Hace más de una década se desató una agria polémica cuando el Diccionario Biográfico Español negó a Franco los apelativos de dictador y fascista. Creo que no debería haber ninguna duda de que fue lo primero; más cuestionable es su vinculación con el fascismo. Liderar un gobierno ultranacionalista y criminal, como está probado que hizo Franco, no te convierte forzosamente en fascista: y si bien es posible detectar numerosos guiños entre el franquismo y el fascismo, también existen no pocas diferencias.
Hitler o Mussolini fueron, en un sentido genuino, auténticos revolucionarios: aspiraron a transformar por completo la sociedad y a unirla en un nuevo credo. Procedían de partidos políticos con ideas agresivas y excluyentes que los llevaron una y otra vez a la represión y al crimen. Franco perpetró crímenes de idéntica inmoralidad por razones diferentes: fue un conservador antes que un revolucionario, un superviviente antes que un ideólogo y un militar antes que un político.
Allá donde Hitler, y en menor medida Mussolini, tropezaron en constantes conflictos con la Iglesia, el franquismo mantuvo con ella casi siempre excelentes relaciones. Franco no se proponía ser un nuevo Dios: se conformaba con su papel de Caudillo, de mano ejecutora de Dios en la tierra.
Hitler, en cambio, fundó una nueva moralidad y casi una nueva religión, sostenida a través de rituales paganos, como el desfile de las antorchas de Nuremberg. Esta diferencia no pasó inadvertida a los propios nazis. Himmler visitó España en 1940, y hay quien le atribuye una frase reveladora: “En España todos son católicos, pero nadie cree; en Alemania nadie es católico, pero todos creen”.
Me vienen a la cabeza estas reflexiones en las últimas semanas, cuando hemos visto lo que parecía imposible: Trump rezando en el Despacho Oval mientras insulta gravemente al Papa, o Santiago Abascal acusando a los obispos españoles de extremistas por oponerse a su plan de prioridad nacional.
Quizás es el momento de reconocer que el Partido Republicano no es tan conservador como parecía. Es, a su modo, revolucionario
El Mundo Today, el periódico que mejor capta la temperatura política, lo ha resumido con ingenio: “‘El Papa debería dejar de complacer a la izquierda radical’, dice Trump refiriéndose a la relación del Pontífice con Jesucristo”.
En los últimos días incluso ha llegado a circular una imagen en la que Trump se ha hecho representar como un nuevo Jesucristo. Quizás es el momento de reconocer que el Partido Republicano no es tan conservador como parecía. Es, a su modo, revolucionario: no aspira a recuperar los viejos tiempos, sino a construir un mundo con reglas nuevas.
No me atrevería a definir a Donald Trump como un líder fascista. Si el propio Francisco Franco no cumplía todas las condiciones para considerarse como tal, Trump –al fin y al cabo ganador democrático de las elecciones de 2024– las cumple mucho menos. Pero sí me atrevo a advertir que un mundo en el que incluso la Iglesia católica empieza a sentirse incómoda con sus aliados tradicionales es un mundo que recuerda poderosamente a esos tiempos ominosos que creíamos para siempre desterrados.
Es cierto que hemos abusado del término fascismo, y que a fuerza de ese abuso lo hemos banalizado. Al definir como fascista cualquier acto ultranacionalista o violento, hemos acabado igualando acciones de naturaleza muy diversa, y por tanto hemos generado la sensación de que el auténtico fascismo es inimaginable. Pero si algo enseña la Historia es que la Historia puede repetirse: y tal vez nunca hemos estado tan cerca de esa repetición como ahora.