El sábado las calles de Toledo fueron testigo de un concierto de campanas para conmemorar el inicio del año en que se cumplen ocho siglos de la construcción de la Catedral Primada. Aunque el frío era notable, el sonido de los más de veinte templos y torres que se sumaron a la cita diluía la gélida sensación de enero.

Las campanas se escuchaban desde cualquier punto del Casco, dirigidas de forma magistral por Juan José Montero, orfebre y estudioso avezado de las singularidades musicales toledanas. Unas doblaban de forma manual; otras, automática…

Se entremezclaban incluso con la matraca que suele llamar las tardes de Viernes Santo al recinto sagrado para celebrar los santos oficios… Cuarenta minutos de luz en la ya oscura noche toledana, donde se apreciaba y significaba el coro que componían las campanas de la Catedral, que parecían lenguas de Pentecostés en un mismo idioma… De una torre de Babel infinita a la más cerrada oración en idéntico sonido.

La música también sirve para esto… Y la percusión, como una de sus hijas, muy especialmente. Montero vio que la ocasión era magnífica como ya lo fue hace doce años en el inicio del Año Greco. Los jubileos en Toledo se viven con el gozo de las piedras y de los siglos. Ya podemos celebrar el acontecimiento magno que nos alumbra.

La Catedral de Toledo se construyó en honor a Santa María después de la victoria de la batalla de las Navas de Tolosa, ocurrida en 1212. Probablemente, uno de los episodios más decisivos en toda nuestra historia. Pero como ahora nos dedicamos a ocultarla, ignorarla o reescribirla…

El arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, consiguió que todas las tropas provenientes de diferentes puntos de los reinos cristianos confluyeran en este punto de la Península Ibérica. Hasta entonces, la Reconquista había sido una sucesión de batallas que parecían algo semejante al minué… Dos pasos hacia adelante, otro para atrás…

Sin embargo, 1212 supone la inclinación definitiva de la balanza, hacia donde los reinos hispanos querían ir y confluir… Me llama mucho la atención, dentro de la corriente independentista y claramente antiespañola que define desde luego a nuestro nacionalismo periférico, pero también a parte de la izquierda, que se omitan descaradamente los episodios históricos que demuestran de manera obvia la existencia de una nación fuerte, férrea y única a lo largo de los siglos. Es verdad que el concepto moderno no llega hasta los Reyes Católicos, precisamente cuando concluyen la empresa más importante que hasta entonces había tenido nuestro país. Si se llamó Reconquista, fue porque previamente ya existía una realidad original y primigenia, que quedó grabada en el recuerdo de aquellas generaciones mozárabes que resistieron con Pelayo al embate de los musulmanes.

Esa realidad política fue el reino visigodo con capital en Toledo. No fue una guerra de religión; lo fue de civilización, sin la cual hoy probablemente llevaríamos burka o turbante, el Renacimiento no hubiera existido y mucho menos la Ilustración. Los primeros que dieron importancia al éxito culminado en Granada fueron los propios Reyes Católicos, que cambiaron su lugar de enterramiento natural, San Juan de los Reyes, por la catedral del reino nazarí. Si Toro y su monasterio fueron una guerra civil más de Castilla, Granada supuso la culminación de parte de su obra. El resto vendría de América.

Luis Alba decía que Jiménez de Rada fue uno de los grandes purpurados de la iglesia toledana. Consiguió inclinar la balanza hacia nuestro lado, después de cinco siglos de vaivenes políticos escritos durante las oleadas sucesivas que fueron llegando a la Península desde el norte de África. Esa es la importancia de la Catedral de Toledo. Una joya del gótico, sí; pero un monumento a la civilización, también. De ahí que las campanas fueran la melena que arrulla a España.