Tal vez recuerden la escena: es una de mis favoritas de Juego de tronos. Joffrey, el niño caprichoso y cruel que se sienta en el Trono de Hierro, grita enfurecido: “¡Yo soy el rey!”. Entonces su abuelo Tywin, verdadero rey en la sombra, interviene con voz pausada: “Ningún hombre que tenga que repetir ‘Yo soy el rey’ es el verdadero rey”. Y luego manda a la cama sin cenar a ese niño que está lejos de ser el hombre más poderoso de Poniente.
Últimamente he pensado mucho en esas palabras. “Yo soy el rey” es lo que parece exclamar Donald Trump cuando amenaza a sus propios socios con aranceles; cuando se muestra orgulloso de secuestrar al presidente de un país o se propone invadir Groenlandia.
Algunos interpretan estas bravuconadas como un síntoma de fuerza: Trump, dicen, hace todo eso sencillamente porque puede hacerlo. Pero yo, como Tywin, creo que Trump usa la violencia porque es lo único que puede hacer para retener un poder que se le escapa.
Décadas atrás, cuando Estados Unidos se consolidaba como indiscutible primera potencia, sus gobernantes preferían promocionarse como más débiles de lo que en realidad eran. Si un gobierno en Latinoamérica caía, Estados Unidos por supuesto no tenía nada que ver: ellos estaban tan sorprendidos como el que más.
Si iniciaban una guerra en Oriente Medio, buscaban la complicidad de numerosos países, aunque no necesitaran ayuda militar alguna. Hacían y deshacían acuerdos de paz por todo el mundo, a menudo sin que sus intereses fueran visibles. La renuncia a la expresión más radical de la fuerza era un síntoma inequívoco de su liderazgo.
La deriva autoritaria de Trump no nace de la impunidad que da la fuerza, sino del miedo y la frustración de un país cuyos privilegios se desvanecen
Trump, en cambio, reconoce abiertamente que su objetivo en Venezuela es robar petróleo y reclama el Nobel de la Paz por liderar armisticios en Gaza o Rusia que hasta el momento han resultado ser un fiasco. Todo ello no es síntoma de fortaleza, sino de debilidad: se diría que no le queda más poder que la escenificación del poder mismo.
Pero que Estados Unidos esté perdiendo su supremacía no la hace menos peligrosa. Una escenificación de violencia no deja de ser eso: violencia. No olvidemos que los animales más agresivos son aquellos que no tienen nada que perder. Que una primera potencia nunca es tan peligrosa como cuando está dejando de serlo.
Peligrosa para naciones rivales, pero también para sus propios ciudadanos. Y que yo sepa, el totalitarismo nunca ha sido una consecuencia de la bonanza, sino más bien una estrategia desesperada de países que se sienten amenazados o en decadencia. Así sucedió en la Rusia diezmada por la guerra, en la Italia traicionada por sus aliados, en la Alemania arruinada por la inflación.
De modo que la deriva autoritaria de Trump, esa sucesión de gestos que podemos calificar sin pudor de protofascistas, no nace de la impunidad que da la fuerza, sino del miedo y la frustración de un país cuyos privilegios se desvanecen.
Make America Great Again: el mismísimo lema de Trump admite que su país ha dejado de ser grande. Y la culpa no la tiene la dictadura woke, ni la inmigración, ni el narcotráfico. Si América es cada vez más pequeña es entre otras cosas porque se está consagrando antes a la fuerza que a la persuasión.
Y así como ciertos planetas todavía orbitan en torno a estrellas que no existen, Europa haría bien en comprender que el mundo que conocimos ha muerto y lo que viene tras él es un nuevo orden multipolar, en el que es necesario tejer nuevas alianzas. Por tanto, alejarse de Estados Unidos no es hoy solo una obligación moral; está empezando a ser una decisión pragmática.