¿Por qué cuesta tanto hablar de música? Siempre es más sencillo analizar un cuadro, un libro, un conjunto arquitectónico o una película. Walter Pater afirma que “todas las artes aspiran a la condición de la música”, que es “pura forma”. Probablemente tiene razón, pero ¿cómo se habla de la “pura forma”? ¿Es suficiente analizar la melodía, la armonía, el ritmo? ¿Significa eso que solo las personas con formación musical pueden escribir sobre música?

Indudablemente, solo un musicólogo puede abordar los aspectos formales, pero la música es algo más que sus elementos formales. Los cuatro movimientos de la Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, Op. 55, conocida como “Eroica”, de Beethoven, constituyen un prodigio de talento e inspiración, pero la exposición de sus proezas formales no agota su poderoso significado.

No hace falta ser musicólogo para advertir su fuerza dramática y comprender que Beethoven nos quiere decir algo situado más allá de la pura arquitectura del lenguaje musical. El mensaje de la “Eroica” no es unidimensional. Para muchos, constituye una celebración de la vida, una exaltación de lo solar sobre los poderes nocturnos. Para otros, es un canto a la libertad del hombre frente al absolutismo y cualquier forma de tiranía. Por último, otros aprecian una reflexión metafísica: la posibilidad de superar la finitud por medio del arte, ya que lo sublime representa en sí mismo el infinito.

En definitiva, la música es algo más que “pura forma”. Si solo fuera eso, habría que situarla a medio camino entre el entretenimiento y el placer refinado.

Roger Scruton afirma que la música no es únicamente “sonido organizado”, sino una experiencia que nos permite habitar un espacio imaginario y nos conecta con lo sagrado. “La música no es solo un placer subjetivo —puntualiza Scruton—, es una forma de conocimiento moral”. Educa el alma y nos revela “el pulso de la vida misma”.

Esa perspectiva nos ayuda a comprender por qué la música de Beethoven “es la voz de la libertad humana, desafiando al destino”, y las pasiones, cantatas y oratorios de Bach, un argumento a favor de la existencia de Dios. Aunque la música es una creación de los sentidos, expresa algo que está más allá de los sentidos. “Es un evento de este mundo, pero constituye una ventana abierta a otro”.

Esa idea concuerda con la teoría del compositor estonio Arvo Pärt, según el cual la creación musical es una forma de plegaria. Paradójicamente, la “materia prima” de la música no es el sonido, sino el silencio. El silencio es el estado natural del ser humano ante Dios.

Por eso, la música debe tender al minimalismo. Solo de ese modo podrá elevar el espíritu y lograr la comunión con lo divino. La música no está al servicio de la subjetividad, sino de una verdad superior. Es “un lenguaje que permite expresar lo que no se puede decir con palabras”.

Aunque Ernst Bloch descarta la perspectiva sobrenatural, su concepción de la música alberga una tensión escatológica. La música es el arte más elevado porque expresa lo que aún no es, “lo todavía-no”. Es “una expedición a la utopía, a la utopía de nosotros mismos”. Nos proporciona “clariaudiencia”, un neologismo que añade a la clarividencia tradicional la posibilidad de escuchar nuestro timbre interior, el sonido de nuestro espíritu.

Para Bloch, la música es el lenguaje de la esperanza, de lo abierto y lo indeterminado. Posee una “tonalidad utópica” que contrarresta la cosificación del yo y el mundo instigada por la razón instrumental. Nos pone en movimiento hacia dentro y hacia fuera para buscar las posibilidades aún no realizadas, mostrándonos que el ser es flexible y perfectible.

Theodor W. Adorno añade que la música es un ejercicio de comprensión, no un placer. La música atonal de Arnold Schönberg con sus doce tonos puede producir incomodidad, pero ahí reside su valor, pues nos muestra el dolor causado por las injusticias del siglo XX, pródigo en horrores. La música no debe ser agradable, sino verdadera.

Para los pitagóricos, la música es una manifestación de la armonía que rige el cosmos. No solo expresa el orden matemático del universo, sino que, además, desempeña una función pedagógica, pues purifica las pasiones, armonizando el cuerpo y el alma.

Siglos más tarde, Schopenhauer describió la música como el reflejo más perfecto de la Voluntad, esa fuerza ciega, insaciable y sin propósito que impulsa todo lo existente. La música nos muestra el dolor inherente al hecho de existir, pero al mismo tiempo nos permite sublimar ese sufrimiento, transformándolo en fenómeno estético.

Personalmente, creo que la música expresa el conflicto entre la frustración que nos produce la fugacidad del tiempo y el anhelo de permanencia. Detrás de cada nota de Bach, el último Mozart y Beethoven, hay “hambre de eternidad”. No es un simple apetito, sino un sentimiento trágico, que surge del malestar producido por la imparable marcha del devenir. Estamos hechos de tiempo y el tiempo se precipita sin cesar al abismo. Somos conscientes de que todo pasa. Una pieza musical es una sucesión de notas que desemboca en el silencio.

Cioran sostenía que “la música es la última palabra de la metafísica”. Esa última palabra puede interpretarse como la evidencia de un vacío o un signo de esperanza. “El resto es silencio”, escribió Shakespeare, y si lo único que podemos aguardar es la muerte térmica del universo, su reflexión puede considerarse una certera profecía. Sin embargo, quizás nos aguarde una plenitud desconocida y, en ese caso, la música es una utopía, una expedición hacia el infinito, un viaje hacia la tierra prometida.

La música no es un dogma, sino un manantial que no afecta a nuestra libertad. Cada uno encontrará en ella lo que ya lleva en su interior y esa es la mayor prueba de su grandeza.