En épocas preindustriales, en Hungría se denominaba robotnik al siervo que trabajaba para un señor feudal. Eran personas que solamente podían retener algunos de los productos de su trabajo, cuando estos eran del campo, lo que sucedía en la mayor parte de los casos, o recibir los medios imprescindibles para su subsistencia.
De ahí nació la palabra robot, que apareció por primera vez en la obra de teatro R.U.R. (de, en checo, Rossumovi univerzální roboti, esto es, "Robots universales Rossum") de Karel Capek (1890-1938), estrenada en Checoslovaquia en 1921.
La obra está ambientada en una remota isla de un país no identificado en la que, hacia 1922, se instala un gran fisiólogo, Rossum, para estudiar la fauna marina con el propósito de encontrar una síntesis química que imite al protoplasma (el material que forma el interior de las células).
Diez años más tarde encuentra una sustancia que se comporta igual que la materia viva, pero que tiene una composición química diferente. Con ella intenta "fabricar" un perro artificial, pero lo único que logra es un animal mal formado que muere a los pocos días. En vista de ello, se dedica a manufacturar humanos.
Sin embargo, lo que consigue tras otros diez años, y siendo ya bastante mayor, es totalmente inadecuado.
Es entonces cuando aparece en escena un sobrino suyo, que es ingeniero y que decide simplificar los procesos de su tío eliminando de esos "humanos artificiales" todo lo que no es absolutamente necesario, puesto que lo que pretender lograr es crear trabajadores artificiales, para los que actividades como, por ejemplo, saber tocar el violín, o incluso pasar por una infancia, serían una pérdida de tiempo. El joven Rossum logra su ambición y comienza a fabricar robots de tamaño humano, fundando la factoría Rossumovi univerzální roboti.
La producción de robots —cuya vida es de veinte años— aumenta, vendiéndose por miles. Trabajan tanto en el campo como en fábricas, alimentando el sueño de algunos, como el director general de R.U.R., Domin, que aspira a que los humanos se dediquen a perfeccionarse mientras que los robots se ocupan de sus necesidades.
La alianza entre robótica e inteligencia artificial marcará el futuro, abriendo una nueva era en la historia de la humanidad
Pero ese paraíso imaginado no se cumple porque los robots comienzan a ser empleados como soldados. Estallan guerras y se utilizan para matar. Seguramente animado por el deseo de que los robots sean conscientes de los usos perversos para los que están siendo utilizados, el jefe del Departamento de Fisiología, el doctor Gall, se dedica a dotarlos de emociones humanas.
Y lo consigue, con el resultado no deseado de que los robots se rebelan contra los humanos y en lugar de luchar por ellos, los matan, terminando por dominar todo el mundo. No obstante les surge un problema: se dan cuenta de que no saben cómo reproducirse ya que los documentos que daban detalles de su fabricación han sido quemados, y el único humano que han dejado con vida, "porque trabajaba con sus manos", Stavil Alquist, era el empleado que se ocupaba de representar los intereses de los clientes, vigilando la calidad del producto, por lo que no les puede ayudar porque no es un científico.
La obra finaliza cuando Alquist observa una situación que parece indicar que dos robots, uno del tipo "hombre" y otro del tipo "mujer", se han enamorado. ¿Adán y Eva revividos, pero en una nueva "especie" mecánica?
Pretender establecer paralelismos absolutos entre la trama imaginada por Capek y lo que está sucediendo en la actualidad con el desarrollo de la alianza entre robótica e inteligencia artificial —que, yo creo, marcará el futuro, abriendo una nueva era en la historia de la humanidad— sería exagerado, pero existen algunos puntos que merecen ser considerados.
En primer lugar, el vínculo existente entre la palabra "robot-robotnik" y "servidumbre". Los historiadores de la economía han enseñado que una de las características de la servidumbre, y de su variante más extrema, la esclavitud, es que el acceso de los que la sufrían a los productos de su trabajo era extremadamente limitado, mientras que una clase reducida, los "amos", disfrutaban de ellos en abundancia, algo, por cierto, que obstaculizó el desarrollo tecnológico (según algunas estimaciones, en 1772 solo en torno al 4 por ciento de la población mundial no dependía de un “amo”).
El mundo actual es muy diferente, pero, con todas las distinciones que se quiera, se mantiene una característica: la existencia de una clase muy reducida en número, ya no de nobles de cuna o de señores feudales, sino de oligarcas tecnológicos y grandes empresarios, que poseen una desmesurada proporción de la riqueza del mundo, influyendo poderosamente —esto es muy importante— en numerosos apartados de la política global, entre ellos algunos tan relevantes como los medios de comunicación y las directrices sobre los desarrollos tecnológicos (transporte, exploración espacial e incluso biomedicina, como ejemplifica la empresa Neuralink, de Elon Musk).
Otro punto que quiero señalar es el de la utilización de los robots en la guerra, aunque no en la versión de soldados propuesta por Capek, sino en la de drones y otros tipos de armamento, de los que se puede decir que comparten propiedades con el clásico robot, pues al fin y al cabo estos son —cito de una de las acepciones del Diccionario de la Lengua Española de la RAE y ASALE— "máquina o ingenio electrónico programable que es capaz de manipular objetos y realizar diversas operaciones".
Probablemente Isaac Asimov estaría pensando en posibilidades como estas cuando en diciembre de 1940 enunció tres leyes que deberían obedecer todos los robots. Las dos primeras son particularmente relevantes en el contexto de lo que estoy señalando: "1. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño; 2. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes se oponen a la primera Ley”. Sobra decir que los artilugios robóticos que se están utilizando en las guerras actuales no cumplen ninguna de las dos.
Habitualmente se utiliza la característica humana de la consciencia, la capacidad de "dialogar" con uno mismo, como un argumento para defender que los robots, con la IA, nunca serán como nosotros, los humanos. Pero, si no sabemos realmente qué es la consciencia, ¿cómo vamos a asegurar que algún día no habrá robots dotados de consciencia?
