Madrid

Ser colchonero, por aquello del ADN, implica tener fe. El aficionado cree. Y mucho. Siempre. Unos días más, y otros menos, pero siempre confía en que las cosas, al final, salgan bien. Ahora, además, es necesario que el rojiblanco rece todo lo que pueda. A estas alturas, parece el único camino. Tras el empate ante el Qarabag (1-1) y la victoria de la Roma ante el Chelsea (3-0), el Atlético se complica la vida sobremanera en esta fase de grupos de la Champions. Necesita un milagro para meterse en octavos. O, dicho de otra manera, tiene que ganar los dos partidos que le quedan y esperar que ingleses o italianos pinchen contra el conjunto azerbaiyano. De lo contrario, se quedará fuera. Y eso, después de cuatro años de oro en Europa, duele. Y mucho [narración y estadísticas: 1-1].

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Era el día, en mayúsculas, para dejar a un lado los fantasmas, eludir los brotes verdes y salir de cualquier crisis pretérita. Realmente, el Atlético lo tenía todo a su favor: un rival (en teoría) débil, un escenario de Champions, un refugio en el Metropolitano y a su afición. No se puede pedir más. En realidad, el equipo de Simeone se encontraba, en principio, con las condiciones adecuadas para dar al traste con el runrún y mandar al paro a los agoreros. Sin embargo, no fue capaz durante toda la primera mitad. Salió bien, sí, pero se fue apagando conforme el partido avanzó hacia su ecuador.


Cierto es que dispuso de cuatro ocasiones claras: un disparo de Griezmann que atajó Sehic, un mano a mano de Gameiro con el portero, un cabezazo de Godín y otro tiro lejano de Saúl que se fue cerca del palo. Pero ninguno entró. Y, mientras, el Qarabag, nervioso en los primeros minutos, fue creciendo sin avisar. Almeida, que por momentos fue incrementando su precio de mercado, manejó a su equipo con criterio y, al final, el gol llegó. En un córner, Míchel metió la cabeza y adelantó al conjunto azerbaiyano. Y, a partir de ahí, se pueden imaginar…


Sonaron pitos, leves, pero sonaron. Y el Atlético reaccionó. Saltó al césped en la segunda mitad y se tiró al cuello del Qarabag. Pudo marcar Correa, que falló a puerta vacía, y encontró el empate Thomas. El centrocampista recibió la pelota, la controló, miró a portería y se sacó un misil que fue a parar a la escuadra. Y, metido el primer gol, se marchó al banquillo para dejar su hueco a Gaitán. Mejoró el Atlético, se hizo con la pelota y, por si fuera poco, se quedó con un jugador más sobre el verde en el minuto 58 por una falta de Henrique, que alzó la pierna más de lo debido, y derribó a Godín.


Las condiciones, por tanto, pasaron de buenas a inmejorables. Y el Atlético las intentó aprovechar hasta el final (con la expulsión de Savic mediante). Primero, Correa, que se sacó un buen disparo con su derecha, pero se encontró con Sehic; y después, Filipe, que en una incorporación, mandó una pelota a la portería que se marchó fuera por centímetros. Y suma y sigue. Los rojiblancos lo intentaron de todas las maneras posibles: por alto, con disparos lejanos, con internadas por las bandas, con pases desde la frontal del área… De cualquier manera. Dio igual. El dichoso gol, ese “milagro que se da poco”, que decía Galeano, no llegó. Y ahora el Atlético tendrá que rezar para pasar a octavos. No le queda otra.