Hace 36 años que Chernóbil se iluminó con un fuego enrarecido que duró en torno a dos semanas, y que del cielo estuvo lloviendo ceniza. Entre Oriente y Occidente aún había un telón invisible de acero y un muro de hormigón en Berlín. El secretismo y la propaganda eran la norma, y por eso el mundo tardó varios días en enterarse del peor accidente nuclear de la historia.

En aquel momento, los rigores de la Guerra Fría dificultaron conocer la magnitud real del desastre, y durante unos años todo fueron investigaciones oficiales y oficiosas, bailes de cifras, testimonios encontrados y una atmósfera de conspiración y misterio de la que germinaron un sinfín de libros, reportajes y documentales.

Casi cuatro décadas después, el muro, la URSS y la censura han desaparecido, pero todavía sigue en pie la zona de exclusión que se delimitó entonces para evacuar a las poblaciones más cercanas al reactor. Y ese radio de 30 kilómetros —la superficie de Luxemburgo— es una cápsula del tiempo donde el 26 de abril de 1986 todos los relojes quedaron detenidos para siempre.

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Con el paso de los años, la curiosidad y la mitomanía han convertido a Chernóbil en un atractivo reclamo turístico al que cada año acudían –hasta que la invasión rusa comenzó– decenas de miles de visitantes, una cifra que llegó a duplicarse —hasta superar los 120.000 en 2019, tras el estreno de la miniserie basada en el incidente—. Aunque las causas, las consecuencias, y las responsabilidades de la catástrofe están más que analizadas, cuantificadas y depuradas, aún circulan multitud de leyendas y teorías de la conspiración que hacen que la central, y todo lo que la rodea, siga siendo un filón para la industria editorial y del entretenimiento.

1. Ha habido ensayos nucleares peores que Chernóbil

Para clasificar los percances nucleares, el Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA) tiene siete niveles. Debido a los daños personales, los estragos medioambientales y los destrozos materiales que causó, el accidente de Chernóbil —junto al de Fukushima— posee la máxima valoración en esa escala. No obstante, en diversas ocasiones la contaminación provocada por los humanos en ensayos nucleares ha sido mucho mayor.

Se estima que en la explosión del reactor 4 de Chernóbil se liberaron a la atmósfera entre 50 y 200 millones de curios (medida de la radiactividad). Sin embargo, hasta que en los años 60 se firmó el tratado que regulaba las pruebas nucleares, tanto la URSS como Estados Unidos detonaron más de 500 armas atómicas que produjeron miles de millones de curios en emisiones de isótopos radiactivos de larga duración.

Una imagen satelital muestra una vista más cercana del sarcófago en Chernóbil, en medio de la invasión rusa de Ucrania, Ucrania, 10 de marzo de 2022. Imagen satelital ©2022 Maxar Technologies/Handout Reuters

Además, en los inicios de la carrera nuclear, las primeras plantas de plutonio arrojaban sistemáticamente al entorno natural cantidades de desechos radiactivos muy similares a las liberadas en el desastre de la central ucraniana.

2. No hay mutantes en el perímetro del accidente

A pesar de toda esa cantidad de energía nuclear lanzada a la naturaleza, y en contra de lo que muchos teóricos de la conspiración aseguran, en la zona de exclusión de Chernóbil no hay casos de mutaciones de animales o humanos que hayan dado lugar a nuevas especies con capacidades extraordinarias.

Es cierto que la radiación ionizante puede crear anomalías y deformaciones físicas en los organismos vivos. Pero en la inmensa mayoría de los casos lo único que provoca es la inviabilidad de dicho organismo; nada de los tres brazos o las dos cabezas que aparecen en las películas.

Lo que sí se ha observado es que, a pesar de que el suelo y el subsuelo están totalmente contaminados por la radiación, la flora y la fauna se han abierto paso en estos 36 años. Al estar deshabitada, la zona próxima a la central ha experimentado una ostensible regeneración del ecosistema vegetal, y eso ha provocado el asentamiento de muchas especies animales. Con todo, los científicos han observado deformidades en algunas aves y roedores por la exposición prolongada a la radiactividad.

