El carácter premonitorio de la creación es una de las cosas que más me gustan de ella. La manera en la que, si estás construyendo una novela en torno a, por ejemplo, una carpintera manca en Montevideo, empiezas a cruzarte con personas mancas por la calle, o sales de un bar a fumarte un cigarro sola y una desconocida se te pone a hablar sobre carpintería, o eliges una película al azar y esta transcurre en Montevideo.
Una parte de mí sabe que la atención modifica la mirada. Claro, es evidente. Cuando estás centrada en algo todo se dirige irremediablemente ahí y ves cosas que, de otro modo, pasarían desapercibidas.
Pero otra parte de mí, casi más poderosa que la anterior, está convencida de que lo que creas impacta y determina lo que vives. Que lo que creas cambia tu devenir, y no tanto viceversa. Un pensamiento místico y un poco pueril, pero me gusta y no puedo evitarlo, no quiero evitarlo.
Sin una intencionalidad concreta, en los últimos dos meses leí las novelas Stoner de John Williams, El libro y la hermandad de Iris Murdoch y La chica más lista que conozco de Sara Barquinero, y vi la película Sorry, Baby de Eva Victor.
Por cómo he introducido este artículo, cualquiera que conozca las obras pensaría que estoy escribiendo una novela de campus o cualquier otra cosa sobre la vida universitaria, y que estoy sugiriendo que es mi propio texto el que ha invocado las posteriores lecturas que han venido a mí. Pero no. De hecho, yo misma también me lo pregunté: ¿Qué clase de mensaje providencial me están enviando?
Lo que creas impacta y determina lo que vives. Lo que creas cambia tu devenir, y no tanto viceversa
Luego lo pensé más en profundidad y me di cuenta de que lo que conecta a esas cuatro obras no es, o al menos no solo es, que todas compartan esa misma atmósfera y contexto académico de jerarquías, rivalidad, juegos de poder y fascinación por el lenguaje, sino que lo que las une a un nivel más profundo es el total control que los autores tienen sobre cómo transcurre el tiempo.
La brillantez con la que lo tratan. El modo en que la trama avanza y los personajes evolucionan y tú vas acompañándolos durante todos esos años.
Esa es la característica que más me ha gustado siempre de las novelas de Murdoch. Te presenta unos personajes cuyos delirios te crees, les atribuye una inteligencia convincente, unas pasiones locas pero bien articuladas. Después juega y le da la vuelta a todo. Y luego regresa a lo primero y te lo vuelves a creer. Todo el rato es verosímil.
En El libro y la hermandad, el tiempo es circular: los personajes envejecen, pero siguen teniendo las mismas obsesiones intelectuales y sentimentales, y el pasado universitario nunca termina de desaparecer (¿lo hace alguna vez?).
En Stoner, una de las mejores novelas que se han escrito nunca, el tiempo avanza con una sobriedad asfixiante, devastadora: de pronto han pasado cuarenta años y sientes el peso completo de la vida de Stoner. Lo que es rutina se convierte casi en tragedia existencial y el protagonista muere como ya se había anunciado en la primera página, muere como moriremos todos.
Barquinero retrata con precisión la paulatina y gradual pérdida de la inocencia que se da en los primeros años de juventud. La construcción del deseo, de la identidad, de la mirada crítica. Pasan los años y cambian las canciones, las corrientes filosóficas, una misma.
Y Sorry, Baby introduce una temporalidad fragmentada, marcada por el trauma. El tiempo se interrumpe, se repite, vuelve sobre sí mismo, no avanza. Primero ella es estudiante, después doctoranda, después profesora. ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Qué es la vida?
Como a escribir solo se aprende leyendo, estas cuatro obras me han enseñado las diferentes maneras que hay de plasmar el paso del tiempo en el arte, cosa nada fácil, y también me han recordado por qué hace diez años decidí no continuar mis estudios universitarios cuando acabé la carrera de Literaturas Comparadas.