Cuando me contactaron para invitarme a visitar el Museo de Historia Natural de Abu Dabi, reaccioné con extrañeza y dudé bastante de si acudir o no. Un buen amigo mío periodista, que es asiduo al enclave emiratí por cuestiones extraprofesionales, me aconsejó encarecidamente aceptar la invitación, hablando maravillas de lo que lo que estaban construyendo a orillas del Golfo Pérsico los enriquecidos habitantes de la joven nación árabe.
En las circunspectas comunicaciones que mantuve con la firma de relaciones públicas encargada de organizar la visita les remarqué que mi especialidad son los videojuegos, es decir, la cultura digital, las experiencias interactivas y la confluencia entre tecnología y expresión artística, y que cualquier cobertura la haría desde ese enfoque. Por eso, al recibir el itinerario propuesto, me intrigó sobremanera la inclusión de la sucursal local de teamLab, unas instalaciones pergeñadas por un colectivo artístico japonés al que llevaba siguiendo la pista años pero que por circunstancias que no vienen al caso todavía no había podido visitar, a pesar de mis reiterados viajes al país nipón.
Los detalles no se concretaron hasta el último minuto. Literalmente, la confirmación definitiva no llegó hasta pocas horas antes de embarcarme, por lo que mentalmente no me hice a la idea hasta el último momento. Y si me animé a dar el paso fue por la promesa que encerraba el teamLab Phenomena más que la estancia temporal de Lucy, probablemente el fósil más famoso del circuito del que incluso un profano en la materia como yo había oído hablar aunque fuera solo por la ridícula película de Luc Besson y Scarlett Johansson.
Una vez allí, descubrí que en vez de una convocatoria masiva de medios internacionales como estaba esperando, el grupo estaba conformado por un grupo muy reducido de periodistas de todo orden y condición. Tan solo la representante francesa estaba versada en cuestiones paleontológicas, si bien también ella se consideraba a sí misma poco adecuada por su falta de conocimiento específico de paleoantropología. Los dos éramos los únicos europeos del grupo. El resto eran periodistas de lifestyle de la región.
Saadiyat Cultural District es el enclave cultural preeminente de Emiratos Árabes Unidos y la punta de lanza para convertir la capital en un referente turístico a la par que la vecina Dubai, una metrópolis hipertrofiada convertida en polo magnético irresistible de influencers y criptobros occidentales.
El complejo incluye una selección impresionante de instalaciones museísticas y centros culturales entre los que destacan el Louvre, el Guggenheim, el Berklee College of Music, el Museo de Historia Natural, el Zayed National Museum, la Abrahamic Family House (un centro interreligioso que busca resaltar puntos de encuentro entre las tres religiones monoteístas) y el teamLab Phenomena.
Después de años de obras y tras haber sufrido varios retrasos, la gran mayoría de los edificios abrieron sus puertas finalmente durante el pasado año 2025. Todavía se pueden apreciar las grúas en el horizonte y es evidente que el distrito seguirá creciendo para acoger las oleadas de visitantes que esperan, generando sinergias que probablemente darán lugar a nuevas incorporaciones.
Museo de Historia Natural Abu Dhabi
El primer día lo dedicamos casi por entero a la visita del Museo de Historia Natural. El edificio, ya de por sí, es una obra arquitectónica encomiable, fusionando estructuras geométricas (pentágonos irregulares) con reverdecimientos vegetales estratégicos que irán creciendo conforme pasen los años hasta cubrir buena parte de la fachada que ahora luce con un blanco impoluto. Nada más pasar el control de seguridad, el visitante pasa a un atrio de dimensiones mastodónticas donde, precisamente, se erigen cinco enormes esqueletos de dinosaurios, ensamblados a un sustrato acerado que permite vislumbrar la majestuosidad de estas bestias cretácicas.
La cosa tiene truco, ya que el conjunto es una mezcla entre fósiles auténticos y recreaciones modernas, sin una manera evidente de distinguir entre ambas, aunque es importante resaltar que el índice varía bastante, llegando en algún caso a estar completo en un 80%. Preguntando sobre la cuestión, trabajadores del museo me aclararon que las piezas más pesadas estaban expuestas en las galerías para poder ser estudiadas con más facilidad, así como para no tener que recurrir a cables de acero suspendidos para aguantar su enorme peso en las alturas del atrio.
Museo de Historia Natural de Abu Dhabi.
Después de unas presentaciones a cargo del director del museo, pasamos a tener un encuentro informal con un visitante muy especial: Donald Johanson, toda una celebridad en el mundo de la paleoantropología por su descubrimiento de Lucy en 1974 en tierras etíopes.
