Michael Jackson, en el esplendor de su fama.

Michael Jackson, en el esplendor de su fama.

Música 10 ANIVERSARIO

Cuando Michael Jackson dejó de llamarnos la atención: 10 años sin la mala vida del genio

Se cumple una década desde que el genio blanco y negro murió drogado, rodeado de excrementos, jeringuillas y abandonado en Los Ángeles.

El 25 de junio de 2009, en Los Ángeles, California, dejó de dar noticias.

Se murió, hecho un asco, un saco de huesos repantingado en una cama llena de excrementos, jeringuillas y otras manchas pardas. Obscenamente rico, podrido de pasta y de drogas, sedado una vez más para huir de un mundo de mierda al que él nunca importó...

Salvo las fotos de su agonía, ésas sí nos importaron, como la que se distribuyó durante el juicio al doctor Conrad Murray, por su homicidio imprudente, en la que se ve a un pincho de carne blanquecino y moribundo en una camilla aparcada en un pasillo del Hospital Universitario de UCLA.

Supuesta última imagen de Michael Jackson, moribundo en la camilla del Hospital Universitario de UCLA.

Supuesta última imagen de Michael Jackson, moribundo en la camilla del Hospital Universitario de UCLA.

Nos molaba su voz de niño, su narizota menguante, su color decolorante, su pelo afro alisado, su moonwalk. Nos asqueaba que tocara niños, jugara con ellos, les sentara en sus rodillitas en el rancho. Y se lo reprochábamos. Porque eso nos hacía mejores que él. Pero en realidad nos importaba un carajo. Sus escándalos no eran más que otra excusa para hablar de él, pinchar sus discos y poner sus vídeos. Porque cualquier memez con ‘Thriller’ de fondo se ve, se pincha, se consume, como la vida lo consumió.

Michael Jackson, junto a sus padres, en una de sus últimas apariciones.

Michael Jackson, junto a sus padres, en una de sus últimas apariciones.

Y eso que desde muy pequeño ya levantaba la mano pidiendo árnica. Mientras se enamoriscaba de su madrastra postiza, Diana Ross, que profesionalmente lo alojó en su casa de Hollywood Hills, imitaba su quejido impercetible al final de cada verso antes de que se convirtiera en su marca personal pasados los años: suspiros, aullidos, jadeos... Se mudó de Gary (Indiana) cuando papá Joe y Berry Gordy, cerebro de la discográfica Motown, se percataron de que la pasta gansa estaba en explotar al enano y olvidarse un poco de los hermanos mayores.

'Ben', por Michael Jackson (1972).

Pero no se mudó, fue mudado. Y esa soledad de niño genio ya se traducía en el sentimiento con el que grabó Ben, una oda a la amistad pequeña y profunda cantada con 13 años, en 1972, y nominada al Oscar a la mejor canción original. Aún era negro y narizotas, pero la voz infantil ya no se correspondía con su desarrollo físico. Varias biografías escriben que por entonces empezó su consumo de sustancias, animado por su entorno.

Condenaron a Conrad Murray, el médico que le inyectó la última mierda, a cuatro años de prisión, y sólo cumplió dos, aunque ya no importa. Al salir de prisión se publicaron muchas de sus confesiones, entre ellas una en la publicación The Blast en la que culpaba de todo a papá Joe Jackson: "Lo castró desde niño".

Además, tuvimos nuestro auto sacramental retransmitido en directo y tuiteado al instante. Su hija Paris se rajó las venas hace algo más de un lustro, pero nadie se preguntó mucho por qué, sólo volvió a sonar Black or white (1991), Sony sacó el segundo de sus discos póstumos (Xcape, 2014) y plataformas como Spotify hicieron, de nuevo, clin clin caja.

'Black or White', de Michael Jackson (1991).

Michael era un producto, de su padre y de su puta madre, la que nunca levantó la voz cuando el viejo lo aporreaba a correazos para que siguiera cantando. O quizá sí la levantó. Y recibió también lo suyo en tortas. Pero también en dinero, claro.

