Hay que agradecer y aplaudir la inesperada iniciativa de Javier Jiménez y la editorial Fórcola de por fin brindar al lector en lengua española una muestra significativa de la obra de Franz Blei (1871-1942).

Lo hacen con un volumen de título desorientador: El canon del modernismo. Mucho más apropiado hubiera sido priorizar el subtítulo: Máscaras y retratos literarios. Pues de eso se trata, en definitiva: de una magistral colección de más de veinte perfiles correspondientes en su mayoría a importantes figuras de la literatura europea del primer tercio del siglo XX, si bien se recogen además unas pocas semblanzas de autores de los siglos XVIII y XIX (Madame du Deffand, Casanova, Sade, Baudelaire), de artistas como Vivant Denon, Alfred Kubin e Isadora Duncan, y, como de contrabando, una de Lenin.

El grueso de las piezas pertenece a un libro ya tardío de Blei: Zeitgenössische Bildnisse ('Retratos contemporáneos'), publicado en 1940. Son, pues, textos de madurez, asombrosamente inteligentes, desinhibidos, agudos, rebosantes de ideas a menudo aventureras.

A la mayoría de los personajes retratados los conoció Blei personalmente (Lenin, Oscar Wilde y Unamuno incluidos), y con no pocos de ellos tuvo relaciones de amistad, como en los casos de André Gide, Franz Kafka y Robert Musil, entre otros. Casi todos habían fallecido cuando Blei, ya sexagenario, traza sus retratos con viveza y penetración, haciendo empleo a veces de una sorprendente causticidad.

El de Blei es un destino característico de la Austria finisecular y de entreguerras. Nacido en Viena, se formó en Zúrich y vivió sucesivamente en París, en Múnich, en Berlín. Tras la llegada de Hitler al poder, hubo de exiliarse, primero a Mallorca (hay una interesante tesis doctoral de Francisca Roca Arañó, accesible en la red, que documenta sus meses en la isla) y, después de un dramático periplo por la Europa ocupada, a Estados Unidos, donde falleció en la penuria y la soledad.

Los retratos del escritor que publica Fórcola son textos de madurez, inteligentes, desinhibidos, agudos, rebosantes de ideas aventureras

Habiendo realizado estudios de filosofía y de economía, se decantó por las letras y desarrolló una intensa actividad como editor e impulsor de revistas, como crítico, agitador y periodista cultural, como traductor y como ensayista. Promovió con tenacidad las primeras publicaciones de autores como Walser, Kafka y Musil. Él mismo escribió poemas, dramas y cuentos, además de ser un fino comentarista de arte y participar como actor en varios montajes teatrales y películas. Su sensibilidad evolucionó desde la estética del decadentismo fin-de-siècle hasta posiciones de vanguardia. Abrazó el catolicismo sin menoscabo de su interés por el erotismo y la pornografía, lo que le valió una escandalosa fama de libertino. Fue, por lo demás, muy crítico con el nacionalsocialismo rampante.

En los diarios de Gide y de Thomas Mann, en las memorias de Canetti, en los diarios y ensayos de Musil y en las cartas y en las biografías de Kafka cabe encontrar menciones a esta figura escurridiza y siempre intrigante. Este volumen, muy servicialmente prologado y anotado por Javier Jiménez, se presenta inmejorablemente arropado con el vibrante artículo que Musil dedicó a Blei en 1918. En él destaca su condición de ensayista y elogia aquello que tantos de sus contemporáneos le reprocharon: su versatilidad, la multiplicidad de sus intereses, la flexibilidad de su criterio. Admira Musil el derroche de ideas que caracteriza a los ensayos y retratos de Blei, y tras constatar cómo el tiempo ha ido confirmando sus apreciaciones, concluye: “En una época de desorden crítico, ha desarrollado los más valiosos puntos de vista para un orden nuevo”.

Ninguna de las piezas aquí reunidas tiene desperdicio; varias de ellas –como la dedicada a Aubrey Beardsley– rozan la genialidad, y no pocas –como las dedicadas a Casanova, a Wilde, a D’Annunzio, a Kraus, a Rilke, a Roth–, escritas a contrapelo de las opiniones establecidas, resultan provocadoras en el mejor sentido, el que obliga a reevaluar los propios juicios.