El estado de forma de Froome, antes de que comenzara el Giro, era una incógnita. Comparecía tras ser acusado por dopaje y anímicamente tocado. De hecho, las malas sensaciones esperadas por el gran público se confirmaron tras los primeros días de competición. Chris, definitivamente, no parecía listo para alzar los brazos en Roma. Ni siquiera él se veía con fuerzas. “He vivido momentos muy complicados y tenía que intentar algo loco”, reconoció en rueda de prensa. ¿El qué? Hablar con su dietista y cambiar la alimentación. Ese fue su plan para resurgir. Y le salió bien. “Nosotros tomamos una decisión táctica la última noche (antes de la decimonovena etapa) juntos con nuestro nutricionista porque necesitaba una correcta estrategia de energía”, confesó.



Chris Froome cambió su alimentación para recuperar fuerzas y poder asaltar el liderato. Y lo hizo a tres días del final de la ronda italiana. En la decimonovena etapa, esgrimió su plan maestro para asestar un golpe definitivo al Giro. Lo planeó y lo ejecutó. Resucitó entre los que lo querían jubilar. Tenía entre ceja y ceja la etapa reina. Y, a 81 kilómetros de meta, se escapó en busca de la victoria para hacerse con la maglia rosa. En solitario, ascendió en el Colle delle Finestre, dejó a Yates en la cuneta –cedió más de 20 minutos– y superó a Dumoulin, vigente campeón, por 40 segundos. Se puso líder y buscó la gloria desde entonces.



Un día después, volvió a resistir las embestidas de Dumoulin. Mantuvo el tipo, fue una roca: ataque y resistencia, ataque y resistencia… y, finalmente, ganador virtual de la Corsa rosa. Mientras, Mikel Nieve se hizo con la primera victoria de España en esta ronda italiana. Pero el protagonista fue Froome, que saboreó la victoria en la general cuando nadie lo esperaba. Culminaba una hazaña histórica: ganar consecutivamente las tres grandes (Tour de Francia, Vuelta a España y Giro de Italia), algo que no había hecho ningún ciclista hasta ahora.

Froome posa en la etapa final del Giro. CLAUDIO PERI Agencia EFE



Ese es el legado que deja Chris Froome tras capitular el Giro de Italia en Roma, donde la victoria de etapa fue para Sam Bennet. Allí, el británico, delante del Coliseo, alzó los brazos y saboreó su primera victoria en la Corsa rosa. Era la única grande que no había ganado. Anteriormente, ya había conquistado tres Tours, los tres últimos consecutivamente (2013, 2015, 2016 y 2017) y una Vuelta a España (2017). Ese ha sido su logro, algo único, lo que lo convierte en eterno, en leyenda.



Pero todo eso se puede desvanecer en los próximos días. O quizás no. Dependerá de lo que decida el Tribunal Antidopaje. Porque Chris Froome, el pasado 7 de septiembre de 2017, en la etapa entre Suances y el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, dio positivo al sobrepasar el límite permitido de ventolín –por asma– y por salbutamol. Eso se hizo público en diciembre y cernió la sombra del engaño sobre su figura. Entonces, según se anunció, tanto la muestra A como la B dieron idéntico resultado: positivo.



Eso es lo que se dilucidará durante las próximas semanas o meses. La idea de Chris Froome es participar en el Tour de Francia. O, mejor dicho, ganarlo. Ese es su objetivo. Pero no lo va a tener fácil: o hay resolución o es posible que la organización no le deje competir. “Sería una pena que el vigente campeón no pudiera defender su título”, reconocía el británico. Y así es. O será. Pero lo peor que le podría pasar al ciclismo es que diera positivo por dopaje. En ese caso, pasaría de la grandeza deportiva a la vergüenza de ser uno más en la lista de dopados en este deporte. Pero de eso tocará hablar más adelante. De momento, su imagen celebrando el Giro es algo histórico.

Última etapa del Giro de Italia Daniel Dal Zennaro Agencia EFE

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