– “¡Que me voy a Kiev solo!”

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– “¿Cómo?”

– “Que sí, mamá, que me voy a Kiev”

– “¡Vale, pues me voy contigo. Solo no vas!”

Y se acabó. Si lo dice una madre va a misa. Quién se iba a negar. “¡Pues allá vamos!”, se dijo Miguel. Fue al garaje, desempolvó el Renault 4 de 1982 y se puso al volante. La misma rutina de siempre. No era la primera vez. Ya viajó con el mismo coche a Lisboa para ver la final entre el Real Madrid y el Atlético, a Milán para repetir cartel –y victoria– y a Cardiff para celebrar la Duodécima contra la Juventus. ¿Y este año? Más de lo mismo. Eso sí, con una diferencia: iba solo. No había nadie más. Hasta que apareció su madre, Fina, a sus 70 años, y se apuntó. “Le va la marcha”, espeta su hijo. Y, sobre todo, el blanco. “¡Cómo no te voy a querer!”, que entona el himno. Pues eso.

El Madrid es lo primero. Miguel lo tiene claro. “Y el coche es talismán”. Por eso, no se lo pensó. El sábado por la mañana buscó las llaves, abrió la puerta y se montó en el Renault 4 en Murcia. A las 13:00 horas estaba en Madrid, en casa de Fina. “¡Baja, mamá, que te tienen que echar una foto para el periódico!”. Y allá que va. Sonríe desde el balcón, se enfunda la camiseta –con la leyenda de la ‘jefa’ a la espalda– y se coloca al lado del Renault 4. “Si a veces no puedo ir ni a la iglesia (a escasos 200 metros) y ahora nos vamos a Kiev”, explica, asombrada. Da igual. En la cara, ilusión. Su rostro no admite dudas. Quiere ganar una Champions. ¡La Decimotercera nada más y nada menos!

“¡Venga, que comemos y nos vamos!”. A las 16:00 horas del sábado, Miguel y su madre de 70 años partieron con dirección Kiev. Por delante, 4.000 kilómetros y una semana de viaje (8.000 en total y 15 días si se cuenta la vuelta). Varios países por recorrer (Francia, Alemania, República Checa, Polonia y Ucrania). Mucho tiempo al volante, “el problema del idioma” y las dudas de siempre. “Vas y sabes que te pueden pasar mil cosas. Asumes que se puede fastidiar el coche o lo que sea. Improvisamos y así nos va. Pero, de momento, siempre hemos llegado”, explica Miguel, ya acostumbrado a palizas año tras año. Siempre, por culpa del Madrid. ¡Y bendito sea!

Miguel y su madre posan para EL ESPAÑOL Foto:Carmen Suárez/EL ESPAÑOL

“No entiendo cómo todavía hay gente que no es del Madrid. Es como renunciar voluntariamente a la felicidad”. Así lo describía Manuel Jabois y así lo asume Miguel. Él, en realidad, no recuerda casi ningún mal momento. Estuvo en Ámsterdam cuando ganaron La Séptima, en París para ver La Octava de cerca y en Glasgow para contemplar la volea de todos los tiempos. Pero entonces Zidane se vestía de corto y él viajaba en avión. Lo del Renault 4 es más reciente, surge en 2014. “Estábamos en un bar –lugar de peregrinación de las grandes ideas– y dijimos: ‘Si conseguimos entradas, nos vamos a Lisboa en el coche’. Dicho y hecho”. Así lo hicieron.

Pero aquello no era una proeza. Lisboa, al fin y al cabo, está a 900 kilómetros de Murcia. El Renault 4 podía hacerlo, estaba preparado. “Fue la más emocionante”, reconoce. El Madrid había ganado La Novena en 2002 y llevaba 12 años esperando el orgasmo de La Décima. Y lo consiguió. Con aquel coche aparcado y ellos dentro del estadio, Sergio Ramos inauguró en el minuto 93 –con la correspondiente sentencia del equipo de Ancelotti en la prórroga– una tradición que hoy todavía se mantiene. Pero aquel momento irrepetible tendría un segundo capítulo dos años después.

Fina mira por la ventanilla del Renault 4. Foto:Carmen Suárez/EL ESPAÑOL

Llegó 2016 y se repitió la escena. “¿Vamos o no vamos?”. La pregunta volvió a surgir. Y Miguel volvió a ofrecer su coche. O, mejor dicho, el de su tío Blas. “Antes de morirse me dijo que me lo iba a dejar en herencia. Él era muy madridista, un fanático total. Y yo, bueno, también lo soy de toda la vida”. Así que, había que volver a hacerlo. Cogió el coche y puso rumbo a Milán junto a amigos de Murcia. “El viaje fue increíble. ¡Parecíamos los Rolling Stones! La gente nos pitaba cuando veía que éramos de Murcia, nos saludaban y se paraban para echarse fotos con el coche”.

Y, de nuevo, ganaron. Pusieron la chincheta en Lisboa (900 kilómetros), en Milán (1.600) y decidieron buscar la gloria en Cardiff (2.400). “Entonces hicimos el recorrido como Pulgarcito, tirando gotitas de aceite. Me explico. El coche perdía un poquito de aceite y teníamos que parar, mirar los niveles y echar más para no tener problemas”. Pero funcionó. El coche resistió. Miguel y Pepe –su acompañante en aquel viaje– vieron al Madrid ganar La Duodécima. El coche, de nuevo, hacía de talismán. La flor de Zidane, en realidad, había sido el Renault 4.

Pero Cardiff parecía el último viaje de aquel coche. Hasta que, de nuevo, el Madrid hizo lo imposible. Dejó en la cuneta a PSG, Juventus y Bayern Múnich. Se metió en la final. Y, entonces, Miguel volvió a hacerse la pregunta: “¿Vamos?”. Y la respuesta fue afirmativa. Su hermano acudirá tras ver al Madrid de baloncesto ganar La Décima en Belgrado y él –que ahora anda en pleno recorrido– lo hará junto a su madre. Con mucho miedo –“por las carreteras ucranianas”– , pero con la misma ilusión de siempre. Su madre bien lo merece: 70 años, madridista y ‘jefa’. O, mejor dicho, la ‘jefa’. La única que a su edad estará en Kiev. Allí, Zidane y los suyos pueden volver a hacer historia. Y Fina, obviamente, también escribirá la suya junto al Madrid y sin nada que envidiar. Desde Murcia a Kiev, ¡una proeza para contar o incluso para hacer un saque de honor en el Santiago Bernabéu! El viaje bien lo merece.

Miguel y su madre posan para EL ESPAÑOL Foto:Carmen Suárez/EL ESPAÑOL