Sabemos la fecha exacta. El 30 de abril de 1726 una representación de la Real Academia Española, fundada solo trece años atrás, se dirigió a Palacio (todavía el viejo alcázar, que ocho años después iba a devorar el fuego). La comitiva la encabezaba el director de la corporación, que no era ya don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, el promotor y fundador –fallecido el año precedente–, sino su hijo, don Mercurio López Pacheco, que había heredado el marquesado y el cargo.
La audiencia regia estaba más que justificada. Los académicos iban a presentar al monarca y a la familia real el tomo primero (abarcador de las letras A y B) de su gran obra inaugural, el Diccionario de la lengua castellana que con el tiempo sería conocido con un título postizo plenamente justificado, el de Diccionario de autoridades.
Son tales la extraordinaria riqueza y modernidad de la obra, tan compleja hubo de ser su elaboración, que uno no se cansa de admirar el que aquellos esforzados académicos fundadores fueran capaces, en solo trece años, de culminar la impresión de las 723 páginas del soberbio tomo (más otras 96 de preliminares). Y más aún que culminaran la empresa solo otros trece años después llegando a la Z con el tomo sexto y último (1739).
El modelo fundacional de nuestra Academia fue su homóloga francesa, por más que en el terreno lexicográfico –la corporación nació con un designio obsesivo: hacer el gran diccionario de que nuestra lengua aún carecía– se prefiriera seguir la pauta que marcaba el Vocabolario de la "Accademia della Crusca" florentina; la de un diccionario apoyado en la cita de textos (pues no sino eso, textos, son las "autoridades" del nombre).
No cabe aquí dar más detalles: lo esencial es que dos palabras, proeza y milagro, vienen una y otra vez a la mente cuando se trata de caracterizar lo que aquellos beneméritos varones hicieron. Y no se olvide que, para bien o para mal, los seis tomos de Autoridades son base fundante de todas las ediciones –ya en un volumen– del diccionario académico, hasta la actual.
Son tales la riqueza y modernidad del Diccionario de Autoridades que uno no se cansa de admirar el esfuerzo de aquellos académicos fundadores
Pero dejemos atrás 1726 y avancemos doscientos años adelante en el tiempo, hasta 1926, hace ahora un siglo justo. En ese año ve la luz un libro que no es solo una de las obras maestras de su autor, sino el tratado también fundante, inaugural, de una nueva disciplina que desbordaba los límites de la vieja Gramática histórica: la Historia de la lengua. Hablo, naturalmente, de Orígenes del español. Estado lingüístico de la Península Ibérica hasta el siglo XI, de Ramón Menéndez Pidal.
Con ese libro –que tuvo una segunda edición en 1929 y una tercera muy ampliada en 1950– nacía una disciplina integradora atenta al desenvolvimiento del idioma en el eje temporal o histórico tanto como en el del espacio, el dialectal. A juicio de Yakov Malkiel, con Orígenes del español la filología hispánica se ponía por delante del nivel alcanzado en esas fechas por la francesa o la italiana.
Lo que no obsta, naturalmente, para que un siglo después parte de los planteamientos pidalinos hayan sido cuestionados y superados. Remito al discurso de ingreso en la Academia de Inés Fernández-Ordóñez.
Menéndez Pidal había previsto un segundo volumen que contendría el glosario de las voces empleadas en los documentos estudiados. Encargado a Rafael Lapesa y Constantino García, solo en 2003 llegó a ver la luz una "versión primera" de dicho glosario, ensanchado a otras fuentes y al cuidado de Manuel Seco. Su título, Léxico hispánico primitivo (siglos VIII al XII).