3. En la zona de exclusión sigue viviendo gente

Las evacuaciones masivas convirtieron los municipios del perímetro del incidente en ciudades fantasma que continúan congeladas en el tiempo, tal cual se quedaron esa tarde de abril de 1986. Sin embargo, muchas personas —sobre todo gente mayor y con problemas de movilidad— se negaron a abandonar sus casas o regresaron furtivamente un tiempo después.

Algunos samosely (autoinstalados u okupas) son octogenarios, y tras repetidos intentos por expulsarlos de allí, el Gobierno ucraniano acabó tolerándolos. Así que en estos 36 años, ninguna de esas poblaciones evacuadas ha estado totalmente vacía.

Lciudad de Prípiat, donde residían los trabajadores de Chernóbil, en 2002. Elena Filatova Wikimedia Commons

Además, los trabajos de limpieza, sellado y mantenimiento han continuado realizándose con miles de operarios implicados. De hecho, la propia central nuclear de Chernóbil continuó funcionando durante 14 años más. El reactor número 4 explotó y se incendió desencadenando la catástrofe, pero los números 1, 2 y 3 siguieron activos durante toda la década de los 90, hasta que el último se clausuró en el año 2000. En la propia Chernóbil hay tiendas, e incluso un par de hoteles.

4. No fue un retorcido plan del Gobierno soviético

Uno de los bulos más extendidos es que el accidente fue provocado por el propio Gobierno soviético, y la conspiranoia de internet ha desatado multitud de teorías basadas en esta premisa. Aunque es verdad que la URSS intentó ocultar el suceso, no es cierto que el Gobierno lo provocara.

Por entonces, la URSS estaba desarrollando a las afueras de Prípyat —a cinco kilómetros de Chernóbil—, “el pájaro carpintero ruso”, un potentísimo escudo antimisiles para defenderse de un hipotético ataque de su archienemigo Estados Unidos.

Una de las teorías afirma que aquella infraestructura, además de acarrear unos brutales sobrecostes, no funcionó como se esperaba, por lo que el Gobierno de Gorbachov preparó la explosión en Chernóbil para deshacerse de ella sin que se considerase un fracaso de cara a la propaganda.

Otras versiones del mito van más allá, asegurando que todo formó parte de un plan a largo plazo para que Occidente abandonara la construcción de plantas nucleares y dependiese del petróleo y el gas rusos.

5. Aún hay consecuencias

Oficialmente, tras la explosión del reactor 4 murieron en torno a 30 personas, unas 200.000 fueron evacuadas, y se estima que más de medio millón estuvieron expuestas a la radiación. Los números de víctimas in situ son llamativamente bajos, pero nunca se ha sabido con exactitud cuánta gente murió a causa de cánceres derivados de esa exposición radiactiva, o qué efectos psicológicos ocasionó el miedo a la radiación en las áreas próximas.

A finales de los años 80, el Departamento de Energía de Estados Unidos publicó un informe redactado por un doctor del Instituto de Seguridad Nuclear Kurchatov, en Moscú, que confirma que los casos de cáncer registrados en niños ucranianos menores de 15 años eran superiores a los de países vecinos como Bielorrusia.

En enero de 2016, el Gobierno ucraniano cuantificó en casi dos millones el número de víctimas oficiales de Chernóbil, y paga indemnizaciones a unas 35.000 personas cuyos familiares murieron por problemas de salud relacionados con la radiación de la central. Estas cifras no engloban a Rusia y Bielorrusia, donde no hay un registro público de muertes derivadas del accidente, aunque se estiman en cientos de miles.

Otro informe sobre las consecuencias sanitarias, medioambientales y socioeconómicas de Chernóbil es el realizado entre 2003 y 2006 por varios organismos dependientes de Naciones Unidas, como la Organización Mundial de la Salud, donde se habla de múltiples casos de cáncer, que no sólo aparecieron por la exposición a la radiación, sino también por consumir alimentos cultivados en suelo contaminado. Lo que sí se conoce con mucha más exactitud son los daños económicos: casi 300.000 millones de euros.



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