TIPOLOGÍA. “Yo siempre he supuesto que los liberales como yo tenemos opiniones moderadas que defendemos con moderada convicción”. Son palabras de Julian Barnes, recién galardonado con el Princesa de Asturias de las Letras, en su librito (72 páginas) Mis cambios de opinión (Anagrama). En líneas anteriores, tras sugerir que algunos tienen firmes opiniones que defienden con firme convicción, constata que otros tienen firmes opiniones que defienden con débil convicción y que hay quien tiene débiles opiniones que defiende con firme convicción. Reconocemos una tipología de opinantes en la que podemos ubicar tanto a los opinadores profesionales como a los aficionados de nuestro entorno. También a nosotros mismos. Mis cambios de opinión es un ensayo ligero y sugerente que fija la idea de que, en general, todos cambiamos de opiniones a lo largo de la vida, señala cierta casuística de las razones de tales cambios y da testimonio de los cambios del propio Barnes en cinco campos: los recuerdos, las palabras, la política, los libros y la edad y el tiempo. Al libro no se le hizo mucho caso en España cuando apareció el pasado mes de septiembre. Más tarde, quedó opacado por la aparición de Despedidas (Anagrama) –con su atractiva historia de amor como hueso de melocotón–, donde, coincidiendo con su ochenta cumpleaños, Julian Barnes, cuarenta años después de su gozosa aparición entre nosotros con El loro de Flaubert, su tercer libro, hace dos anuncios importantes: que se retira de la escritura y que padece un cáncer de sangre (al parecer, cronificable mediante tratamiento).

BBC. Mis cambios de opinión reúne cinco charlas de Barnes, de unos quince minutos de duración cada una, pronunciadas por el escritor en el programa The Essay de BBC Radio 3. Podemos escucharlas en la web de la emisora. Es evidente que el formato de charla radiofónica condiciona el estilo y el contenido de lo que ahora podemos leer como miniensayos, pero, en lo esencial, aquí está un Barnes muy reconocible: su amenidad, su fluidez, su sencillez, su levedad con peso específico, su humor malicioso, su ingenio, sus numerosas citas culturales glosadas y, más lógico que nunca –dado el propósito y el título del libro–, sus autorreferencias. Los cinco temas antes mencionados son muy disímiles y disímil es el resultado logrado en cada uno de ellos, quedándose a veces un tanto corto en su alcance. Dicho de otro modo, cada uno de ellos podría dar lugar, más allá del esbozo, a un ensayo más contundente. Pero, en fin, los aperitivos y los entremeses también se toman y se comen con gusto. Hablando de libros, Barnes se atreve a confesar algo radical que hoy parece muy oportuno: “No me gusta el arte, en especial el teatral, cuya función aparenta ser la de desafiar pero acaba confirmándonos que estamos en el lado correcto, asintiendo de buena gana desde nuestra butaca a sentencias como que la guerra es mala, el capitalismo es malo y la gente mala es mala”. ¿Escuece un poco? Este capítulo, que podíamos esperar con curiosidad, se queda luego en explicar (y la explicación es buena) cómo cambió a favor sus negativas opiniones sobre las novelas de Georges Simenon (caso frecuente) y E. M. Forster.

SALSA. En los apartados dedicados a los recuerdos, la política (afirma haber votado a siete partidos distintos) y la edad y el tiempo (se trata de la relación entre la evolución de la primera y la percepción del segundo), Barnes acierta a ofrecer con su fresca y revoltosa inteligencia una menestra de observaciones y de opiniones que están en nuestra conversación. Y ese, y no es poco, es su mérito. Un mérito no solo basado en la perspicacia, sino (y ambas cosas son muy de Barnes) en el modo de sazonar sabrosamente el guisado. Y en algo que algunos cocineros literarios desprecian: la salsa.