Con Have you seen my childhood? (1994) Nos quiso avisar, llamar la atención, pidió la vez en nuestros corazones, pero no quisimos escuchar. “Before you judge me, try hard to love me”… (antes de juzgarme, trata de conocerme) y una voz infantil solloza si has visto, si de verdad has visto su jodida infancia.

'Childhood', de Michael Jackson (1994).

En el inicio de su glorificación como un dios de la música, empezando su piel a ser café con leche, su nariz a afilarse y su pelo a quemarse en un anuncio de Pepsi, Michael seguía explicándole al mundo sus cuitas. Ejerciendo la paradoja de pedir algo de atención, pero no para la divinidad con la que se presentaba al mundo, la de las coreografías espectaculares, los dorados por doquier o los repasos a la zona genital. No. Para el hombre que habitaba ahí dentro. Al que buscaba en el espejo cada mañana, cuando lograba apartar los maniquíes que poblaban su habitación en la mansión de Neverland.

"Son mis amigas", decía a quien lo quería escuchar. No hay mayor grito de desesperación que ese "no me fío de nadie, sólo los niños tienen el alma pura". Siempre abogó por las causas caritativas (suya es la iniciativa de We are the world, 1985) , fue pionero en la defensa del medio ambiente, cuando aún no se hablaba de ello, donó decenas de millones a fundaciones por la infancia y, en 1987, se atrevió a proponernos a cada uno de nosotros que cambiáramos el mundo, empezando por nosotros mismos con Man in the mirror.

'Man in the mirror', de Michael Jackson (1987).

Pero ya empezaban a perseguirle las acusaciones de pederastia, hoy bastante corroboradas por la serie documental emitida por Movistar en España, Leaving Neverland. Todos sus protagonistas cuentan a día de hoy, ya treintañeros, lo que sufrieron cuando no eran ni adolescentes. Cómo Michael Jackson los quería "de ese modo", y los abandonaba después, tras encapricharse de un nuevo efebo.

Sus familiares sí, sus madres, hermanas... pero ninguno de los que habla en primera persona parece sentir rencor. Sí dolor, por la infancia robada. Ésa que tampoco tuvo su depredador y que jamás se preocupó en tratar más que con más barbitúricos y más menores en la cama.

Harto de no entenderse a sí mismo y de que la veneración que creía inspirar no lo hubiera salvado del escarnio público, Jackson no dejó de ofrecer todo su genio y de pedir ayuda. Gritó en Tabloide junkie (1995), cabreado, que estaba hastiado de lo que le dábamos y de que habláramos de él como si no estuviera. Soy una estrella, me he apartado del mundo, porque soy raro, porque ninguno me entendéis, panda de cotillas. Y sin embargo decís, opináis, aseguráis, me juzgáis…

Tabloide Junkie', de Michael Jackson (1995).

Porque reconozcámoslo, Michael Jackson no era un músico, ni un artista, ni un bailarín, ni un cantante, ni un genio, ni un disco, ni un vídeo maravilloso tras otro; ni siquiera era un negro blanco, ni un tío con cara de tía, no era un pederasta ni un enfermo, no era un desequilibrado ni un niño sin niñez; no era un drogata ni un loco. No era un rico excéntrico traidor a su familia y amigos. No era Peter Pan. No era nada de eso, ni nos importaba un pimiento lo que fuera.

Porque era el motivo de nuestros comentarios, la excusa para saber con qué abrir el informativo, el recurso fácil para subir la audiencia de la radio o animar una fiesta, el perfecto argumento de una animada tertulia de bar. Él sus hermanos, la teta de Janet, las operaciones de Latoya, la mascarilla y el paraguas, el burka o lo que fuera de aquella vez, el bebé descolgado por la ventana de un hotel, el moldeado capilar de los últimos años…

'They don't care about us', de Michael Jackson (1996).

Él, Michael Joseph Jackson, nacido en Gary, Indiana, el 29 de agosto de 1958, la persona, nunca nos preocupó. Ni sus víctimas, digámoslo.