A los doce años me convertí, durante un breve período de tiempo, en inventor. Comencé a contarle a quien tuviera la paciencia de escucharme que estaba construyendo una máquina de movimiento perpetuo. Mi boceto, lo recuerdo bien, estaba basado en un complejo sistema de imanes, poleas que subían y bajaban y cápsulas de llenado de agua que nunca pasaron de ser eso: un garabato.
No fue una época larga ni tampoco memorable. Pasó como una fiebre, como pasaban las sucesivas obsesiones que me visitaban cada tanto de niño. Supongo que no hace falta aclarar que nunca fui capaz de construir ese motor automotriz, que habría sido el invento más provechoso de la historia de la humanidad.
Nadie puede y nadie podrá nunca. Durante siglos, todo tipo de inventores y farsantes reclamaron estar a punto de conseguirlo, sin resultado. Hizo falta la enunciación de las leyes de la termodinámica para convencernos de que un móvil perpetuo jamás existirá fuera de nuestras fantasías.
No es concebible un motor capaz de producir energía para siempre, sin ningún combustible externo. Pertenece a la bellísima clase de objetos perfectamente razonables en nuestra imaginación pero imposibles en la práctica, como la fórmula para cuadrar el círculo o como un gobierno que proporcione bienestar a todos sus ciudadanos. Los ateos podemos incluir en esta categoría de objetos también a Dios: ese sueño que muchos filósofos llamaron motor inmóvil.
Hoy, mientras hacía scroll en mi cuenta de Instagram, me acordé de ese sueño de infancia. Por casualidad fui a parar a la cuenta de un hombre que afirmaba haber construido un móvil perpetuo, ante el asombro de unos pocos followers –los gobiernos nunca dejarán que tu invento vea la luz, respondían los más crédulos; lo más difícil de construir una máquina de movimiento perpetuo es dónde esconder la batería, respondían otros muchos, irónicos–.
Escribir un clásico podría parecerse a eso: dedicar el esfuerzo de un único ser humano para crear un motor capaz de producir en los lectores infinitos efectos
De pronto, sumergido en ese pozo de oscurantismo medieval que a veces es o puede ser internet, me acordé de mis propios bocetos. Y de pronto me dio por pensar que he acabado consagrándome de adulto a lo mismo que soñaba de niño, porque qué es escribir una obra de arte sino construir una máquina de movimiento perpetuo.
Pienso en el poder de las palabras. En lo poco que cuesta producirlas, al menos en términos puramente mecánicos, y en los efectos abrumadores que pueden tener en quienes las escuchan. Escribir un clásico podría parecerse a eso: dedicar el esfuerzo –finito– de un único ser humano para crear un motor capaz de producir en los lectores infinitos efectos.
Me pregunto cuántas calorías consumidas, cuántas horas del trabajo de Cervantes fueron necesarias para construir El Quijote, y cuántos millones de conciencias fueron removidas y transformadas por su lectura. Cervantes necesitó solo una pequeña parte de su vida para escribir su obra, pero necesitaría miles de vidas al completo para valorar todos los pensamientos producidos en los lectores presentes y venideros.
De modo que una obra de arte podría considerarse el único objeto capaz de lograr en la práctica lo que la ciencia solo puede permitirse en sus fantasías: un motor de eficiencia superior al 100%. Una máquina cuya producción energética podría considerarse virtualmente infinita, sin resistencias ni rozamientos, siglos después de que su creador la pusiera en marcha.
Así que supongo que el sueño de todo creador es después de todo el mismo que concebí una vez a los doce años: ser algún día capaces de crear una máquina de movimiento perpetuo.