Lara Viada es especialista en proyectos con propósito, pero tuvo que buscar el suyo. “Soy madrileña, de madre catalana y padre madrileño y viví en Madrid hasta los veinte”, resume rápidamente. “Hice Empresariales, pero mi último año no tenía ni idea de qué hacer”.

Viada pensó que la solución vendría de la propia actividad: el movimiento genera movimiento. “Pensé en hacer un voluntariado pero tampoco sabía cuál, así que me compré un ticket a la India”. Finalmente allí conectó con la ONG “de Dominique Lapierre [el conocido autor de La ciudad de la Alegría], y estuve residiendo en un orfanato de niños con discapacidad”.

Aquella experiencia la cambió: “me impactó definitivamente: mi hija mayor se llama India”, y quedó unida a la idea del impacto más allá del beneficio. Tras una breve experiencia corporativa en Madrid (L’Oreal), relata cómo “pasé esos años, de los 21 a 25, despertándome por la mañana y pensando ‘vender productos de belleza no me llena’. Yo quería dedicarme al mundo del impacto social, pero no era fácil, porque es un sector pequeño, poco conocido, no tenía experiencia…”.

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“Todas esas instituciones tan conocidas”, continúa, “como la ONU o el Banco Mundial… las veía muy lejos, y muchos de los puestos que encontraba online decían que requerían un master en Relaciones Internacionales, así que decidí irme a USA y formarme: en Washington estudié en Johns Hopkins SAIS, esto me colocó en el cogollo de las grandes multinacionales, a mí me encantó y por allí vi pasar a todo el sector”.

En ese momento, añade, “comenzó a surgir en distintos países la inversión de impacto como una evolución de las microfinanzas del libro de Yunus sobre los microcréditos y se empezaba a ver que, además de préstamos, era necesario el acceso a educación y salud. Yo ahí podía aportar valor”, continúa.

Viada empezó “a contactar con los fondos de impacto, pero como tenía un perfil de empresa me costó. Finalmente a GBF (2010) les convencí de que lo que yo había aprendido para ayudar a las cadenas de peluquerías podía servir para ayudar a las PYMES (pequeñas y medianas empresas), y me fui con ellos a agroindustrias en Perú”.

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Es tras esta estancia cuando se convierte en una “especialista en medición de impacto y en ayudar a las empresas: lo aprendo con mucho agroexportador de quinoa en Bolivia, cacao, frutas o superfoods [que empezaba a hablarse de ello], a partir de la explotación sostenible de bosques y turismo. No eran proyectos tan tecnológicos pero sí innovadores, ahí pude ver cómo se podía mejorar la vida de millones de personas en toda la región andina”. En poco tiempo, “pasé de ayudar a las empresas al equipo de inversión”.

En España, “cuando volví la inversión de impacto era inexistente”, relata. Tras alguna experiencia previa (“empecé gestionando una aceleradora de emprendedores sociales y un periodo en el Grupo Empresarial Sostenible con Barroso, el fundador de Triodos Bank en España”) comenzó su proyecto en Creas.



“Es un proyecto ilusionante. Luis y Javi [se refiere a Luis Berruete y Pedro Javier Armentia, fundadores], son dos amigos del colegio de Zaragoza que lo lanzaron en 2008. Empezaron con una fundación, luego con un pequeño fondo y ahora desde 2018 me uní, pensando que íbamos a lanzar 15 Millones y finalmente conseguimos 30 Millones de euros”.

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Literalmente, añade, “los últimos años nos hemos dedicado a predicar sobre la inversión de impacto en España y desde que hemos empezado hemos invertido en unas 20 de estas compañías, ayudando a estas compañías que apoyamos al crecer. Estamos en un punto clave ahora mismo, porque estamos montando una gestora con cuatro socios para lanzar nuevos fondos con la misma filosofía”. ¿El nuevo objetivo? “70-100 millones de euros”, comparte.

“Queremos una gestora de impacto que pueda seguir creciendo, posicionarnos y poder lanzar otros fondos [menciona por ejemplo la cultura] y en otros países [especialmente Latinoamérica]. Hay mucho por hacer en temas de regeneración, blended finance, tenemos mucha ilusión”, explica.

