No es casualidad que los libros de Clara Sánchez se hayan traducido a los principales idiomas del mundo. No es casualidad que ganara el premio Nadal. No es casualidad que venciera en el premio Planeta. No es casualidad que le adjudicaran en Italia el premio Roma a El cielo ha vuelto como la mejor novela extranjera. Ni que la Real Academia Española la consagrara, eligiéndola académica de número para ocupar el sillón X.
He leído de un tirón su último libro, Lo inexplicable (Planeta). Admirable la construcción literaria de esta novela, robustecida por unos diálogos certeros, una escritura traslúcida, el pensamiento profundo sobre la vida, la muerte, la espiritualidad, la reencarnación, la transmigración de las almas. La palabra de Clara Sánchez tiene algo de pan recién horneado.
“Rafael –escribe– no era solo un niño de nueve meses, era un niño con otro ser en la cabeza capaz de encenderle y apagarle un destello rabioso en la mirada”. Alicia, su niñera, no entiende el tirón del niño hacia el número 39 de la calle Velázquez. “Diría que es un niño diferente porque tiene mucho en qué pensar”.
Desde que estuvo a su lado, Alicia empezó a simpatizar “con los abducidos por extraterrestres, a quienes nadie creía. Con los viajeros del tiempo, a quienes nadie creía. Con los alquimistas. Con la telepatía y con quienes mueven objetos con la mente…”. Rafael era un niño “con un chico de quince años dentro” que por añadidura vivía entre las tensiones de la separación cérvida entre sus padres Lira y Leonardo.
La autora toma a la lectora, al lector, de la mano y los instala, tras la incierta penumbra del más allá, en la muerte del adolescente Hugo, que afirma: “…no me parece que estar muerto me haga más inteligente, ni más sabio, ni más perspicaz. Me hace más perfeccionista”. Y añade: “De la vida puede escaparse con la muerte. De la muerte es imposible escapar”.
El último libro de Clara Sánchez es una extraordinaria novela, que se esfuerza por explicar lo inexplicable
Clara Sánchez maneja la analepsis con maestría. El viento de ayer se aborrasca en su escritura. El lector entiende que el alma de Hugo ha transmigrado hasta Rafael y se ha instalado en el niño que “es como si fuese el propio Hugo”. La autora no sabe “si la reencarnación consiste en la resurrección en otra persona”. Pero se esfuerza por explicar lo inexplicable.
“Debíamos empezar a pensar que, si Hugo se había reencarnado en Rafael, era porque le sucedió algo más que un accidente y, en cuanto lo descubriésemos, se quedaría en paz, abandonaría a Rafael y Rafael se convertiría en un niño normal”.
La verdad, según la autora, nunca llega a ser verdad del todo. Desde que nació, Rafael está tratando de encontrar respuestas de forma desesperada. Y para la autora se hace inevitable el retorno a la religión. “…el cristianismo con la resurrección y la potencia de la fe; el budismo, el hinduismo, el taoísmo, el jainismo y un puñado de confesiones africanas y americanas con la reencarnación…”.
La fe consiste en creer que algo es verdad, aunque no pueda probarse. Y ella sabía quién era realmente Rafael. “Somos fruto de conexiones ancestrales –escribe Clara Sánchez–, de conexiones misteriosas, quizá sin ninguna base científica, pero sí literaria. La ficción solo observa los límites que ella misma impone”.
Extraordinaria novela, que se esfuerza por explicar lo inexplicable. La experiencia que tuve yo, hace más de sesenta años, con un grupo del vedanka sankárico en Bombai y en Goa me acercó al entendimiento de la transmigración de las almas. Más tarde, en Calcuta, escuché a Das Gupta, el gran filósofo hindú que daba un curso en la Universidad Rabindranath Tagore, nemine discrepante.
Dijo, en resumen: “Durante mucho tiempo no creí en los milagros cristianos. Hasta que leí L’home cet inconnu, el libro del científico ateo Alexis Carrel, de profesión médico, destinado en Lourdes, que afirma: “Sigo siendo ateo, pero he asistido a curaciones que científicamente no se pueden explicar”.
Afirmaba Das Gupta: “No pierdo la esperanza de que los teólogos cristianos acepten algún día la inexplicabilidad científica de la transmigración de las almas que forma parte de las creencias hindúes”.
Recuerdo a veces la larga conversación que mantuve con la Reina Federica en Madrás. Creía que había vivido en otra vida con el gran amor de su existencia, el Rey Pablo de Grecia.