Ilustración de Dave McKean en Black Dog: Los sueños de Paul Nash
llenos de dudas, dirigidos al corazón de sus espectadores; Eisenstein creaba unos espléndidos artefactos, lección atemporal del uso del montaje, plenos de estímulos encaminados a causar un efecto mecánico y asertivo en su público.Nash y Eisenstein están en el origen de dos álbumes que, por su audacia, no deberían pasar inadvertidos
Uno y otro artista están en el origen de dos álbumes que no deberían pasar inadvertidos, aunque simplemente fuera por los riesgos que han asumido sus creadores, Dave McKean (Maidenhead, Inglaterra, 1963) y Pablo Auladell (Alicante, 1972), en una época en la que casi todo parece estar regido por un conformismo en el que la menor disidencia es considerada una estridencia fuera de tiempo y lugar.
Ilustración de Pablo Auladell en Potemkin
McKean, de sobra conocido por sus trabajos con Grant Morrison (Asilo Arkham) o Neil Gaiman (Casos violentos), así como por el irrefutable Cages, asumió su encargo desde la total empatía con la causa de Nash. Y, con un alarde de técnicas y de gramáticas antitéticas, dialoga con el quehacer y la personalidad del pintor a través de quince sueños imaginados que recuperan las incertidumbres que le animaran a aquél, tan vigentes hoy como entonces, acerca de los peligros que conlleva la escisión entre la Humanidad y los valores que la fueron conformando. De modo y manera que esta obra es mucho más que una evocación sombría de la Primera Guerra Mundial.El trabajo de Auladell también responde a un encargo: el centenario de la Revolución Rusa, concretado en la película El acorazado Potemkin que en 1925 realizara Eisenstein, que gozó aquí, como en La huelga (1924) y Octubre (1928), de una libertad que poco después sería puesta en entredicho por los comisarios culturales de turno. Nuestro premio Nacional de Cómic 2016 podría haber optado por elaborar un juguete posmoderno, tan del gusto contemporáneo, con el que traducir al cómic uno de los títulos más legendarios de la cinematografía silente. Y, sin embargo, fiel a la máxima de que la recreación forma parte sustantiva de la creación, conversa con la "bellísima mentira" del cineasta, consciente de su inequívoca grandeza, pero sin mimetizarla (antes bien, sometiéndola a la misma y personal mirada que proyectara en su día sobre El paraíso perdido de Milton) ni someterse a sus engranajes.
