En el artículo inmediatamente anterior a este citaba yo, entrecomillada, una breve frase de un texto del siglo XVIII, perteneciente ni más ni menos que a las páginas preliminares del primer diccionario de la Academia. En dicho texto salía la palabra "empressa", que se escribía entonces así, con s doble, aunque se pronunciaba exactamente igual que hoy. Decidí dejar el vocablo con esa grafía antigua, porque no suponía ningún obstáculo para el lector y confería al pequeño fragmento cierto 'sabor' de época.
La cita literal hablaba de "tomar por empressa y sello proprio un crisol al fuego". E igual que solicité que no se alterara la ss del nombre dicho, decidí mantener también el adjetivo "proprio", con esas sus sendas eres en cada sílaba.
Ahora bien, a diferencia de lo concerniente a "empressa", en este otro caso no estamos ante una cuestión meramente gráfica, sino ante un problema que va un poco más allá. Intentaré explicarlo.
En latín el adjetivo era proprius, propria, proprium. Y sus equivalentes en la mayoría de las lenguas románicas se atienen a esa forma, conservan las dos eres: francés propre, italiano proprio, portugués próprio, rumano propriu. En español, en cambio, la segunda ha desaparecido: propio; también en catalán (propi) y en gallego (propio), seguramente por contagio o influjo castellano.
El fenómeno que se produce en nuestra lengua se llama "disimilación" (palabreja que el lector hará muy bien en no retener, pues es natural que le importe un comino el nombre del tal fenómeno; pero yo aquí la necesito). Una suerte de incompatibilidad o rechazo entre las dos eres hace que una de ellas desaparezca.
La mayoría de las lenguas románicas conserva las dos eres del latín 'proprius'; en español la segunda ha desaparecido
Pero en español, conviviendo con propio, también existió proprio. ¿Hasta cuándo? Como no podemos oír lo que se decía, sino solo leer lo que se escribía, responder esta pregunta se hace prácticamente imposible. Aunque en nuestra lengua la correspondencia entre lo dicho y lo escrito es muy alta, estamos ante un caso que puede resultar engañoso: es bien probable que por resabio latinizante, por saber que en latín llevaba dos eres, se escribiera "proprio" aunque al leerlo no se pronunciara la segunda ere.
La cosa se complica si atendemos a la familia: junto a proprio existieron, naturalmente, propriedad, proprietario, apropriarse, apropriado, apropriación, improprio… Hoy nos parecen trabalenguas.
No es un caso único el de proprio / propio. Idéntico es el de oprobio, en latín opprobrium; de nuevo una voz con dos sílabas contiguas que tienen sendas eres agrupadas con una consonante; es como si a los hispanohablantes se nos atascase ahí la lengua –el órgano alojado en la boca, digo– y decidiéramos simplificar, mandando al cuerno al latín clásico. Pero si nos encontramos la forma oprobrio en textos españoles antiguos debemos respetarla tal cual, pues obedece al latinismo incólume, inalterado.
Otro ejemplo de disimilación de eres lo tenemos en la forma vulgar pograma en vez de programa.
Vuelvo a nuestro adjetivo. Tanto la forma disimilada, propio, como la que no lo está, proprio, se documentan desde los más antiguos textos romances. Pero la segunda y latinizante, proprio (así escrita; insisto: se pronunciaran o no las dos eres), prácticamente desaparece con el siglo XVIII.
Curiosamente, el Diccionario de autoridades había recogido solo proprio, como si propio no existiera (y no solo existía, seguramente hasta dominaba en el uso). A partir de 1780 la Academia cambió por completo: recogió propio no ya como forma consolidada, sino prácticamente única. Y cuando rescató proprio fue para darla como “anticuada”.
Apostilla final: nadie nos obliga a usar la locución latina motu proprio (= 'voluntariamente'). Pero si lo hacemos ha de ser respetando esa su forma plena y genuina. Decir o escribir "motu propio" es disparatado, como lo es añadir por delante una preposición de que, yendo la locución en ablativo, sobra por completo. Con el latín no se juega.