mismo ya tiene la suya dividida en dos partes para que sus hijos las hereden cuando se retire.
Solo falta que llegue ese momento, continúa, porque ya tiene prácticamente todos los registros hechos. Hasta entonces, continúan gestionando la finca en familia y produciendo cacao.
Precisamente, esa limitada extensión de las parcelas que menciona, hace inviable el monocultivo en esta provincia panameña. No pueden limitarse al cacao porque estos árboles pasan por temporadas de baja producción durante el año. Por eso, también cultivan otras especies como plátanos, tubérculos y cítricos.
Esta diversificación imita las prácticas ancestrales y garantiza el alimento diario familiar durante las temporadas de baja cosecha cacaotera. Además de asegurar el sustento alimenticio, este modelo agroforestal protege el medio ambiente al conservar la biodiversidad y capturar carbono.
Una práctica que, asegura, también contribuye a mejorar la salud humana. "La conservación a través del cacao no es nada nuevo, pero no se le había dado la importancia que tiene", reivindica Brandford.
Marquesinas
Brandford ha sido uno de los beneficiados por Casafin, un producto de Microsefin, entidad de la Fundación Microfinanzas BBVA. La ayuda, le ha permitido reformar su vivienda para separarla de la zona donde se fermenta el cacao, un proceso fundamental en la producción de esta materia prima.
La división, explica, es fundamental porque este fruto absorbe todo lo que esté presente en el ambiente. Muchos productores, además de al cacao, se dedican a criar animales y fermentar esta materia prima en una estancia aparte garantiza que le grano no se estropee ni se ve afectado por ningún olor.
Para ello, él y los más de mil agricultores que forman su cooperativa, han construido unas estructuras a las que llaman marquesinas y que él define como "secadoras solares techadas con plástico protector". Se trata de unas estructuras diseñadas para que la luz del sol penetre y evapore la humedad.
Este sistema es indispensable en el clima tropical de Panamá, pues evita que el grano se deteriore o críe moho por las lluvias constantes
Contar con esta tecnología ha transformado su labor, eliminando el esfuerzo de recoger el cacao bajo aguaceros repentinos. Para la familia, significa garantizar un secado óptimo que aporta un valor agregado al producto final. No solo se trata de hacer el proceso más cómodo para ellos, sino de aumentar la calidad de lo que venden.
De esta manera, logran cumplir con los rigurosos estándares de calidad que exigen sus compradores europeos, desgrana Brandford.
Atractivo turístico
El agricultor panameño explica que en los últimos diez años se ha visto que la oportunidad de negocio del cacao no está solo en su cultivo y su venta. En esta provincia también han visto que puede ser un gran activo turístico.
Él mismo complementa su actividad agraria con un recorrido turístico que enseña el proceso artesanal del chocolate para generar valor agregado y mejorar los ingresos económicos del hogar.
Con él, quiere concienciar a los visitantes sobre la importancia de contribuir al cuidado del medioambiente. Incluso ha abierto estas rutas, llamadas Oreba Cacao Tour, a otros productores locales para generar actividad comercial en la zona.
Quienes hacen estas rutas con él, no solo pueden conocer el proceso ancestral que se usa en Bocas del Toro para cultivar este fruto, también pueden degustar el producto final. "Todo el mundo conoce el chocolate, pero no el proceso para conseguirlo", apunta.
Con este proyecto también quiere enseñar a los consumidores que los agricultores son una parte muy importante de la cadena. "El primer eslabón para que la alimentación llegue al pueblo". Sin uno, no existe lo otro, hace hincapié.
Aun así, echa en falta ese reconocimiento, sobre todo por parte de las autoridades. Muchos han perdido sus cultivos por falta de apoyo y precios competitivos. Por eso, hace un llamamiento para que quienes tienen ese poder en su mano cambien la situación no solo en Panamá, sino en el mundo.
"Necesitamos que nos presten mucha atención", dice reclamando más protección para poder conservar la actividad económica a la que han dedicado toda su vida.
