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Los tonos negros y grises han destacado en un verano marcado por el fuego que se ha saldado con casi 265.000 hectáreas arrasadas y 43 grandes incendios, según las cifras del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO).

Hábitats destruidos, casas inhabitables y animales calcinados han protagonizado muchas de las imágenes que han llenado medios de comunicación, redes sociales e, incluso, conversaciones en WhatsApp. También los vídeos de ciudadanos y personal de emergencias salvando todo tipo de ejemplares, desde perros y gatos hasta corzos.

Ahora que parece que el ruido de las llamas ha callado y ha dado comienzo la temporada de caza con el inicio de la media veda (enfocado en especies menores y aves migratorias como la codorniz o la paloma torcaz antes de su viaje hacia África), las organizaciones ecologistas piden su suspensión.

Una medida que creen necesaria para proteger a las poblaciones que quedan en las zonas afectadas y no interrumpir su recuperación.

Tras un gran incendio forestal, la fauna que sobrevive huye hacia terrenos colindantes no quemados. Algo que puede intensificar la presión de forma importante, especialmente en las zonas que han quedado sin quemar y que funcionan como refugio, explica Mónica Colmena, especialista del programa de Bosques de WWF.

No obstante, no se puede establecer una cifra general porque depende mucho de las especies, la severidad del incendio y de cómo haya quedado configurado el paisaje, agrega. Después de una catástrofe de esta magnitud, no solo cambia la vegetación, se transforma totalmente la disponibilidad de refugio, alimento y agua y, por tanto, la distribución de los animales.

Por eso, Colmena sostiene: "No tiene sentido gestionar la actividad cinegética como si el territorio siguiera en las condiciones anteriores al fuego".

José Jiménez, investigador del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), expone que la mortalidad directa suele ser "relativamente baja" en especies móviles como ungulados (cabras, ciervos, jabalís…), carnívoros y muchas aves, que pueden escapar del frente de llamas.

Por otra parte, puede ser "relevante localmente" en pequeños mamíferos, reptiles, anfibios, invertebrados y especies, que tienen una baja capacidad de dispersión.

"El impacto más importante suele medirse no tanto como ejemplares muertos, sino como cambios en abundancia, ocupación y demografía durante los años posteriores", añade Jiménez.

El investigador del IREC señala que los animales suelen concentrar su actividad en refugios remanentes, vaguadas, manchas de vegetación intacta y perímetros del incendio. Sin embargo, la protección de los ejemplares frente a la caza depende del criterio de cada comunidad autónoma.

Por ejemplo, Castilla y León prohíbe los aprovechamientos cinegéticos y ganaderos en los terrenos incendiados durante cinco años después del fuego, recuerda Colmena, de WWF. No obstante, permite levantarla antes si se acredita técnicamente su compatibilidad con la regeneración del monte, la restauración del hábitat y la supervivencia de la flora y fauna silvestre.

Para la especialista de Bosques de WWF ese segundo principio es especialmente interesante. "Primero se protege y después, con información técnica, se decide si se puede reabrir".

En Andalucía y la Comunidad de Madrid el periodo es de un año y Cataluña no permite la caza durante dos temporadas, como mínimo.

Hasta el momento, la única autonomía que ha emitido una resolución expresamente para limitar esta actividad ha sido la Comunidad de Madrid. La ha prohibido en la Sierra Oeste para esta temporada 2026/27. Sin embargo, es solo para el terreno quemado. Sí se puede cazar en las zonas colindantes a las que no hayan llegado los incendios.

Las aves de media veda

Durante la media veda los objetivos de la caza son la codorniz común, la paloma torcaz, la paloma bravía, córvidos –como la urraca y la corneja– y la tórtola europea.

Jorge Orueta, responsable de especies de SEO/BirdLife, cuenta que es la última la que podría verse más afectada esta temporada tras los incendios, ya que prefiere zonas de mosaico (paisajes mezcla de diferentes tipos de vegetación, cultivos y usos del suelo).