A pesar de su avanzada edad (82 años), Donald nos propinó un relato brioso de los hechos que transcurrieron hace más de medio siglo en la región de Afar en el Cuerno de África, sobre cómo estaban trabajando sobre el terreno, cómo se dio cuenta de que lo que habían encontrado no era meramente relevante, sino transformador, y cómo la archiconocida canción de los Beatles que sonaba por la radio le dio la idea de bautizar a este ejemplar de Australopithecus Afarensis de 3,2 millones de años de antigüedad.
Los investigadores del museo trataban a Donald con una reverencia que me hizo sentir del todo inadecuado cuando me ofrecieron sentarme con él a mantener una breve entrevista de cinco minutos. Sin embargo, Donald, al presentarme como un periodista español, se lanzó a hablar de la importancia de Atapuerca y de la envidia que nos tenían los franceses por la calidad del yacimiento.
A continuación, pasamos a visitar las galerías con los jefes de las diferentes áreas del museo, que nos hicieron de cicerones. El recorrido empezaba en las profundidades insondables del espacio exterior, con unas instalaciones inmersivas sobre las constelaciones y una colección variada de meteoritos, los más sólidos expuestos de tal forma que se podían tocar con libertad. Resultaba muy impresionante constatar la existencia de materiales extrasolares con una mayor antigüedad que todo nuestro sistema planetario. Uno de los meteoritos más destacados data de hace más de 7000 millones de años.
Luego pasamos a la sección que albergaba muchos de los animales y fósiles prehistóricos, no solo de dinosaurios, sino de bestias con evidentes lazos evolutivos con la fauna contemporánea pero que exhiben dimensiones muy diferentes. Todo está presentado de una forma espectacular, con todo lujo de detalles y presencia tecnológica de primer nivel para hacer la visita una experiencia sensorial de primer orden. Mención especial merece la enorme estructura de LEDs que representa con su violenta iluminación el impacto del asteroide que acabó con la vida de la megafauna en el planeta.
Museo de Historia Natural de Abu Dhabi.
La gran joya de la corona nos esperaba más adelante: Lucy, o lo que queda de ella después de más de 3 millones de años, que es bastante, un 40% del esqueleto original de este antecesor que en el momento de su muerte debía de rondar los 12 años de edad. El museo alberga el fósil en la misma sala donde reposa la réplica y lo seguirá haciendo hasta el próximo 23 de marzo, cuando los restos volverán a Etiopía.
Aunque la lejanía es evidente, la contemplación de Lucy y la visión panorámica del enorme diagrama de flujo que comprende las diferentes líneas evolutivas hasta nuestros días provocan un momento de reflexión y hasta podría decir que casi un cierto recogimiento. Ante los caminos que no se tomaron, ante las diferentes especies de homínidos que claudicaron ante nuestro empuje irrefrenable o fenecieron ante desafíos insalvables.
El resto de la visita se concentró en los diferentes ecosistemas del planeta, con un énfasis ulterior en el dogma conservacionista que en el contexto de un museo de historia natural puede tener mucho sentido, pero que, he de reconocer, me escamó de mala manera.
Antes de salir de las galerías por la tienda de regalos, el museo se permite dispensar una admonición severa para que reflexione sobre el impacto de su huella de carbono y asuma la responsabilidad personal en la conservación de las especies, animales y vegetales, con las que compartimos el planeta.
Me pareció un detalle completamente fuera de lugar, un discurso desprovisto de cualquier atisbo de ironía ante la motivación petrolífera del espectacular desarrollo de la región. Muy en la línea de las celebridades y autoridades políticas que reprenden a las masas por el uso del coche privado y luego usan sus aviones particulares hasta para ir a comprar el pan. O cómo Noruega se vanagloria de ser una economía verde después de construir el mayor fondo soberano del mundo gracias a sus explotaciones de combustibles fósiles.
Zayed National Museum
Al día siguiente, volvimos al distrito para visitar otros dos edificios. Por la mañana acudimos al Zayed National Museum, enclavado en una maravillosa creación de Norman Foster caracterizada por sus formas curvilíneas y unas magníficas plumas de halcón que se alzan hacia los cielos con ambición desatada.
El museo está dedicado al padre de la nación, el jeque Zayed bin Sultan Al Nayhan y una de las principales galerías está dedicada por completo a ensalzar su figura, sus orígenes y sus acciones en la configuración del estado moderno.
El ánimo propagandístico es innegable, pero pude constatar que el jeque goza de una excelente reputación entre los autóctonos, incluso dos décadas después de su muerte. Es justo reconocerle que, a diferencia de otros modelos autoritarios, la realeza de Emiratos comparte la riqueza de los recursos naturales con la población, desarrollando una barbaridad lo que en esencia es un yermo y también una versión propia del Estado del Bienestar, con muchísimas prestaciones sociales, educación y sanidad de calidad.
El resto del museo está dedicado al pasado arqueológico de la región. Hay alguna piezas muy valiosas, fruto de su posición como encrucijada en la expansión marítima del Islam, pero es cierto que, en comparación con museos similares en otras partes del mundo, el contenido se queda un tanto corto.
