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Han pasado cinco años desde que Los Bridgerton irrumpieran en Netflix. En plena pandemia, la serie se convirtió en uno de sus grandes éxitos y un fenómeno cultural, capaz de crear tendencia —ese estilo coquette que ya ha sido relegado— y de resucitar y desprejuiciar a uno de los tótems de la literatura romántica: Jane Austen.

Creada por Chris Van Dusen y producida por Shondaland (el gigante detrás de Anatomía de Grey), la serie se ha encargado de reinterpretar los códigos y tópicos del género romántico, tal y como lo hizo la escritora en el siglo XVIII.

Inspirada en las novelas de Julia Quinn, la serie ha adaptado ya cuatro de los ocho libros ambientados en la Inglaterra de la Regencia. Alterando el orden original pero con el mismo eje narrativo, ya que cada temporada cuenta la vida de un hermano Bridgerton.

Si en la tercera temporada se revelaba públicamente la identidad de Lady Whistledown, la voz en off al estilo Gossip Girl que narra la serie y dinamita la vida social de Londres, esta temporada se centra en las aventuras amorosas del hermano mediano de la familia.

Benedict (interpretado por Luke Thompson) es el protagonista de la cuarta temporada, que estrena sus cuatro primeros episodios este jueves 29 en Netflix, y los otros cuatro llegarán a finales de febrero.

Incorregible, pintor, bohemio, vividor y uno de los personajes más queridos por los fans del universo Bridgerton, Benedict sirve de contrapunto a su hermano mayor, Anthony (Jonathan Bailey), más serio y obsesionado con el deber, y es aliado de Eloise (Claudia Jessie), una suerte de Elizabeth Bennet de Orgullo y prejuicio, con quien comparte inconformismo respecto a las férreas normas de la alta sociedad londinense.

Habituado a vivir al margen de los deseos de su madre, quien anhela que siente cabeza y consiga casarse, Benedict es un animal nocturno, que se pasea entre clubs bohemios y rodeado de mujeres y hombres —no esconde su bisexualidad—distintos cada noche.

Pero en un típico baile de máscaras, Benedict conoce a una misteriosa joven que rompe todos sus esquemas: Sophie Beckett (Yerin Ha), hija ilegítima del Conde de Penwood, Richard Gunningworth.

Foto: Netflix.

Tras la muerte de su padre, Sophie se convierte en la criada de su madrastra, quien nunca llegó a incluirla en la familia.

Como una Cenicienta del siglo XIX, Sophie se escapa para asistir al baile, pero debe irse antes de medianoche. Su encuentro con Benedict será breve pero intenso y hará que el joven se obsesione con la idea de volver a ver a esa chica a la que no pudo reconocer tras la máscara.

Pero más allá de la trama amorosa, esta nueva temporada de Los Bridgerton aprovecha otra vez su aparente ingenuidad (de nuevo, muy Austen) para deslizar temas como el placer femenino, el deseo en la mediana edad, la soltería deseada y la guerra de clases.

Muy cuestionada en su momento por su inclusividad poco realista para la época, la serie insiste en su nueva temporada en imaginar un pasado más libre y algo más feminista dentro de los límites de ese antiquísimo mercado matrimonial, eje central de la serie.

Ahí encajan tanto mujeres como la matriarca Violet Bridgerton, que redescubre el sexo tras la viudez, con Eloise, que se resiste a casarse por obligación, o con Francesca, otra de las hermanas que, a pesar de estar felizmente casada, se cuestiona su propia satisfacción sexual.

Esta revisión del pasado va de los salones a la zona de servicio, donde una huelga de criadas hace temblar el orden doméstico y muchas sirvientas no dudan en marcharse de esos hogares donde las consideraban “de la familia” pero se niegan a subirles el sueldo.



Sin embargo, la cruda diferencia de clases se filtra en la relación entre Benedict y Sophie, un amor atravesado por los privilegios que dejará desalentados a los fans en esta primera tanda de episodios.

Ese inocente cuento de Cenicienta acaba siendo algo más incómodo, porque el de Los Bridgerton es, de momento, un mundo donde las sirvientas solo pueden aspirar a ser amantes, no esposas.