Los incendios, continúa, no son el motivo principal para pedir la no práctica de la media veda. Estas especies vienen acusando un declive de larga duración que las sitúa en niveles muy inferiores a los que tenían hace unas décadas, cuando esta práctica se instauró.

Además, la sequía, cada vez más prolongada en verano, genera situaciones de estrés y vulnerabilidad que hacen que las especies sean más fáciles de cazar. Este fenómeno se conoce como situaciones de fortuna, describe Orueta.

La presión cinegética puede contribuir al declive y, en determinadas circunstancias, a la desaparición local de poblaciones reproductoras de codorniz, si la disponibilidad de refugio y alimento para la especie se reduce significativamente, desgrana. Un riesgo que aumenta con las hectáreas quemadas de este verano.

El portavoz de SEO/Birdlife explica también que las aves que pasan por España en migración evitarán las zonas quemadas, lo que puede ser problemático cuando esas áreas son muy extensas, pero tienen alternativas, dice positivo.

En ese sentido, es muy complicado medir el impacto de ese posible sobreesfuerzo en la temporada siguiente porque aún tienen que terminar la migración y regresar.

Aun así, sí que hay que tener en cuenta que España está todavía al principio de la ruta migratoria que las lleva al sur del Sáhara, "por lo que las pérdidas posteriores pueden ser importantes", advierte Orueta.

Para él, lo que habría que mejorar es la protección de las zonas refugio colindantes a las quemadas que no han ardido, porque limitar la medida únicamente a la parcela quemada puede dejar fuera precisamente los lugares donde se ha concentrado la fauna superviviente.

El plan de esta temporada

Para Colmena, de WWF, el principal error en esta temporada que acaba de arrancar "sería mantener automáticamente los mismos cupos y el mismo modelo de aprovechamiento". El territorio ha cambiado, la superficie útil se ha reducido, los recursos disponibles son diferentes y los animales pueden haberse redistribuido de forma muy importante.

Orueta señala que, para proteger tanto a las especies vulnerables como a las amenazadas por los incendios y la presión cinegética, se debe vetar la caza en las zonas calcinadas y sus alrededores. "La Ley de Montes y las normativas cinegéticas respaldan esta medida para garantizar la regeneración del hábitat".

En los terrenos adyacentes no debería cazarse durante la primera temporada debido al alto estrés de los animales y a las aglomeraciones en estas áreas refugio, agrega el experto. Reabrir la actividad en zonas colindantes exige evaluaciones técnicas previas que analicen el comportamiento de cada especie y modalidad.

Desde WWF defienden que los planes de gestión deben determinar la carga cinegética que puede soportar la vegetación sin comprometer la conservación del recurso a largo plazo. "Después de un gran incendio esa capacidad de carga debe necesariamente volver a calcularse, así como realizar censos de las especies cinegéticas afectadas".

Por otro lado, el tiempo de recuperación de la fauna y la flora varía de una zona a otra, destaca. Depende de la severidad del incendio, la especie, la disponibilidad de refugio y alimento, la conectividad con zonas no quemadas y la capacidad de regeneración del propio ecosistema.

"Lo importante es que la reapertura de la actividad cinegética esté condicionada al seguimiento de indicadores ecológicos y no al paso del tiempo o al inicio de una nueva temporada", argumenta.

La portavoz de WWF sostiene que la restauración debe respetar los tiempos naturales. Un proceso que requiere evaluar daños iniciales y observar durante dos años la regeneración natural antes de reabrir la caza o intervenir intensamente.

Para Jiménez, del IREC, entre los criterios que se deberían evaluar esta la superficie quemada y el porcentaje de hábitat perdido; la severidad del incendio o la superficie refugio disponible dentro y alrededor del perímetro.

El experto también destaca la disponibilidad de alimento y agua, la capacidad de recolonización desde áreas adyacentes y la importancia de la zona para especies amenazadas, entre otros factores. "No se trata solo de prohibir temporalmente la caza, sino de gestionar activamente la recuperación del ecosistema", concluye Colmena.