Ricardo Bellveser, en una calle de Nueva York.

Ricardo Bellveser, en una calle de Nueva York.

Obituario | IN MEMÓRIAM

Ricardo Bellveser: la pasión de escribir, la pasión de vivir

Fallece en Valencia a los 73 años el escritor, periodista, crítico y activista cultural Ricardo Bellveser, uno de los grandes de su generación.

29 diciembre, 2021 15:42

Alertan los ornitólogos de que varios tipos de aves están en peligro porque, como consecuencia de la contaminación y la presión humana, los pájaros jóvenes no encuentran adultos de los que aprender su canto, fundamental para encontrar pareja y reproducirse. Así, la voz seminal de Ricardo Bellveser (Valencia, 1948), que acaba de apagarse, vacía el campo de las letras y deja sin referentes a tantos y tantos postulantes a escritores que no tendrán ocasión de conocerle.

Ciertamente queda su obra, extensa y premiada, que va de la poesía al ensayo, del articulismo a la novela, de la crítica literaria a la conferencia; menos conocida de lo que merece por haber elegido nacer y morir para la literatura lejos de Madrid y Barcelona.  

Ha sido Bellveser un autor brillante y a la vez un apóstol, un mensajero del valor de la escritura, por lo que despertó vocaciones y reverdeció algunas que estaban marchitas.

A los veintipocos años publicó sus primeros artículos en el vespertino valenciano Jornada, que en los 70 dirigía José Barberá, padre de la que dos décadas después fue alcaldesa, Rita Barberá. Su padre fue redactor en la emisora La Voz de Levante y fue crítico taurino en Las Provincias. Su tío Juan Bellveser fue corresponsal de la agencia Efe en París durante años.

Pronto lo fichó Las Provincias, diario decano en la región y protagonista indiscutible en la sociedad valenciana durante toda la segunda mitad del siglo XX. Con José Ombuena al frente del periódico fue nombrado redactor jefe de la sección de Política. Allí coincidió con algunos de los mejores periodistas valencianos de los primeros años de la democracia: Francisco Pérez Puche, Benigno Camañas, Fernando Herrero, José Miguel García, Salvador Barber, José Manuel Dasí... Ya con María Consuelo Reyna en la dirección, fue además responsable del diario del fin de semana. 

Sin embargo, siempre combinó el periodismo con la poesía, y cuando le han pedido que se defina lo ha tenido claro: "Poeta". Militó en la estética de los novísimos del brazo de Jaime Siles y Jenaro Talens, un movimiento que capitanearon los Félix de Azúa, Guillermo Carnero o Pere Gimferrer.

Luego fue uno de los fundadores de la poesía de la diferencia junto a otros amigos como Pedro J. de la Peña o Antonio Enrique, en busca de una reacción ética ante una escritura que consideraba acomodada al gusto de los poderes públicos. De su primera etapa destacan Cuerpo a Cuerpo y La estrategia. De la segunda, Julia en julio, El agua del abedul y Las cenizas del nido, Premio Jaime Gil de Biedma. 

Bellveser hacía bueno el verso de Miguel Hernández "valencianos de alegría", porque donde estaba no faltaba la chispa, el apunte inteligente, la cita precisa, el comentario ingenioso, la perspectiva original, el análisis certero y la anécdota hecha categoría, siempre con una sonrisa en los labios. La cultura en sus manos era siempre algo apasionante y divertido, y así lo recuerdan sus estudiantes de Literatura de la Universidad de Valencia y de la Cardenal Herrera-CEU San Pablo; también los alumnos de los ciclos de cultura que dirigía en el Ateneo Mercantil de Valencia.

Estanterías vacías, su último poemario, inspirado en la decisión de donar su biblioteca como gesto de despedida, fue un paseo triunfal

Presumido, bien parecido, seductor, un poco Lord Byron con vaqueros, con un verbo y una pluma arrolladores, mató a tiempo a Narciso para no crearse un personaje. Fue un hombre endiosado, pero a la manera en que lo definiría Unamuno, remontando la palabra a su etimología griega, enthousiasmos (uno que se hace dios), y eso "puede ocurrirle a un poeta, a un creador, pero no a un hombre normal ni a un hombre de término medio". Bellveser contagiaba ese entusiasmo.

Pese a su vasta cultura no fue una persona dogmática. Hasta el final de sus días ha estado dispuesto a escuchar y a ponerse en riesgo de ser convencido, seguramente como fruto de su curiosidad infinita.  

Admirador de los grandes (Wilde, Proust, QuevedoBorges o Cavafis), ayudó a desempolvar a autores como Max Aub o Juan Gil-Albert, y dio a conocer a muchos principiantes o con una obra menor. En todos encontraba una inspiración o una palabra justa que debía ser salvada del olvido. ¡Ah, las palabras!, su perdición. Decía que para él tenían un "efecto neón" que le atraían sin remedio. 

Era admirable su actitud ante el papel en blanco o la pantalla en negro para encontrar una voz propia, distinta. Esa originalidad y su lucha incansable para sacar lo mejor de sí mismo le acompañaron toda la vida. 

No le dio la gana morirse cuando le comunicaron que nueve de cada cien pacientes con su enfermedad fallecían antes de superar el primer año. "¿Por qué no he de estar yo en ese nueve por ciento?". En efecto, superó el año con creces y las mejores expectativas de los médicos, y por ello ha quedado el suyo como un caso de estudio.

Aunque sabía que tenía "los días contados", nunca dimitió de la vida. Pese a su jovial vitalismo, asumió con entereza lo inevitable, un poco a la manera agnóstica y metafísica de su admirado Francisco Brines. Se dio prisa en terminar sus proyectos e incluso imaginó otros nuevos.

Estanterías vacías, su último poemario, inspirado en la decisión de donar su biblioteca como gesto de despedida, fue un paseo triunfal por la gran acogida entre la crítica y el público. Un hermoso testimonio de la "poesía-verdad" que predicó. El postrer poema del libro, titulado Lector desconocido, concluye con un canto a la íntima esperanza del triunfo del arte sobre la muerte: "No es necesario coincidir en el tiempo,/ basta con hacerlo en la emoción/ y el tiempo desaparece al abreviarse./ Yo ya no estaré cuando leas esto,/ mas mi voz pensada, en ti se preserva".

Ricardo Bellveser, que ha sido vicepresidente del Consell Valencià de Cultura, director de la Institución Alfons el Magnànim y miembro de la Academia Valenciana de la Lengua, entre otras múltiples ocupaciones, deja esposa, Julia, dos hijos, Carla y Cayo, cuatro nietos, miles de lectores y un buen puñado de amigos.

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