CORRECCIÓN. Celebramos el centenario del nacimiento del guionista Rafael Azcona, autor también de nueve novelas, más otras cinco “alimenticias” firmadas como Jack O’Relly. Mi amigo Ignacio me regaló hace unas semanas una primera edición de Los muertos no se tocan, nene (1956), su segunda novela, dedicada “a las Pompas Fúnebres, animadoras de esa epopeya pequeñita que cada hombre, hasta el más tonto, se gana al morirse”.
La novela narra la agonía, muerte, velatorio y entierro de un anciano funcionario. Fue editada por Taurus en su colección “El Club de la Sonrisa”, que llegó a publicar 68 títulos entre 1955 y 1960. No existe hoy una colección semejante de novela “de” humor y tampoco son tantos los novelistas españoles que escriben “con” humor, aunque los hay y algunos son muy buenos. La extendida exigencia de corrección política juega en contra del humor.
Y también se percibe entre nuestros escritores una fuerte corriente dedicada a tratar graves temas de la agenda social y política –el cercano pasado histórico, los malos tratos y los abusos, la identidad sexual, la carencia y carestía de la vivienda, la maternidad, el crimen organizado, la salud mental...– , que parecen ser, en general, refractarios al humor, cuando resulta que, hasta hace bien poco, el humor tenía vía libre para entrar en cualquier territorio. Incluso se reconocía la conveniencia y necesidad de que entrara a saco.
FERIA. La Feria del Libro de Madrid va a dedicar estos días tiempo y espacio al humor en la literatura. Su directora, Eva Orúe, ha escrito un texto de presentación titulado Leer y reír: dos formas de resistir, elogio de la lectura, del humor en la literatura y de la risa.
No sabemos muy bien si este foco de la feria sobre el humor literario obedece a su presunto auge reciente –no lo veo– o es un toque de atención para estimular que se produzca tal auge por ser –sí lo creo– necesario.
Le estamos poniendo límites al humor –los más preocupantes son los ideológicos– en todos los ámbitos
Dejando de lado la plaga de los cómicos monologuistas, sí se nota una significativa vitalidad del humor en el teatro y en el cine (y en las series), que, salvo excepciones, fundadas o no, y como ocurre con la literatura, suele tropezar con la frialdad de la crítica y con el desdén de los expendedores de premios.
Pero el caso es que se habla mucho sobre la bondad benéfica de la risa, sobre el apremio que sentimos por reír más y mejor. Sucede, sin embargo, que le estamos poniendo límites –los más preocupantes son los ideológicos– al humor en todos los ámbitos. ¿Estamos o no estamos para bromas?
RISA. El profesor Bernat Castany acaba de publicar el nutritivo ensayo La filosofía de la risa (Anagrama), en el que repasa desde la posición a lo largo de la historia de los pensadores respecto al humor –Platón ya se ocupó del asunto–, su naturaleza y sus mecanismos, a las prácticas de los creadores que lo cultivaron mejor, al tiempo que analiza sus muy distintas variedades.
Claramente apologético del humor y de la risa, me han interesado también algunas advertencias de Castany sobre el humor que contiene un “nihilismo cínico”, sobre el que emana de un sentimiento jerárquico de superioridad intelectual o sobre la tóxica capacidad de la burla como provocadora de una “risa triste”.
Pero vivimos en el país que tiene al paródico y muy divertido El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605), como su obra literaria magna, nacional y universal, el país, además, de la picaresca, de la comedia del Siglo de Oro, de la sátira quevedesca, del esperpento, del astracán y del sainete, en fin, el país de una extensa y propia literatura de y con humor, y no es seguro que ese largo cordón, Eduardo Mendoza aparte, no esté adelgazándose, perdiendo fibra de calidad en estos tiempos de sarcasmo de palillo en boca.