Bastantes artículos de los que escribo para esta revista están dedicados a una sola palabra: a comentarla, a explicarla, a esbozar su historia. Y en esos casos el título del artículo suele consistir en la escueta mención de la palabra de que se trate.

No es ese exactamente el caso del que el amable lector tiene ahora delante. No está dedicado a la palabra fija, que al pronto le habrá extrañado. No voy a hablar de un sustantivo fija (que por cierto existe), ni de la forma femenina del adjetivo fijo. Tampoco, en rigor, de la tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo fijar.

O en cierto modo sí. Pues querría explicar brevemente el alcance que tiene la presencia de tal forma verbal en el conocidísimo lema (o mote) de la Real Academia Española.

En la “Historia” de ella que está al frente del tomo I (1726) del Diccionario de autoridades se nos dice que los académicos resolvieron “tomar por empressa y sello proprio un crisol al fuego con este mote: Limpia, fija y da esplendor”.

Tomado en su literalidad, el lema produce hoy, como mínimo, alguna sonrisa. Muchos recordarán que la Academia de la Publicidad se sirvió de él en un divertido spot –con una genial Cristina Gallego– hecho para felicitar a la RAE por su centenario.

Hay, por ello, que contextualizarlo. No es el eslogan de un producto de limpieza. Nació la Academia al calor de una concepción que hoy sabemos superada: la de que era preciso “fijar la lengua” por haber esta llegado a “su última perfección” en el siglo precedente. En tales términos se expresan los fundadores en los preliminares del primer diccionario académico. La palabra pureza se emplea en ellos hasta quince veces.

En los del diccionario actual se buscará en vano esa misma palabra. No hay pureza que valga, sabemos hoy, asombrados –muy al contrario que aquellos beneméritos fundadores– ante la gozosa impureza del idioma, de este latín corrompido e infiltrado que hablamos. Las lenguas cambian, están cambiando de continuo, no alcanzan estados de perfección (ni de lo contrario). Imposible fijarlas.

Ya que no la gramática o el vocabulario, ¿hay algo que la Academia pueda y deba fijar? Sí lo hay: la ortografía

Ahora bien, lo prodigioso del Diccionario de autoridades es que sus artífices, desentendiéndose de aquellos principios, ganados insensiblemente por la pasión de describir frente al prurito de prescribir, dieron a luz no solo un diccionario mucho mejor y más moderno que los de las Academias francesa y de la Crusca, sino un monumento que ni la propia corporación, tres siglos después, ha igualado.

Estas afirmaciones pueden suscitar incredulidad, y lamento no disponer de espacio para fundamentarlas. Pues quiero volver al dichoso lema, al manoseado Limpia, fija y da esplendor. Ya se ve que el limpiar ha periclitado sin remedio. El esplendor –¿alguien sabe lo que eso exactamente es?– se lo dan, en todo caso, a la lengua quienes más brillantemente la usan, sean o no académicos, por supuesto.

Nos queda el otro verbo. Ya que no la gramática o el vocabulario, ¿hay algo que la Academia pueda y deba fijar? Sí lo hay: la ortografía. La Academia, que acometió en el siglo XVIII un sensato y exitoso proceso de fijación ortográfica, ha alcanzado hoy, en colaboración con las Academias americanas, una unidad en ese terreno que es casi milagrosa. De ahí que a mi juicio lo más recomendable sería no tocar ya nada más.

En cuanto a la gramática y el léxico, si no fijarse, desde luego que pueden describirse y explicarse, como hace la Academia por medio de su gramática y su diccionario. Pero cabe también orientar a los hablantes en el uso, algo que igualmente lleva a cabo –y aun más que antaño–, esta vez con el valiosísimo Diccionario panhispánico de dudas –hace poco muy ampliado y actualizado– y la incesante atención diaria de centenares de consultas.