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Medio siglo después de su estreno, en febrero de 1976, la odisea nocturna de Travis Bickle (Robert De Niro), un hombre solitario y marginado que recorre en su taxi cada noche la jungla urbana neoyorquina, es un espejo incómodo del presente.

Taxi Driver, filmada por un Martin Scorsese treintañero y escrita por Paul Schrader, muestra una ciudad que ya no existe y un trauma, el de la guerra de Vietnam, que ya parece superado.

Sin embargo, en la rabia silenciosa de ese taxista resuena hoy la frustración, la misoginia y el desamparo de una sociedad hiperconectada, pero cada vez más alienada y sola.

La película, que se estrenó en España un año después, se adentra en la psique de un joven excombatiente de Vietnam que, al sufrir de insomnio, decide hacerse taxista y extenuarse recorriendo ese Nueva York salvaje, sucio y peligroso de mediados de los 70.

Una década muy marcada por la posguerra de Vietnam y el escándalo del Watergate, que crean un clima de desconfianza y crisis en las calles. Además, Schrader escribió el guion en un momento personal muy complicado, recién divorciado y malviviendo en casas ajenas.

Esa sensación de fracaso y de humillación atraviesa el personaje de Bickle, para el que el taxi funciona como una metáfora de la soledad.

"Taxi Driver es el retrato de una generación que ya no cree en nada y que contempla la vida con una explosiva combinación de angustia e indiferencia", reflexionó el columnista Rafael Narbona en este periódico. Una actitud que dialoga inquietantemente con el nihilismo desganado del siglo XXI.

"Todos los animales salen de noche. Algún día limpiaré estas calles”, se escucha en la voz interior de Bickle, que en sus delirios paranoides se erige en una especie de ángel vengador.

Bickle, que no hace ascos a ningún cliente, sube al taxi desde prostitutas a ejecutivos trajeados, y debe fregar de vez en cuando sangre y hasta fluidos sexuales de los asientos traseros.

Cuanto más limpia el coche, más suciedad cree ver fuera. Habitual de los cines porno de la época, culpa de la corrupción moral a ese entorno urbano que recorre cada noche.

La película subraya el racismo intrínseco del personaje a través de su fantasía de "limpiar" la ciudad, una tensión racial que la cámara de Scorsese filma a través de encontronazos con los Panteras Negras —el histórico grupo armado de los 60 que acaba de resucitar tras los asesinatos del ICE en Minnesota—y en barrios como Harlem, que el protagonista identifica como foco de la degradación de la sociedad estadounidense.

Sin ningún propósito vital, Bickle se obsesiona con una joven que ve por la calle, Betsy (Cybill Shepherd), voluntaria en la campaña del senador y candidato presidencial Charles Palantine.

Robert De Niro y Cybill Shepherd en 'Taxi Driver'.

Él la idealiza, incluso intenta implicarse en la campaña política para conquistarla, pero al llevarla a una película porno en su segunda cita, ella lo rechaza horrorizada.

Ante la negativa, él decide acosarla diariamente en su trabajo, pero ese rechazo acaba siendo el detonante para su odio: "Ahora me doy cuenta de lo mucho que se parece a las demás, fría y distante. Y mucha gente es así, las mujeres, desde luego", sentencia Bickle.

El giro del romanticismo a la misoginia es uno de los rasgos que hacen del protagonista de Taxi Driver un precursor del universo incel (celibato involuntario): hombres que transforman el rechazo en rencor estructurado y violento hacia las mujeres.

En el clima cultural actual, Travis Bickle bien podría considerarse un incel que recorre los rincones oscuros de Internet en vez de las avenidas grasientas del Midtown.

La escritora Jia Tolentino, en el ensayo La rabia de los incels (2018) publicado en el New Yorker, explica cómo esta comunidad habitualmente online—de la que tanto se habló tras el estreno de la serie Adolescencia se ha relacionado con el terrorismo y con varias matanzas, como las cometidas por Elliot Rodger en California y Alek Minassian en Toronto.

Antes de sus asesinatos, Rodger llegó a declarar una "guerra contra las mujeres" por privarle de sexo, y su manifiesto sigue circulando en foros y redes sociales.

No es aventurado vincular este arquetipo —muy presente también en el Joker (2019)— al ecosistema que Donald Trump legitima: hombres agraviados por los progresos feministas que fantasean, además, con una limpieza violenta similar a la que ya está llevando a cabo su policía antimigración, el ICE.

Como ocurría en el filme del villano protagonizado por Joaquin Phoenix, estos personajes, al principio aparentemente inofensivos, pueden transformarse en un grupo radicalizado más amplio que acabe por aterrorizar a la sociedad.

En Taxi Driver, esa fantasía masculina toma una forma muy concreta. Tras el rechazo de Betsy Bickle decide ponerse en forma y hacerse con un arsenal de armas.

Curiosamente, la famosa escena en la que De Niro practica con sus pistolas frente al espejo —"¿Estás hablando conmigo?"— nació de la improvisación del actor, que contó después que se había inspirado en una frase que escuchó a Bruce Springsteen en un concierto.

Robert De Niro en un fotograma de 'Taxi Driver'.

Esa secuencia condensa la esencia del lobo solitario que se entrena para su gran acto, frente a un público imaginario. Mientras sus delirios van cobrando forma y planea asesinar al candidato presidencial al que apoya Betsy, el protagonista intenta redimir sus deseos más oscuros liberando a Iris (Jodie Foster), una prostituta de 12 años explotada por su proxeneta (Harvey Keitel).

Busca, de algún modo, devolverle la pureza que la prostitución le ha arrebatado, aunque para ello tenga que desatar una matanza.

Del ambiguo final de la película de Scorsese se desprenden dos lecturas igual de inquietantes. En la más realista, la sociedad convierte en héroe a un hombre claramente inestable solo porque ha dirigido su violencia contra los "malos", y Travis, por fin validado, parece encontrar un lugar en el mundo.

Aunque esa última mirada en el retrovisor, filmada magistralmente, refleja que su odio sigue intacto, solo que mejor camuflado.

En la otra lectura, solo vemos el sueño febril y el último delirio de grandeza de un hombre que nunca llegó a ser querido ni respetado salvo dentro de su propia cabeza.