Opinión ENTRELÍNEAS

Los sermones de Sánchez

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Hay que tener mucho rostro para repartir certificados de decencia mientras algunos dirigentes del PSOE se convierten en una colección de contradicciones. Pedro Sánchez ha elevado esa práctica a categoría política: predicar virtud, exigir penitencia ajena y, cuando las preguntas llaman a la puerta, esconderse detrás del argumentario.

Montse Mínguez hablaba de los fondos buitre con la solemnidad de quien cree tener la exclusiva de la justicia social. Los especuladores eran el enemigo, la vivienda un derecho y el capitalismo inmobiliario una amenaza para los humildes. Todo muy edificante.

Hasta que las informaciones sobre los negocios inmobiliarios de su pareja colocaron su discurso frente a un espejo incómodo que la obligó a dimitir, posiblemente antes de que la dimitieran.

Porque una cosa es denunciar los abusos del mercado y otra descubrir que la realidad personal puede complicar el sermón público. No hay nada ilegal por definición en tener propiedades.

Lo verdaderamente grotesco es la facilidad con la que algunos convierten sus principios en armas contra los demás y descubren los matices cuando les toca dar explicaciones. José Luis Ábalos también tenía su catecismo particular: "Soy feminista porque soy socialista".

Como si bastara con llevar el carné adecuado para obtener automáticamente el certificado de buena conducta. Después llegaron los mensajes privados conocidos públicamente y aquella superioridad moral empezó a crujir. El feminismo de pancarta tiene una ventaja extraordinaria: queda estupendamente en las fotografías.

El problema llega cuando las palabras privadas contradicen al personaje público. Entonces no hay eslogan que arregle el destrozo. Y qué decir de José Luis Rodríguez Zapatero, capaz de definir el socialismo como "tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho".

Una frase magnífica, digna de un monumento a la generosidad. Lástima que, cuando las informaciones sobre su patrimonio y las investigaciones que le afectan ocupan titulares, la poesía empiece a necesitar explicaciones. No se condena a nadie por una sospecha ni se demuestra una irregularidad con una frase antigua.

Pero quien ha hecho de la superioridad moral su bandera debería comprender que también tiene la obligación de responder sin esconderse detrás de sus propias palabras. Tres dirigentes, tres discursos y una misma pregunta: ¿dónde termina la convicción y dónde empieza el teatro?

El problema del PSOE sanchista no es que sus dirigentes sean humanos, cometan errores o tengan contradicciones. El problema es que llevan demasiado tiempo comportándose como si los errores de los suyos merecieran comprensión y los de los demás exigieran una lapidación pública.

Si el protagonista es del PP, hay que pedir dimisiones, explicaciones y responsabilidades hasta el agotamiento. Si el protagonista es de casa, aparecen los matices, las cautelas, las conspiraciones y la presunción de inocencia, que, por supuesto, debe respetarse siempre, también cuando afecta al adversario.

Y en el centro de este particular retablo está Pedro Sánchez. El jefe de todos ellos. El presidente que ha convertido la supervivencia política en un arte y la coherencia en una cuestión secundaria.

No es responsable automáticamente de cada conducta de quienes le rodean, pero sí de la cultura política que dirige, de los criterios de ejemplaridad que aplica y de la respuesta que ofrece cuando su partido exige a los demás lo que después le cuesta exigirse a sí mismo.

Sánchez no se sonroja. No parece necesitarlo. Cuando una contradicción amenaza con alcanzarle, cambia el escenario, busca otro enemigo y pone en marcha la maquinaria del relato. Si la realidad molesta, se discute la intención de quien la cuenta.

Si las preguntas aprietan, se acusa al mensajero. Y si todo falla, siempre queda la posibilidad de anunciar una nueva batalla moral para que nadie recuerde la anterior. Ese es el gran truco: convertir cada escándalo en una disputa partidista para no hablar del fondo.

No importa si se trata de vivienda, feminismo, patrimonio o ejemplaridad. La cuestión siempre acaba siendo quién denuncia, quién manipula y quién está con quién. El comportamiento concreto queda sepultado bajo toneladas de propaganda.

Pedro Sánchez puede sobrevivir a otra crisis, a otra polémica y a otro titular. Lo que no puede exigir es que los españoles confundan su capacidad para resistir con una prueba de honestidad.