Aun así, lo que tienen lo exhiben con orgullo y con un lujo impactante. Me llamó poderosamente la atención la recreación de las embarcaciones, a escala natural, de los trabajadores de la industria de las perlas, buceadores que arriesgaban su vida para recopilar los tesoros del lecho marino. También las construcciones funerarias de su pasado neolítico en ritos chamánicos y los frutos de su comercio con las dinastías enriquecidas del Extremo Oriente.
teamLab Phenomena
Ya por la tarde acudimos a lo que consideraría como mi principal área de interés: el teamLab Phenomena. Las imágenes y los videos no le hacen justicia. Describir las propiedades de las diferentes obras tampoco tendría sentido. Es un viaje que merece la pena emprender sin spoilers, dejándose llevar bajo la guía de los artistas, que han dispuesto un recorrido lineal con mucha intención, estableciendo paradas en diferentes emociones, aunando sonido, imágenes y sensaciones táctiles para sugerir una clarividencia estética superior.
Mientras merodeaba por los espacios umbríos de la instalación, por los suelos deformados de sus pasillos y sumergido en las reverberaciones tectónicas de su paisaje sonoro, mi mente divagaba irremediablemente por las creaciones videolúdicas de Tetsuya Mizuguchi. Especialmente Tetris Effect en realidad virtual, con su impecable conflagración de mecánicas, efectos visuales, imágenes y música para efectuar una personalísima apoteosis trascendental.
Una visita al teamLab Phenomena tiene mucho de concierto de Sigur Rós. Un muro de sonido colapsando tus terminaciones nerviosas para disolver los grilletes de la realidad física. Post-rock en vena maridado con lo que Roger Callois denominaba el Ilinx, ese vértigo que nos embarga al montarnos en una montaña rusa y nos provoca una euforia irrefrenable. Materia oscura, teoría de cuerdas, universos holográficos, multiplicidad cuántica, el tercer ojo, la conquista de Shambala.
Misticismo digital. Un atisbo al próximo salto evolutivo, la realidad transhumanista fruto de la síntesis entre la materia gris orgánica y el espectro en el silicio. Projection mapping, esferas alquitranadas en el abismo del vantablack, esculturas hídricas, bosques suspendidos en la niebla, constelaciones armónicas y vórtices lumínicos. Una pléyade herramientas y métodos diversos para difuminar la frontera entre el observador y la expresión artística, facilitando una compenetración paulatina, sumergiendo al jugador en la obra total.
Me decidí a visitar Abu Dabi por la presencia de teamLab Phenomena y no me decepcionó. Creo que es una aproximación a muchas de las realidades videolúdicas sin las barreras asociadas, una experiencia más accesible y más visceral aunque puramente estética, sin ese aporte narrativo que en tantas ocasiones eleva la creación videolúdica. Pero he de confesar que también disfruté sobremanera de mis visitas al Museo de Historia Natural y al Zayed, más allá de las reservas que he detallado con anterioridad.
Museo de Historia Natural de Abu Dhabi.
Justo en estos momentos que se está debatiendo la necesidad o no de desterrar el niqab de la vida pública, me sorprendió la amplia gama de posturas entre las mujeres de Emiratos. Básicamente, hay de todo. Mujeres que no llevan nada, otras un velo testimonial casi como un accesorio de moda y otras con un chador más severo. Tampoco se podía dilucidar nada sobre el nivel de formación. Una de las investigadoras destacadas del Museo de Historia Natural se adhería a la interpretación más bien férrea de la vestimenta, aunque siempre mostrando su rostro.
Es evidente que las cosas están cambiando y que la influencia de los inmigrantes es notable al conformar la mayoría de la población. Saadiyat Cultural District es una apuesta decidida por atraer el turismo y, por lo tanto, por abrirse al mundo. Pero es un proceso que quieren hacer bajo sus propios términos, sin imposiciones foráneas. Las cosas están cambiando, pero no lo van a hacer de la noche a la mañana.
Una visita tan breve es del todo insuficiente para hacerse una idea fehaciente de cualquier lugar, mucho menos de Emiratos. Pero sí me aventuraría a sugerir que es un lugar con sólidas contradicciones, tomando como ejemplo representativo la admonición cínica al final de la visita al Museo de Historia Natural. Es muy probable que todo se deba a las pulsiones que recorren el país en su intento por modernizarse y abrazar el futuro.
Todavía faltan años para que las cosas se asienten. Las inversiones seguirán llegando, así como el mestizaje de ideas y perspectivas. Por mi parte, he de reconocer que aprendí muchísimo durante mis conversaciones con otros periodistas de la región con trasfondos muy diferentes al mío. No deja de ser edificante observar cómo la cultura y el arte ejercen de punto de encuentro: una mirada en dos direcciones, al pasado y al futuro en la isla de ¿la felicidad?
