Amaia.

Amaia. Europa Press.

Cultura Crítica de 'Pero no pasa nada'

La gran decepción de Amaia: su esperado disco es el más aburrido del año

'Pero no pasa nada' es un fallo indie: un disco malo que no está a la altura de una gran artista. Diez canciones monótonas, con letras simplonas.

20 septiembre, 2019 03:38

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Amaia es una joven talentosa y carismática: de eso no hay duda. Conquistó a la enorme hornada de fans de Operación Triunfo, incluso atrajo a los escépticos del programa, ganó el concurso y representó a España en Eurovisión con Tu canción. Mueve masas. Su candidez, dulzura y espontaneidad, además e su voz prodigiosa y de su gracia al piano, han conquistado a todo el país. Cada versión de otros artistas que tocaba era una joya, pero el reto venía aquí: en las canciones propias. Cuando bajó de la ola del éxito desaforado que le brindó TVE, empezó a relacionarse conforme a su personalidad. Peleó por salir del mainstream y por desvincularse de productos musicales prefabricados, de mecha corta.

Mientras sus compañeros de edición reventaban el mercado sobreproduciendo canciones que morirían pronto, ella huía del hit burdo para currarse un estilo más íntimo y más indie. La primera muesca en el revólver fue su colaboración con Carolina Durante, con el tema Perdona (ahora sí que sí) compuesto por Marcelo Criminal. Un absoluto acierto. Así empezó a guiñarle el ojo a nuevos públicos, más cercanos a su verdadero sentir. Sus seguidores esperaban que su primer disco, bien cocido y dejado madurar durante meses, fuese en esa misma línea. Canciones bien escritas, sencillas pero suficientes, con corte de himno, con subidón en el estribillo; canciones románticas de nuevo siglo con las que los chavales millenials vibrasen y se sintiesen identificados.

Buena artista, mal disco

La intención era buena, pero el resultado ha sido decepcionante. Pero no pasa nada es terriblemente literal: no pasa nada aquí, no hay ningún estímulo. Es un bluff, un álbum que no está a la altura de la artista. Es soporífero. Simple, en su peor acepción. Ninguna de las diez canciones brilla, ninguna tiene hechuras de hit. Ninguna puede saltarse en un concierto, y apenas cantarse. No son pegadizas. No funcionan en letra ni en música. La producción, que en un primer momento corría a cargo de Raül Refree -mítico productor del indie español que ahora tiende más al flamenco y a la canción popular: lo recordarán por Los Ángeles, el disco que hizo con Rosalía- se truncó. Refree escapó despavorido del proyecto, aunque aún se desconocen las razones oficiales por las que lo hizo.

A sustituirle vino Santiago Barrionuevo, de Él Mató a un Policía Motorizado. Grabaron los temas entre Argentina y Chile. Quizá uno de los principales problemas del álbum ha sido el deseo de Amaia de componer. Es una sublime intérprete pero una mala autora, como tantos otros artistas. Universal Music lo sabe, pero la ha dejado hacer: ha confiado en su capacidad de arrastrar masas aunque la calidad final del disco no haya estado a la altura.

Le falta guitarreo, le falta jaleo, le faltan letras que no suenen a carta de amor de niños de quince años. Hasta lo naif tiene un método, un equilibrio interno. La sensación que queda al escuchar de un golpe Pero no pasa nada es que se trata de una sola canción muy larga. No hay sobresaltos. Es homogéneo, monótono. Arranca con Última vez, una canción diminuta y delicada, como un silbido, como un poema pequeño. Dura un minuto y siete segundos. Abre boca bien -“el avión se va a caer, tú serás mi última vez”- pero el resto del trabajo es similar.

El disco, canción a canción

Le sigue Quedará en nuestra mente, El relámpago y Nadie podría hacerlo, sus tres singles que han pasado sin pena ni gloria. En Quiero que vengas, canta “me visitaste hace dos días y te echo de menos, la noche estuvo fría, pero contigo al lado la fuerza de una descarga eléctrica cruza por mi cuerpo”. Reseñable una buena frase: “Hablo sólo con los que se parecen a ti”. Después, Todos estos años, en la misma línea: “Me da miedo separarme de ti, por favor, no te olvides de mí, porque yo te voy a echar de menos. Quiero imprimir todas tus fotos, quiero imprimir todos estos años”.

Un día perdido: “Son las seis de la tarde y está oscureciendo, otra vez se fue el tiempo, me arrepiento bastante (…) Son las diez de la noche y ya casi es mañana (…) Inventando recuerdos del verano en mi cama. No me interesa que vengas aquí, yo sólo quiero esta noche dormir”.

Cuando estés triste parece dedicada a una amiga: “No haces más que llorar, esto no funciona. No sé si no funcionará, por favor, que haya paz entre nosotras. No haces más que decir ‘esto no funciona’. Por favor, anímate y perdóname. Siento que es por mi culpa. Vamos a ir a ver el mar por fin. Ven, coge tu bolso y vámonos de aquí. Mójate los pies en la orilla, mira el castillo, ahora es todo nuestro. No haces más que llorar, esto no funciona”.

Una buena canción (para recuperar la esperanza)

Con toda seguridad, la canción más potente del álbum es la que lo cierra, Porque apareciste. Más interesante en versos y en sonido. Empieza a verse la personalidad de la artista cuando el disco concluye: es una pena. “Tus ojos están tan cerca, no te puedo ni mirar. El día se muere poco a poco, somos dos cíclopes al andar”, entona, con reminiscencias a Cortázar.

“Y tengo toda la paciencia, es tu manera de hablar, de mirarme y de cantar. Nunca amaré tanto a un hombre, nunca podré cantar igual (…) No te vayas, o vete, pero déjame cantar. Miénteme si quieres, sé cuando dices la verdad. Todo lo que fuiste se quedó en su lugar. Todas esas cosas que no puedes explicar. Te quiero con todas las mentiras; mi cuerpo ya no es mi cuerpo, es de estas manos que me hacen quebrar, no puedo ir de piel en piel, otro adiós, otra historia. Quiero entenderte: tú estás en mis letras”. Una subida de nivel impresionante. Aquí vemos, por fin, a Amaia. Hasta vuelve a jugar con su voz -el resto de las canciones son tan monocordes que no la dejan brillar-. Hay esperanza. Démosle tiempo.