Una de sus obsesiones es “incluir más la ciencia y la medición de impacto para poder tomar decisiones del tipo ‘cuántas toneladas de CO2 son suficientes por euro invertido’. Algo muy importante en el futuro será que sofistiquemos nuestro conocimiento sobre el tema”.

¿Qué es la inversión de impacto para ustedes? ¿Dónde operan?

Lo que nos mueve es generar un impacto social y medioambiental positivo. Nuestra especialización está en España, el 80% de nuestras inversiones son aquí, el 20% en Europa.

¿A qué tipo de empresas apoyan?

Trabajamos con startups, concretamente con scaleups, buscamos proyectos de recorrido y con capacidad de multiplicación, pero con una teoría de cambio, es decir, que hayan identificado un problema social y medioambiental grave, y sean capaces de medir su impacto. Trabajamos con empresas rentables, ayudándolas a crecer y profesionalizarse.

¿Algunas empresas concretas con las que ya trabajan, que tengan un enfoque social?

En relación a empoderar a las personas, tenemos en educación a empresas como Trilema, un nuevo modelo pedagógico para disminuir el fracaso escolar. O a Ironhack, una escuela internacional de tecnología. En el sector de cuidado también a Qida, para la atención de pacientes crónicos y dependientes en su hogar; otro ejemplo es Baluwo, una plataforma de migrantes que les ayuda a comprar bienes para sus familias, y a hacer más eficiente el proceso de remesas. Luego también estamos en economía circular, electrónica, moda, movilidad, paneles solares y agricultura…

¿Cómo miden el impacto?

La ciencia está en el proceso de definir los indicadores, a medida que el sector avanza, estos mejoran, pero ya existen indicadores transversales por sectores. ¿Qué es impacto? En educación empieza a haber más consenso en cómo medirlo, en medioambiente y respecto al cambio climático existen los science based targets, que son objetivos claros que la ciencia ha puesto para reducir el cambio climático.

Pero, ¿es siempre cuantificable el impacto que se va a poder hacer?

Hay que desarrollar mediciones aún, como te decía. Por ejemplo, en relación al fracaso escolar, no se trata sólo de aprobar, sino de medir el bienestar del niño, su salud mental, que sus resultados en sentido amplio sean mejores.

¿Comparten sus resultados?

Intentamos publicar lo máximo posible. Soy believer de que el sector se hace entre todos, por eso estamos en muchos sitios. Se trata de consolidar y estandarizar la medición. Si invierto en un proyecto de educación que está teniendo un impacto, me gusta conocer otros.

¿Qué grado de rentabilidad buscan?

Somos un fondo de impacto, en el primer fondo hemos sido menos agresivos en términos de rentabilidad, porque lo más importante es el impacto y un objetivo muy alto en términos de rentabilidad nos empujaría a no invertir donde hay impacto. El impacto es una palanca de creación de valor, y es una ventaja competitiva. Estamos hablando de capital paciente, y de transformaciones sociales, como salud mental, mayores, educación, riesgo de exclusión, en ningún caso queremos hacer algo sólo económico. En el fondo nuevo vamos a buscar una rentabilidad en torno al 12-15% anual.

En su experiencia, ¿es más fácil para ustedes levantar financiación ahora que hace una década?

Creo que el hecho de que haya un despertar de consciencia es algo maravilloso, lo persigo hace muchos años, pero es verdad que hay cierta tendencia inevitable a querer hacer lo que hemos hecho siempre y llamarlo impacto. En general, todo el mundo tiene buena intención, pero no se puede hacer lo de siempre, que esto sea una capa más. No estamos yendo en un camino correcto para el cambio climático y las crecientes desigualdades. Hay que cambiar las cosas y cambiar el chip. Tenemos que replantearnos cómo definimos el éxito.

¿En qué sentido afirma que debemos replantearnos la definición de éxito?

Si el éxito sigue siendo sólo un tema de rentabilidad, estamos perdidos. Es un despertar de conciencia, porque lo que nos hace felices no es el dinero, son otras cosas. Y creo que los jóvenes se van a dar más cuenta, no menos.