España aún digiere el impacto de una semana marcada por la tragedia. Graves accidentes ferroviarios, vidas truncadas, familias destrozadas y una sensación de inseguridad impropia de un país avanzado han vuelto a sacudir la conciencia colectiva. A ello se suma una sucesión incesante de escándalos de corrupción familiar, política y económica que no solo afectan al entorno del poder, sino que erosionan de forma directa la confianza en las instituciones. No hablamos de episodios aislados, sino de síntomas de un deterioro profundo del Estado y de una forma de gobernar que ha hecho de la irresponsabilidad y la opacidad una rutina.
En este contexto de fatiga democrática, la figura de Alberto Núñez Feijóo se ha consolidado como el principal referente de una alternativa política basada en el sentido de Estado, la estabilidad y la normalidad institucional que hoy muchos ciudadanos echan de menos.
Feijóo representa una forma de hacer política que parecía olvidada en la escena nacional: la del gobernante que habla menos y gestiona más, que no necesita crispar para liderar ni dividir para mantenerse. Su trayectoria al frente de la Xunta de Galicia —respaldada por cuatro mayorías absolutas consecutivas— no es fruto de la casualidad, sino de una gestión reconocida incluso por sus adversarios, basada en la moderación, la solvencia económica y el respeto institucional.
El contraste con Pedro Sánchez resulta cada día más evidente. Mientras el actual presidente ha construido su poder sobre una suma inestable de cesiones, pactos opacos y rectificaciones constantes, Feijóo ha hecho de la coherencia y la previsibilidad su principal seña de identidad. Donde Sánchez ha normalizado la excepción —desde el uso partidista de las instituciones hasta la colonización de organismos independientes—, Feijóo propone una vuelta a las reglas, a la separación de poderes y al respeto escrupuloso de la legalidad.
España no necesita hoy grandes gestos ni relatos épicos fabricados desde el marketing político. Necesita certezas. Necesita un Estado que garantice la seguridad de los ciudadanos, que invierta con rigor en infraestructuras críticas y que asuma responsabilidades cuando falla. Necesita una economía centrada en la clase media, en los autónomos y en las empresas que crean empleo, no en la propaganda ni en la recaudación desmedida.
Feijóo ha entendido que el liderazgo no consiste en ocupar titulares, sino en generar confianza. No promete soluciones mágicas ni apela al miedo como herramienta política. Ofrece algo mucho más valioso en el actual clima de desafección: normalidad, rigor y una idea clara de país. Su discurso no gira en torno al adversario, sino en torno a España; no se construye desde la confrontación permanente, sino desde la convicción de que la política debe volver a ser una herramienta al servicio de los ciudadanos.
El creciente apoyo social que recibe no responde a una moda ni a un impulso coyuntural. Es la consecuencia lógica de una ciudadanía cansada de tragedias mal explicadas, de escándalos mal gestionados y de un Gobierno que ha convertido la resistencia en programa político. Frente a ese agotamiento, Feijóo aparece como un dirigente preparado, previsible y profundamente institucional.
Cuando los países atraviesan etapas de confusión, buscan estadistas, no supervivientes del poder. Y hoy, para una mayoría creciente de españoles, Alberto Núñez Feijóo encarna esa figura: la de un gobernante capaz de devolver a la política española el prestigio perdido y de liderar una nueva etapa basada en la verdad, la responsabilidad y el interés general.
No se trata solo de un cambio de Gobierno. Se trata de recuperar el Estado, la seguridad, la credibilidad y la confianza. Y en ese horizonte, Feijóo ya no es únicamente una alternativa: es el contrapunto necesario a una etapa que España quiere dejar atrás.
