TRANSFORMACIÓN. Hace un año recordaba aquí el conocido episodio del lanzamiento de Ninotchka (1939). Al comprobar que en la comedia de Ernst Lubitsch Greta Garbo reía a carcajadas, en oposición a su frecuente imagen melodramática y triste, la Metro Goldwyn Mayer decidió publicitar la película con el ocurrente eslogan de "¡Garbo ríe!".
Quizá lo mismo, es un decir, podría haber hecho Agnieszka Holland para impulsar su biopic Franz Kafka (2025) –ahora en Filmin–, en el que el autor de La metamorfosis (1916), contraviniendo su aura angustiada y doliente, y por mediación del notable actor Idan Weiss, sonríe y, al menos dos veces, ríe a mandíbula batiente.
¡Eso sí que es una transformación! Sucede cuando el escritor checo lee a un grupo de amigos unas páginas de su manuscrito de El proceso (publicada póstumamente en 1924), creo recordar que a cuento de unos párrafos dedicados al chocante pintor Titorelli.
Se sabe que Franz Kafka (1883-1924) acostumbraba a leer a sus próximos fragmentos de sus obras en curso. Cada vez se escribe más sobre el humor en la literatura kafkiana, lo cual no acaba de ser digerido por muchos de sus lectores. Pese a todas las conocidas zozobras de su vida familiar, amorosa, laboral y literaria –reflejadas en la película, claro–, algunos señalan que el sentido del humor le venía a Kafka de su afición al teatro yiddish, propio de los judíos asquenazíes, satírico y grotesco tantas veces.
HUMOR. La otra vez que Kafka ríe abiertamente en el filme de Holland es al ver en el cine una película diría que del genio francés Max Linder (1883-1925), precursor del cine cómico norteamericano. A Kafka le gustó mucho, sobre todo en su juventud, ir al cine. Lo hacía semanalmente, a menudo en compañía de su amigo, biógrafo, albacea y desobediente editor póstumo Max Brod.
A Kafka le gustó mucho, sobre todo en su juventud, ir al cine. Lo hacía semanalmente
Le encantaban los noticiarios, las películas de aventuras, de animación y, precisamente, las cómicas. Hay bastantes alusiones a ello en sus diarios y en sus cartas, y su cinefilia está detalladamente estudiada en Kafka va al cine (Minúscula), una minuciosa investigación del ensayista alemán Hanns Zischler.
Otro amigo, más efímero y postrero, el poeta y musicólogo esloveno Gustav Janouch (1903-1968), poco fiable para Harold Bloom, publicó en sus Conversaciones con Kafka (Destino) diversas opiniones, y no todas buenas, del escritor sobre el cine. Kafka decía que el cinematógrafo era “un juguete maravilloso”, pero a Janouch le confió una observación muy perspicaz: “La mirada no domina la película, es la película la que domina la mirada”. ¿Qué diría Kafka ante el tantas veces vertiginoso cine de hoy?
VISUALIZACIÓN. La película de Agnieszka Holland no recibió buenas críticas el año pasado en el Festival de San Sebastián ni cuando se estrenó a comienzos de este año. El público no le hizo caso.
Es verdad que la directora polaca, tantas veces eficiente años atrás, se lía al montar una estructura fragmentaria, con saltos atrás y adelante, no solo entre la niñez, la juventud y la madurez de Kafka, sino también con unas escenas semidocumentales de intención crítica sobre la comercialización y masificación para turistas de la huella y la actualidad del escritor en Praga. Holland quería huir de la linealidad, la solemnidad y el caligrafismo de tantas películas biográficas sobre personalidades ilustres. Vale. No le ha salido bien.
Los acérrimos lectores de Kafka no encontrarán grandes revelaciones, pero, aun así, creo que les interesará como un digest y como visualización del mundo interior y exterior del escritor, que tantas veces han tenido que imaginar al leer sobre él, sobre su padre, su insatisfactorio trabajo en los seguros, sus amores con Felice Bauer, Milena Jesenská y Dora Diamant y, en fin, todo hay que decirlo, sus actividades como putero, vegano y deportista.
Harold Bloom volvería a su tumba si viera esta película.