Basta echar un vistazo al diccionario para percatarse de que un número muy elevado de las palabras que en él constan –acaso la mayoría– tienen más de un significado.
Por lo general el hablante percibe las conexiones que hay entre esos significados. No encuentra grandes dificultades a la hora de explicarse, por ejemplo, que la primera acepción de mano, "parte del cuerpo humano unida a la extremidad del antebrazo y que comprende desde la muñeca inclusive hasta la punta de los dedos", haya dado pie (y no es broma) a otras como "en los animales cuadrúpedos, cualquiera de los dos pies delanteros"; o "instrumento de madera, hierro u otra materia que sirve para machacar, moler o desmenuzar una cosa".
Pero veamos ahora un caso distinto. El hablante medio conoce de sobra la hoz de segar y probablemente también haya oído o leído que la ciudad de Cuenca (la española) se alza entre la hoz del Júcar y la hoz del Huécar. Pues bien, si consulta el diccionario se encontrará con que hay no un solo artículo hoz, sino dos; cuyos encabezamientos, puesto que de algún modo han de distinguirse, llevan un 1 y un 2 voladitos.
¿Por qué esos dos significados no van juntos, en un único artículo? La respuesta está en las etimologías. La del primero (hoz 'instrumento para segar') es el latín falcem; la del segundo (hoz 'angostura que forma un río'), el latín faucem. Y ocurre que la evolución fonética de esas dos formas las ha conducido hasta dos resultados exactamente iguales; es decir –este es el punto clave–, no a la palabra hoz, sino a dos palabras que, por pura casualidad, son entre sí idénticas.
El fenómeno que se da en la palabra mano y tantísimas otras se llama "polisemia", y "polisémicas" tales voces. El nombre técnico del otro es "homonimia", y "homónimos" (o "palabras homónimas") el de los vocablos concernidos.
El rechazo en español de la 's' líquida ha provocado la homonimia de nuestra 'escatología' y nuestro 'escatológico'. No lo lamentemos
Todo esto era preliminar necesario para llegar al caso que me interesa. Es obvio que la probabilidad de que se produzca una homonimia es más alta en tratándose de significantes cortos (como hoz, de solo tres letras) que cuando son más extensos.
De ahí que sea tan curioso el caso de escatología. Pues también hay, como dos hoces, dos escatologías en sendas entradas contiguas del diccionario, y cada una, igualmente, con su 1 y su 2 voladitos. Una significa "conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba". La otra, "uso de expresiones, imágenes y temas soeces relacionados con los excrementos". La misma duplicidad se da, claro, en escatológico.
¿Podría haber relación entre ambos significados? Cabría la tentación de fantasear evocando imágenes de la tabla derecha de El jardín de las delicias del Bosco, que representa el infierno: un monstruoso ser engulle cuerpos de condenados y los defeca en un pozo donde, al tiempo, un individuo acuclillado hace de vientre.
Pero no hay tal: preferible es refrenar fantasiosas asociaciones. Pues, como en el caso de hoz, la etimología lo explica todo. La primera escatología ('creencias relativas al trasmundo') contiene la raíz griega éschatos 'último', y la de la segunda, la escatología que hace referencia a lo excrementicio, contiene otra asimismo griega, skatós 'excremento'. Por eso las palabras francesa e inglesa para una son eschatologie, eschatology y para la otra scatologie, scatology.
El rechazo en español de la llamada s líquida (la que va en posición inicial de palabra y seguida de consonante) y la mayor sencillez de nuestra ortografía han provocado la homonimia de nuestra escatología y nuestro escatológico. No lo lamentemos. Para mí que salimos gananciosos.