Pedro Sánchez durante un mitin en Ponferrada.
Esta precampaña da miedo. Pedro Sánchez parece estar dispuesto a convertir cada tragedia en un mitin, cada conflicto en una trinchera y cada institución en una pieza de su particular tablero electoral.
Su precampaña no parece diseñada para explicar qué quiere hacer con España, sino para encontrar alguien a quien enfrentarse para seguir tensionando la calle.
La pregunta ya no es qué propone Sánchez. La pregunta es hasta dónde está dispuesto a llegar para seguir siendo presidente.
Empecemos por la Ley de Nietos. ¿Qué sentido tiene que el nieto de un argentino que emigró hace casi un siglo pueda votar en unas elecciones españolas sin haber pisado jamás España, sin residir aquí y sin contribuir fiscalmente a nuestro país? No se trata de negar derechos a quienes legalmente les corresponden ni de borrar la memoria del exilio. Se trata de preguntarse si nuestro sistema electoral responde a criterios coherentes de pertenencia política amplificada de forma interesada por Sánchez.
Parece que nuestro presidente valora más a un argentino cuyo abuelo se exilió a Sudamérica que a un rumano que vive y paga sus impuestos en nuestro país. ¿De verdad no hay un interés pueril?
Sánchez parece empeñado en elevar la tensión política hasta límites preocupantes. Si las encuestas no le ofrecen el horizonte que desea, la tentación de sustituir el balance de gestión por la confrontación resulta evidente. Menos explicaciones y más trincheras. Menos resultados y más enemigos. No hace falta conocer sus intenciones para preguntarse a quién beneficia una política instalada permanentemente en el enfrentamiento.
Ahí está Puigdemont. Sánchez prometió que volvería a España y, efectivamente, el regreso ha acabado siendo una cuestión política de primer orden. Lo que queda por explicar es cómo encaja todo esto con las promesas y líneas rojas que proclamó en su día. De los grilletes que algunos esperaban ver no queda precisamente una imagen memorable. La política española tiene una memoria extraordinaria para las promesas ajenas y una amnesia selectiva para las propias.
Y ahora pretende reeditar su Gobierno progresista. ¿Progresista también el PNV? ¿O es que en el diccionario de Sánchez esa palabra ya no describe una ideología, sino cualquier combinación de partidos que permita conservar La Moncloa? En esta versión de la política, los principios duran exactamente lo que tarda en aparecer el siguiente socio parlamentario.
La vivienda es otro ejemplo. La tragedia de Mari Carmen, una mujer de 87 años cuya muerte tras un proceso de desahucio ha conmocionado a la opinión pública, merece respeto, humanidad y respuestas. No merece convertirse en una propiedad electoral. Sánchez pretende situar ahora su caso en el centro de su discurso después de años en los que la crisis habitacional no ha dejado de agravarse sin que él haya hecho absolutamente nada.
¿Dónde estaba esa urgencia antes? ¿Dónde estaban las soluciones estructurales cuando los jóvenes seguían sin poder emanciparse y las familias soportaban precios disparados? Gobernar consiste en anticiparse a los problemas, no en descubrir la sensibilidad social cuando una tragedia ofrece un argumento de campaña. La memoria de Mari Carmen no debería convertirse en escenografía para la supervivencia política de ningún presidente.
También hay que exigir explicaciones sobre los mensajes difundidos en redes sociales desde Marruecos que, según se denuncia, presentan como un “pecado” votar al PP o a Vox. ¿Quién los impulsa? ¿Con qué alcance? ¿Qué opina el Gobierno de cualquier intento de condicionar el voto mediante presiones ideológicas o religiosas? La libertad electoral debe defenderse siempre, no solamente cuando conviene.
Y las controversias que rodean a la jueza Biedma tampoco deberían quedar sepultadas bajo el ruido político. Las acusaciones deben investigarse, las pruebas examinarse y las responsabilidades exigirse sin excepciones ni juicios anticipados. La transparencia no puede ser selectiva.
Al final, todo conduce a la misma pregunta: ¿qué campaña prepara Sánchez para intentar sostenerse por encima de los cien diputados, si ese suelo es el que finalmente dibujan las encuestas? ¿Una campaña de propuestas y rendición de cuentas o una campaña de agravios, símbolos y enemigos convenientemente seleccionados?
Porque hay una diferencia enorme entre luchar por unas ideas y convertir la permanencia en el poder en la única idea que importa.
Señor Sánchez, España no es una partida de ajedrez en la que los ciudadanos sean peones, las tragedias sirvan para sumar escaños y las contradicciones se resuelvan cambiando el relato. Un país no puede vivir indefinidamente instalado en la crispación, pendiente del siguiente enfrentamiento y sometido a una campaña electoral que parece no terminar nunca.
Usted puede aspirar legítimamente a seguir siendo presidente. Lo que no puede exigir es que los españoles acepten cualquier contradicción y cualquier grado de enfrentamiento como si todo estuviera justificado por ese objetivo.
Porque cuando conservar el poder parece importar más que gobernar, la pregunta ya no es quién ganará las próximas elecciones.
La pregunta es cuánto desgaste más está dispuesto a soportar España para que Pedro Sánchez no tenga que abandonar La Moncloa.