☀️ El bullir de la vida

Es curiosa y llamativa esta película: “La vida manda”. Más compleja y profunda, y menos convencional, de lo que parece a simple vista. Tal vez extraña, como la vida misma, pero con mucha miga y corazón: una mirada en apariencia sencilla y cotidiana, la vida en su bullir diario dentro de la casa de una familia media cualquiera, pero con un fondo de melancolía sobre el fluir del tiempo y las alegrías y derribos que va provocando en la condición humana. El ciclo de la vida. La gente en su pequeño e indefenso lugar en el mundo y la casa, ese no tan inexpugnable refugio familiar, como centro de todas las cosas y girando todo alrededor. El vivir, el estar, el inaccesible vuelo de los días y la imposibilidad de parar un poco, dar la vuelta y revertir los acontecimientos. La vida pasa y la cadena de los días viene y va, a su capricho, y deja siempre en el aire los aromas de la nostalgia y el vértigo de la urgente precipitación. El tiempo, infinito para un mundo siempre cambiante, pero mortal y rosa y urgente para cada uno de nosotros. Y se nos va, se nos escapa, y nada podemos hacer, extraña circunstancia esencial. El gran director británico David Lean dirige con fina elegancia “La vida manda” en 1944, pero esta película, adelantada a su momento, es intemporal y lleva un aire tan bonito y humano que la hace universal. Un clásico que tiene, además, el toque de ternura e irónica sensibilidad que tan bien manejan los británicos y que, personalmente, tantas veces me resulta conmovedor: un país de jardineros, “nos gusta plantar las cosas y verlas crecer”. Robert Newton y Celia Johnson encabezan un reparto coral en una historia que transcurre en el Reino Unido del periodo de entreguerras, marco cíclico, metafórico y brutal, y que deja un regusto delicioso y a la vez nublado y tormentoso. Un “sí es no es” de tranquila melancolía. Silenciosas nubes chejovianas. La vida, la casa, la gente. Principio y final en círculo. Y mientras, el tiempo pasa.

📰El periódico del siglo XX

Me entusiasma tener este libro maravilloso: “El periódico del siglo. 1903-2003”. Subtitulado: “100 firmas–100 años”, con prólogo de Catalina Luca de Tena. Admirablemente editado, es el libro del centenario del diario ABC, en el que tuve el honor de trabajar muchos años desde la Redacción de Toledo gracias a ese gran periodista de raza, amigo, socio y maestro que es César García Serrano. Me encanta tener este libro y sentirlo. Leer y releer. Hojear y ojear sus páginas. Volver a él de cuando en cuando y entretenerme con sus artículos, que suelen ser piezas cumbre del periodismo literario español del siglo XX, obras mayores en forma de pildorazo periodístico, de ensayo, el pulso de la vida en esas hojas volanderas del tiempo que son los periódicos. Un apasionante repaso a otra época, a otra forma de vida, al periodismo que reflejó los latidos de un siglo, el corazón caliente de otro tiempo. Un lujo total y una edición preciosa de 20.000 ejemplares numerados, el mío con el número 03650, con formidables ilustraciones. Fue un hermosísimo regalo en su momento y ahora un orgullo de mi maltrecha biblioteca y una seductora lectura, espigada y recurrente. Por este periódico del siglo XX desfilan las más grandes firmas de cada momento, Cavia (en la imagen de abajo), Azorín, Camba, Baroja, Ruano, Machado, Buero, Cela, Jardiel Poncela, Cossío, Ramón,Marañón, Sender, Borges... y un rosario casi infinito de escritores y periodistas que dan cuenta de los grandes acontecimientos y movimientos sociales que se van sucediendo en esos cien años. Deslumbrante. El correr de los días contado por los mejores. Periodismo en estado puro. Historia de un siglo y su núcleo vital. El volumen incluye, ya el colmo, nueve ilustraciones fascímiles con las caricaturas de Echegaray, Cavia, Azorín, Camba, Fernández Flórez, Benavente, Juan Ignacio Luca de Tena y Ramón Gómez de la Serna, más una viñeta de Xaudaró y un dibujo conmemorativo del gran Antonio Mingote. Pura emoción. Y que conste: no lo traigo aquí para promover la envidia sana (o no) de nadie, sino por orgullo y dejar constancia. O sea.

🎸El tipo perfecto

Nadie como Joaquín Sabina representa mejor el brillo y la idea, el significado y el estilo de vida del cantautor. Guitarra en mano y luz en la prosa, Sabina lo tiene todo: canciones redondas, letras que son disparos a bocajarro, voz cazallera que el tiempo ha ido dando bronca y caché, acordes ya preciosos nada más empezar a hablar y unas melodías encadenadas a través de los años que, como todo lo bueno en la vida, no hacen más que crecer y romper corazones. Gran Reserva Sabina. Palabras de la calle y el alma que te van surcando por dentro, ora arañazos, ora caricias, y que se quedan contigo ya siempre. Sueños y melancolías, estaciones y vías, rompiendo la vida. Sabina es el tipo perfecto, el yerno ideal que ninguna suegra hubiera querido tener, el trotamundos canalla y vividor, ladrón de versos rotos y luminosos de oscuridades y amores, de noches y ausencias, de viajes en tren buscando a la vida las vueltas, y el sentido y todas las batallas que merezca la pena librar. Un tío como Sabina sólo podía ser del Atleti y llevar dentro la magia de emocionarte treinta o cuarenta años seguidos. Cantar cada vez más roto, como Bob Dylan, y mantener ese irresistible misterio ante el cual no puedes hacer otra cosa que dar otro trago y sentir la ilusión de los sueños como en aquellas primeras veces. Nací a mi primera juventud con Sabina y ahí seguimos girando el mundo a estas canciones que son adorables y que guardo siempre en la humilde cajita perpleja y débil de mi corazón. Un grande: Joaquín Sabina.

Calle Melancolia - Joaquin Sabina en directo

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