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En marzo de 1954, Kuno Adler, científico judío exiliado en Estados Unidos, toma un último tren de regreso a Viena. Antes de despedirse, su exmujer le ha afeado que vuelva a ese “agujero” del que los expulsaron. Pero Adler, quizá por inercia, ha decidido volver y jubilarse allí, en la que fue su casa.

El regreso de los exiliados

Elisabeth de Waal

Traducción de Celia Filipetto

Libros del Asteroide, 2026

312 páginas. 22,95 €

La Viena de su recuerdo, obviamente, ya no existe. Viaja solo, entre la expectación y el recelo. Y, para sorpresa del lector, el traqueteo del tren le hace pensar, entre otras cosas, que el antisemitismo estadounidense, al menos el que ha visto él durante la última década, es, “pese a no haber peligro de exterminio físico”, mucho más “insidioso” que en Austria, donde siempre ha sido “endémico, pero de un modo tan leve que incluso se podía olvidar”. Esta constatación pudo haber influido, aunque nunca llegue a formularlo explícitamente, en su extraña decisión de volver a casa.

El pasaje inicial del tren, con la primera comparación entre Estados Unidos y Austria (entre el exilio y el hogar, entre el presente y el pasado) condensa ya el núcleo de El regreso de los exiliados, de Elisabeth de Waal (1899–1991).

La novela transcurre entre ese marzo de 1954 y la primavera de 1955, poco antes de que Austria recupere la soberanía con el Tratado de Estado. Ese cierre tiene un valor simbólico: con él se supera la ocupación –no la tutela moral– de los Aliados y el largo poso de la guerra, que la novela explora desde la perspectiva infrecuente de quienes volvieron contra casi todo pronóstico.

De Waal sabía de lo que hablaba. Judía, miembro de una familia riquísima y culta, abandonó la Europa continental tras el Anschluss y se instaló en Inglaterra, donde escribió cinco novelas que nunca vio publicadas.

De Waal expone los límites y las contradicciones de un mundo que desaparece y solo existe ya en la conciencia de sus personajes

El regreso de los exiliados, redactada en los años cincuenta, destila inmediatez y frescura. Apegada a los hechos que narra, pero leída hoy como un documento tardío, resulta algo extemporánea, como si perteneciera a una tradición narrativa dislocada. Los personajes, por su teatralidad en momentos de explosión emocional, parecen salidos de una novela de entreguerras.

A De Waal le importan los detalles y el cuadro de época. Describe una Viena herida, cuyas fachadas aparecen “como una hilera de dientes picados, desvencijadas, desteñidas y con destrozos intermitentes”. La imagen podría servir para sus habitantes, que sufren la precariedad y están obligados a cierta dosis de amnesia para convivir.

Los exiliados que vuelven –una joven aristócrata, un millonario de origen griego, dos príncipes desposeídos que malviven en el ático del palacio que lleva su nombre– se enfrentan pronto a un primer desencuentro: la interpretación del pasado. Para quienes se fueron, la guerra ha sido una catástrofe; para los que se quedaron, una experiencia que tal vez convenga reescribir.

La autora traslada una conflictiva conciencia de clase a sus personajes. Hijos de una cultura que “transmitió y recibió el sabor y la pátina exclusiva, única en el mundo, de ser vieneses”, hoy su mundo ha desaparecido. La guerra los ha igualado a todos.

El personaje de Kanakis, cuya fortuna –la de su familia– contribuyó al esplendor vienés, le ayuda a representar el derrumbe de la vieja jerarquía social europea. Frente a la aristocracia de cuna, emerge un nuevo orden regido por el dios dinero.

Los americanos patrocinan ese desplazamiento. Como se le dice a Resi, la joven aristócrata, sobre su adinerado pretendiente: “Es un magnífico candidato, un caballero muy, pero que muy rico”.

La novela retrata ese choque desde diferentes ángulos. La madre de Resi, princesa Altmannsdorf, lo experimenta en el exilio americano: “Entre las personas que conocía en Estados Unidos no había mucho que elegir, salvo en términos de dinero, y esa era una escala que no tenía otro significado que el de la conveniencia”. Pero nada de eso altera su convicción íntima: “Ella no tenía superiores sociales”.

De Waal expone los límites y las contradicciones de un mundo que desaparece y solo existe ya en la conciencia de sus personajes. Lucas, hijo de guardabosques, un joven inteligente y formado que habla de materialismo histórico, lo verbaliza así: “Hoy en día, ser príncipe no significa nada”.

De Waal medita sobre la soledad del exiliado, que ella misma vivió: en el exilio, escribe, la soledad era un “mal incurable que no ofrecía la esperanza de alivio ni otro consuelo que la muerte”; en casa, en cambio, “es un hecho concomitante del envejecimiento, de la maduración: si tenía sus privaciones, también tendría sus compensaciones”.

La autora aborda también la inevitable impunidad en la posguerra, en figuras como el jefe de laboratorio de Adler, acusado y absuelto de crímenes de guerra. El doctor Krieger justifica sus actos en nombre de la ciencia y no duda en encarecer la posibilidad que le brindó la guerra de experimentar, en vez de con ratas, “con sujetos humanos vivos”.

Frente a la grisura de la maltrecha Viena, las historias de amor –correspondido o no– funcionan como un leve antídoto. La relación de Nina, princesa arruinada, con Kuno Adler, el científico judío, apunta a una recomposición de la sociedad, basada ya no en títulos ni privilegios, sino en afinidades más frágiles pero quizá más reales.

De Waal esparce aquí y allá detalles de su propia biografía. En la peripecia de los Grein o de los Altmannsdorf resuena el eco de su gran familia vienesa, cuyo destino narraría décadas después, en un libro inolvidable (La liebre con ojos de ámbar), su nieto Edmund de Waal.